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Se impuso la incertidumbre por encima de las encuestas de salida y rumores

"No vamos a permitir otro 1988", dicen seguidores de López Obrador

Ante la indefinición de un resultado oficial, la coalición advierte un panorama delicado

JAIME AVILES

Ampliar la imagen Ovación a López Obrador en el Zócalo capitalino, adonde arribó cerca de las 11 de la noche Foto: Carlos Cisneros

Un silencio de cementerio se apoderó de la sala de prensa en el hotel donde anoche se encontraba Andrés Manuel López Obrador, tras el anuncio emitido por Luis Carlos Ugalde, presidente del Instituto Federal Electoral (IFE), de que el conteo rápido efectuado por el organismo no permitía definir un ganador, con lo que las elecciones presidenciales "se fueron a penaltis", como dijo en las primeras horas de este lunes un señor que viajaba en un microbús atiborrado de seguidores del candidato perredista rumbo al Zócalo.

Al cierre de esta edición, la plaza mayor del Distrito Federal es escenario de un extraño carnaval en el que miles de personas ondean banderas amarillas, bailan al ritmo de una cumbia lejana, se abrazan y se felicitan y se prometen que van a luchar hasta donde sea necesario "porque no vamos a permitir otro 1988".

Esta es la crónica de un larguísimo día que tuvo el más imprevisto de los finales.

Las horas diurnas

Después de aguardar exactamente una hora, esperando a que los funcionarios de la casilla terminaran de armar las urnas y preparar la papelería, Andrés Manuel López Obrador pudo al fin depositar las seis boletas electorales que había marcado en la mesa ubicada en la esquina de Copilco y Odontología, a una cuadra de su domicilio. Rodeado por un enjambre de camarógrafos de televisión y reporteros y fotógrafos de todo el mundo -entre los que, a saber por qué, muchos venían desde el más Lejano Oriente-, iba enfundado en una chamarra de cuero, de camisa blanca y pantalones de color verde aceituna, y lo acompañaban dos de sus hijos, el abogado José Ramón, y el politólogo en ciernes, Andrés Manuel, mientras Gonzalo, el adolescente, esperaba afuera mezclado con el tumulto de curiosos y pejeseguidores.

Los cuatro se habían despertado a las 6 de la mañana para alistarse y, en palabras de José Ramón, habían estado "muy relajados" la víspera. Sin embargo, el ex jefe del Gobierno del Distrito Federal, allí formado en la fila y sometido a los flashes que lo ametrallaban cada vez que cambiaba de postura, no se mostraba sonriente como se le había visto a lo largo de la campaña, sino más bien silencioso y tenso.

Una vez que cumplió con su deber frente a las urnas, aguardó a que sus hijos hicieran lo propio y, al retirarse de la casilla número 359 contigua entre nuevos flashazos, pese a que estaba ya iluminado por el fresco resplandor del día, se negó a revelar por quién había votado para presidente de la República.

A paso de tortuga porque la prensa le impedía avanzar más rápido, llegó a la puerta del edificio donde vive y subió a su departamento, donde la señora que les cocina a él y a sus hijos le sirvió un desayuno como para todo el día: jugo de papaya, huevos revueltos con salchicha, una especie de tinga de pollo pero sin picante, frijoles refritos, pan tostado, agua de jamaica y café chiapaneco exprés.

En ese momento, en la glorieta del Angel de la Independencia, varios centenares de adolescentes y numerosos corresponsales extranjeros se miraban entre sí preguntándose por dónde vendría el subcomandante Marcos para encabezar la marcha de la otra campaña. Por los teléfonos celulares fluían mensajes de voz y de texto que reiteraban la intensa participación de la gente en todos los puntos donde se podía votar, y comentaban la notable presencia de las mujeres y los hombres de la tercera edad y la escasez de jóvenes en todas las filas.

