Usted está aquí: domingo 25 de junio de 2006 Opinión A la mitad del foro

A la mitad del foro

León García Soler

Hagan su juego

Ampliar la imagen Mujeres simpatizantes del candidato a la Presidencia de la República de la coalición Por el Bien de Todos, Andrés Manuel López Obrador, durante el mitin de cierre de campaña en Tepic, Nayarit FOTOCarlosRamosMamahua

Se acabó el viaje de retorno al poder que se deposita en una sola persona. A lo que queda de la institución presidencial, desestimada por el servilismo de quienes creían fuerte al presidente y nunca vieron la fortaleza incontestable de la institución, del Supremo Poder Ejecutivo de la Unión. Cuando llegaron los enanos se refugiaron en la coincidente jefatura de Estado, de gobierno y de partido, del "árbitro de última instancia", donador de todos los bienes por obra y gracia del unto de la expectativa.

La fantasía se diluyó al desplomarse el presidencialismo ilustrado. Llegaron los tecnócratas y las cuentas claras deslumbraron a los socios y cómplices del sector privado que se habían quitado las capuchas de Chipinque. Quisieron derrotar a la revolución social del cardenismo y no pudieron. Con el retiro del enriquecido Almazán a playas acapulqueñas, los dueños del dinero se unieron a quienes heredaron el poder político. Cuando Carlos Salinas y la sombra de Tiberio cedieron el poder presidencial a Ernesto Zedillo, se impusieron los resentimientos y las cuentas puntillosas de la economía como disciplina de tenedor de libros; función de mozo de estribo al servicio del orden y del dinero, moneda corriente en la permanencia de todo antiguo régimen.

Así y todo, el doctorcito Zedillo le entregó a Vicente Fox el poder constituido, la institución presidencial, eje de ese poder en la dualidad de jefe de Estado y jefe de gobierno. Nunca supo el Macabeo abajeño lo que había sido depositado en su persona por el voto de una mayoría que no alcanzó el 50 por ciento, pero bastó y sobró para hacer efectiva la alternancia. Y para transitar del portento de más de medio siglo de transmisión pacífica del poder, al paso de ese poder a manos del candidato de otro partido. Cinco lustros de crisis recurrentes y el hartazgo popular con los del priato tardío. Ya ni ellos mismos creían formar parte de gobiernos "emanados de la Revolución". Y una eficaz campaña mediático-electoral, con el apoyo de las sotanas, del dinero; de los mismos validos de Palacio a los que les puso candados una asamblea nostálgica de priísmo.

El imperio que había aplaudido la salinastroika exigía pasar de la apertura económica a la alternancia en el poder. No bastaban diputados y senadores de oposición, ni siquiera el arribo de gobernadores no priístas que empezó en Baja California con Ernesto Ruffo, del PAN. No es poca cosa el poder presidencial. Pero Vicente Fox lo despilfarró con la misma inconciencia dispendiosa que convirtió en nada los ingresos extraordinarios del petróleo. Los más altos de la historia. La reacción tiene razones que la razón no entiende. Para los del gobierno gerencial, todo lo hacía mal el gobierno y lo podía hacer mejor la iniciativa privada; todo es corrupción en el sector público y la honradez es virtud exclusiva del sector privado. Así les fue.

Las cuentas claras y el orden fiscal nos obsequian estabilidad macroeconómica. Y, de lo guardado a tan alto costo para un apuro, dispondrá el Poder Ejecutivo de 7 mil millones de dólares para pagar algo de la deuda externa. Nada más falta el clásico: gracias, muchas gracias, señor Presidente. Pero arde el llano. Terca que es la realidad. La economía no crece y no hay empleos. Es economía política o no es economía, decía el maestro Flores de la Peña, mucho antes que los operadores electorales de Bill Clinton acuñaran la frase lapidaria que derrotó a Bush padre: "Es la economía, estúpido". La política desbarrancó los fugaces y espectaculares logros del salinismo: año nuevo en Chiapas, asesinato de Lomas Taurinas, el ir y venir del ministro sin cartera y sin futuro, la obsesión con el proyecto económico y la sucesión por consulta espiritista al video en el que Colosio elogiaba a Zedillo.

El día de las elecciones de 2000, el único que no creía que iba a ganar era el del Bajío: denunció el fraude al pie de las urnas. Y ahora hará entrega de una institución debilitada, fracturada, cuyo poder se aplicó al desmantelamiento feroz del Estado laico. Cosas de la teología que impera en la Presidencia de esta pobre República nuestra, del oportunismo desaforado que mal suple a la ideología entre quienes no saben del compromiso personal y ya ni siquiera hacen como que hacen política. "¡Ahí te voy, Minjares!", gritó desde el balcón central de Palacio el hombre que había asumido el cargo de Presidente. Y descendió en mangas de camisa. Ah, la democracia, dijeron los sicofantes. Hoy el mismo providencial anuncia el peligro del populismo; siembra el miedo al imposible retorno al pasado.

Que todo eso fue ayer y hoy estamos ante la crispación electoral, ante la polarización de la sociedad ya fracturada fatalmente entre los que nada tienen y quienes todo lo tienen. ¡Cuidado! Podrían decir que hago proselitismo al movimiento lopezobradorista que ofreció "purificar" a la nación y acabar con toda desigualdad liquidando la corrupción, sin castigar a los corruptos, simplemente acabar con los privilegios, reduciendo sueldos de altos funcionarios, eliminando pensiones de ex presidentes. Pero me inquieta oír hablar de purificación en el ámbito de la política. Nada menos que de esta nación agobiada por la injusticia social y la inequidad.

Dígalo Andrés Manuel en el pausado tono que pareciera negar la desmesura tropical. Dígalo Felipe Calderón, con "las manos limpias y el corazón puro", en el tono retador de hijo desobediente, o con ánimo de lego, de monaguillo, de creyente que se dice moderno y respetuoso de la laicidad. Ya no digamos si lo oyera en la enronquecida voz de Roberto Madrazo. Creo que en ese caso optaría por coincidir con el que preguntó: ¿Tú le crees a Madrazo?, y se respondió, "yo tampoco".

Se acabó la campaña mediática y las últimas encuestas, como las copas, son para fugaz alegría o pasajera tristeza. El 2 de julio concluye la larga campaña desatada por la locura de lanzarse al vacío de la sucesión para la pareja presidencial. Hemos vuelto a la obsesiva búsqueda del hombre providencial. Andrés Manuel López Obrador impuso sus términos y llega adelante en los augurios técnico-mediáticos. Felipe Calderón se impuso al enemigo interno y pide el "voto útil" de los priístas al sonar la hora once. Extraño preludio de imposible coalición, después del intercambio de lodo con el otro tabasqueño. Ninguno parece darse cuenta de que Roberto Madrazo sobrevivió y llega con el capital político ganado durante su repudiado liderazgo. Y el aparato, desde 17 gobernadores, hasta cuadros de base en cada mesa, en cada sección, en cada distrito electoral.

Dentro de ocho días, cuando en el palenque electoral se oiga el inevitable ¡este ganó!, llorarán los teólogos de la política y callarán los oráculos. El 3 de julio empieza el interregno y caerán las cabezas de profetas ocultas por los siete velos de la simulación y el miedo.

Si madruga el próximo domingo, podríamos compartir el fin del pasado, la solución de una contienda en la que, pese al intervencionismo oficialista, de la clerigalla, del dinero y de ellos mismos, llegan parejos los tres. Todo depende de la voluntad de los ciudadanos y de quien tenga capacidad para llevarlos a votar.

 
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