Usted está aquí: domingo 25 de junio de 2006 Opinión Los monumentos de don Benito

Angeles González Gamio

Los monumentos de don Benito

De nuestros héroes patrios, es don Benito Juárez de los que mejor han resistido el paso del tiempo, seguramente porque su pensamiento, austero modo de vivir y legado republicano continúan siendo vigentes. Afortunadamente su sobriedad en el vivir no le privaba del disfrute de una copita de buen licor, las fumadas deleitosas de un puro y una jugada de naipes. También se habla de que en privado tenía sentido del humor y no le pasaban desapercibidas las señoras guapetonas.

La muerte lo atrapó en sus habitaciones de Palacio Nacional siendo presidente; una angina de pecho tronó su corazón tras muchas horas de intensos dolores, que seguramente se agudizaron por el agua hirviendo que le vertían con la intención de curar el padecimiento. En una conmovedora crónica, su médico cuenta el valor y la entereza con que enfrentó sus últimas horas de agonía.

Con su fallecimiento no se terminó su presencia en la ciudad de México, que lo hizo suyo, y donde reposan sus restos. Además de innumerables calles, avenidas y una delegación política con su apelativo, hay varios bustos y un monumento en la avenida que lleva su nombre, frente a la Alameda Central. Con motivo del bicentenario de su natalicio, en esta crónica vamos a hablar del busto de Palacio Nacional, del Recinto de Homenaje y del monumento conocido como el Hemiciclo a Juárez. De su tumba en el panteón de San Fernando platicaremos en otra ocasión.

Con el metal de los cañones que utilizó el general Miguel Miramón en las batallas de Silao y Calpulalpan, Porfirio Díaz mandó fundir una estatua sedente de don Benito, que inauguró el 21 de marzo de 1891, aniversario de su natalicio, colocándola cerca de la entrada norte de Palacio Nacional, a unos pasos de las habitaciones donde vivió el benemérito con su familia sus últimos años de presidente, mismas en donde se instaló el Recinto de Homenaje, que reproduce la biblioteca, sala, recámara y algunos cuartos, donde se muestran objetos históricos, joyas y alegorías; una vitrina expone la mascarilla que se le tomó cuando falleció. El recinto fue inaugurado por el presidente Adolfo Ruiz Cortines el 18 de julio de 1957.

Fue Porfirio Díaz quien finalmente ejecutó la idea que había venido proponiéndose desde el fallecimiento de Juárez, de hacerle un mausoleo. Lo mandó realizar para inaugurarlo durante las célebres fiestas del centenario de la Independencia. Esto coincidió con la creación, en 1905, de la comisión nacional para conmemorar el centenario del natalicio del prócer oaxaqueño; entre otras actividades, se convocó a un concurso para recibir diversas propuestas del monumento y se integró un jurado que falló en favor del proyecto del arquitecto Guillermo de Heredia.

En noviembre de 1909 se iniciaron los trabajos de la cimentación y meses después la colocación de mil 620 bloques de mármol, que conforman el elegante hemiciclo. El monumento es en estilo neoclásico, de mármol blanco de Carrara. Se compone de 12 columnas dóricas y un gran pedestal al centro, flanqueado por dos leones; el grupo escultórico muestra un Juárez sedente, siendo coronado por un ángel, y una tercera figura alegórica porta la espada de la justicia y una antorcha. Fue inaugurado por Porfirio Díaz en 1910, como parte de los festejos por el centenario de la Independencia.

El mausoleo se colocó en la Alameda Central, en el sitio que había ocupado el pabellón que representó a México en la exposición internacional de San Luis Missouri, que se llevó a cabo en 1904, y consiste en una estructura de acero pintado de muchos colores, que semeja un kiosco morisco; siempre me ha intrigado saber por qué se escogió esa expresión arquitectónica de estilo árabe, para representar a México; el hecho es que se ha vuelto un símbolo de la castiza colonia Santa María la Ribera.

Ya en el rumbo, vamos a la cercana colonia Guerrero, a la calle de Violeta 92, donde se encuentra el restaurante Oaxaca en México, para degustar algunos de los platillos que gozaba don Benito en su tierra natal. Para acompañar el fortificante mezcal, le mandan de cortesía un tamalito de chipil, esa hierbita de sabor prodigioso, y yo le añado unos crujientes chapulines.

Hay que compartir una tlayuda con su asiento y unos toques de chorizo, para dejar espacio para el mole, que puede ser negro, coloradito, verde o amarillito; si prefiere algo más ligero, un chile de agua relleno de picadillo, con sus frijolitos. De postre, para el calor, las nieves típicas; mis favoritas: de leche quemada y de geotilla, sabrosa frutilla de la región.

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