Bajo el claro cielo del Distrito Federal, radiante en el primer domingo de julio, todas las noticias referentes a las elecciones hablaban del entusiasmo de los votantes. Pero si la calma chicha campeaba sobre la superficie del proceso, por debajo del agua, desde las 12 horas, comenzó un sordo forcejeo entre los operadores de los candidatos presidenciales y los periodistas conectados con ellos para averiguar, hasta donde fuera posible, los primeros resultados de las encuestas de salida.

Del cuartel de López Obrador surgieron las primeras señales: dos muestras independientes entre sí, una a cargo de Covarrubias y otra de Federico Berruetos, cada una con encuestas en mil 200 casillas en todo el país, arrojaba provisionalmente una relación de 40 puntos para Andrés Manuel y 30 para Felipe Calderón.

Una hora más tarde, la diferencia se había acortado un punto: ahora Calderón tenía 34 y López Obrador 43, pero había ya más datos. Parametría (Excélsior) daba a López Obrador una ventaja de 3.5 puntos, Consulta Mitofsky (Televisa) estimaba la distancia en apenas un punto y -siempre según los rumores, porque la ley prohibía manejar números públicamente hasta las 8 de la noche-, otras empresas que habían encuestado para Tv Azteca, El Universal y Reforma coincidían en que se había producido un "empate".

Pero entonces irrumpieron en escena rumores que mencionaban otros resultados, como el de la Universidad de Harvard, que asignaba a López Obrador 7 puntos sobre Calderón, mientras el estudio de Banamex le concedía 12 puntos de ventaja al protagonista central de la película de Luis Mandoki. Como cualquier persona podrá comprender, por encima de tantos números lo que se impuso fue la incertidumbre.

En el cuartel de Marcelo Ebrard se sabía que el candidato perredista al Gobierno del Distrito Federal había ganado de calle, pero comenzaron a escucharse voces cargadas de nerviosismo porque Calderón "estaba subiendo". Y el paisaje se ensombreció, al mismo tiempo que el cielo capitalino, cuando los teléfonos del campamento de López Obrador dejaron de recibir llamadas.

Estos no se reabrirían sino poco antes de las 8 de la noche cuando los operadores anticiparon a sus contactos que el resultado final de las encuestas mandadas a hacer por ellos reportaban 37 puntos para Andrés Manuel y 34 para Calderón, "después de descontar el más amplio y razonable margen de error", según le explicó a este cronista Federico Arreola.

Y desde ese instante, con base en esta certeza que había permeado ya en toda la estructura del poder federal, se supo que los medios electrónicos no iban a dar sus encuestas de salida, pero que el triunfo de López Obrador era ya un hecho que sólo necesitaba de unas horas para que se concretara. Y entonces Jesús Ortega, desde el hotel del Paseo de la Reforma al que ya había llegado, acompañado de sus tres hijos, López Obrador, lanzó una convocatoria a los ciudadanos que no fue satanizada, ni siquiera criticada enérgicamente por la televisión, cuyas cúpulas acababan de informar a sus íntimos que el triunfo de Andrés Manuel era irreversible.

El peor escenario

De todas la posibilidades, el Instituto Federal Electoral escogió la peor: posponer hasta el miércoles la definición del resultado. Colaboradores muy cercanos a López Obrador señalaron al cierre de esta edición que la situación se torna muy delicada, porque el programa de conteo hasta ahora sólo ha computado los resultados de los estados del norte del país que son mayoritariamente panistas, pero no ha incluido el grueso de los resultados del Distrito Federal y de los estados del sureste que, por el contrario, guardan más simpatías hacia el candidato del PRD.

Asimismo, señalaron que el mismo PREP le da ventaja a Calderón en sólo dos circunscripciones, pero no ha contabilizado tampoco los datos de las tres restantes que, sin embargo, son favorables a López Obrador.

"Hemos llegado a la conclusión de que en el peor de los casos tenemos una ventaja de 500 mil votos, que equivale a más de un punto porcentual de la elección", dijo a este cronista uno de los asesores más cercanos al candidato del PRD.

 
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