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Marco Rascón

Refundación de la República, ahora

El 2 de julio los mexicanos votaron por una crisis política necesaria y previsible. Con 0.58 de los votos a favor, Felipe Calderón y Acción Nacional saben que tienen legalidad, pero no legitimidad política. Según los partidos es una disputa a dirimir: quién es el enano de mayor estatura frente a una nación que ha crecido sobre pies de barro. Tanto el triunfalismo panista como el pesimismo lopezobradorista son relativos, pues para los primeros la victoria es pírrica mientras para los segundos hay cientos de diputados, senadores, jefes de gobierno y delegados que tienen su futuro en la mano. La falta de legitimidad derivada del resultado electoral oficial es un problema que rebasa a cualquier candidato y partido porque es estructural: revela los límites del actual sistema político y su inviabilidad como esquema republicano.

Para las fuerzas políticas progresistas, ver el resultado electoral en términos de viabilidad programática haría de la coyuntura y la crisis el escenario inmejorable para la reforma y la refundación de la República, haciendo valer el 35 por ciento de la votación para la reforma del Estado, formas de integración de gobierno, ciudadanización electoral, reforma educativa y fiscal, sistema de salud y pensiones, reforma agraria integral, sistema financiero, valor del trabajo y poder adquisitivo de los salarios.

Hacer valer el sentido por el cual votó ese 35 por ciento es una realidad de la que no podrían excluirse sin hacer valer los objetivos programáticos y no sólo electorales. El interlocutor, por tanto, no es el Tribunal Federal Electoral (TEPJF), sino todas las fuerzas políticas, sociales y económicas del país, al tiempo que obliga a establecer alianzas de contenido.

Hay que limpiar la elección sin duda alguna, por los que votaron y los que participaron en la elección, pero la cohesión de la fuerza política no puede esperar al resultado del TEPJF en septiembre, pues la demanda a esta instancia sin ofrecer opción política sería lo mismo que enviar al diablo a hacer hostias. Si la única alternativa del 35 por ciento progresista es esperar "contar voto por voto", en septiembre diputados y senadores llegarán amorfos y dispersos, y el 35 por ciento se habrá ido como arena entre las manos.

Si el frente es programático y se hace valer la fuerza del 35 por ciento en las urnas, se tendría poder para convocar a un constituyente para la refundación de la República y se estaría en el terreno de sumar aliados a favor de los derechos de las mayorías.

Es el momento de pensar como estadistas, haciendo valer la fuerza propia y la debilidad del ganador en el aspecto programático y no permitir que el panismo con su pírrico 0.58 por ciento, en alianza con los gobernadores priístas, se quede solo gobernando e imponiendo la reforma con un contenido neoliberal.

Según la fábula de La liebre y la tortuga, esta última no ganó por veloz, sino por los errores que cometió su adversaria y se confió. Para miles el resultado fue desconcertante, pues si 15 días antes se hubiera dicho que había dificultades y que la elección estaba empatada, los votos nulos se hubiesen reducido y muchos habrían ido a las urnas a decidir el empate. No fue así. y se convocó a la gente a sonreír porque ya se había ganado.

¿Quién dijo que ya todo está perdido? Si se mira a profundidad el resultado, éste puede convertirse en fuerza cohesionada del cambio para evitar caer en el cínico "jugamos como nunca; perdimos como siempre".

Es hora de remontar y exigir en la defensa no sólo electoral, sino programática. Remontar el oportunismo, el personalismo y el pragmatismo, convocando a defender la trinchera del arte y la cultura, salarios justos, economía interna, distribución del ingreso, campo, democratización del sistema político electoral, presupuesto para ciencia y tecnología. Es momento de abrir miles de alianzas y cohesionar.

Es difícil que el oportunismo electoral tenga visión de largo plazo, ya que hay inclinación a anteponer posiciones personales sobre los compromisos programáticos que hoy no sólo serían los 50 puntos, sino las raíces enarboladas por la izquierda social y democrática a lo largo de décadas. Por ello es necesario eludir el cerco electoral y no entrar en el callejón sin salida que significaría una frustración mayor, cuando en septiembre arribe la nueva legislatura y ponga en marcha las reformas neoliberales de tercera generación.

Es el momento de la reforma del Estado y la refundación de la República. Con ese 35 por ciento se puede abrir el país al debate sobre el México del siglo XXI y la convocatoria a los mexicanos a ser partícipes directos en la transformación histórica. De lo contrario, la fuerza expresada en las urnas, producto de muchas mezclas, llegará a septiembre cuestionada y sin cohesión, dejando todo el poder a la derecha y al priísmo para que ambos impongan el rumbo al país, sintiéndose entonces el peso de la traición y lo que ya se atisba: restar por frustración y rencor.

marcorascon@alcubo.com

 
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