Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 16 de julio de 2006 Num: 593


Portada
Presentación
Bazar de asombros
La feria: Zapotlán en vivo
MARCO ANTONIO CAMPOS
"¡Maten a Borges!"
JOAQUÍN MAROF
Carta desde Río de Janeiro
ANDRÉS ORDÓÑEZ
Leer Madame Bovary 150 años después
ADRÍAN MEDINA LIBERTY
La cita
LEANDRO ARELLANO
Abecedario del Mundial
RICARDO BADA
Bazar
ALEYDA AGUIRRE
Lo que el viento a Juárez
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Columnas:
A Lápiz
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Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUIA

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HUGO GUTIÉRREZ VEGA

DISCURSO PARA CARLOS MONSIVÁIS (I DE II)

Carlos Monsiváis es uno de los grandes lectores de poesía de nuestro país. Es, además, un crítico, un historiador y un antologador estricto y generoso a la vez. Por todas estas razones merece con creces el Premio Iberoamericano de Poesía Ramón López Velarde. Conoce a fondo la poesía de nuestro padre soltero y ha escrito ensayos y notas críticas sobre ella. Se ha enfrentado a algunos de los lugares comunes que una crítica sin imaginación y con escasa inteligencia ha acumulado para ubicar a López Velarde en el género de la poesía aldeana y del canto a los sencillos deleites de la vida provinciana. Es claro que López Velarde, como Fray Luis de León, Chéjov, Balzac, García Lorca, González León, Plasencia, Othón y Pellicer, entre otros, habla de su tierra natal y practica un costumbrismo trascendental, partiendo de lo propio para dialogar con la otredad, saliendo de la aldea para recorrer los caminos universales. Por eso es que, nos dice Monsiváis en uno de sus ensayos lopezvelardianos, al iniciador de la poesía moderna en nuestro país, "le ha tocado en suerte la desgracia de ser el Poeta Nacional" (así con enormes y alargadas mayúsculas). Carlos llama a este fenómeno una "difusión condicionada", y piensa que daña gravemente al corpus de la poesía del jerezano, tan alejado de lo que los miopes llaman "profesional de la mexicanidad". La poesía de López Velarde trasciende ese insignificante propósito y, de manera deliberada e irónica, crea a su personaje y lo dota de aspectos sentimentales y de angustias provenientes de esa "dualidad funesta" que lo asfixiaba al obligarlo a escoger entre "Ligia, la mártir de pestaña enhiesta y de Zoraida la grupa bisiesta". Es claro que cabalgó en esa grupa prodigiosa y apostó a favor de la sensualidad, esa miel espesa y sápida que destila del "panal de Mahoma". Por eso su amor por las mujeres incluye a la novia triste de los "ojos inusitados de sulfato de cobre", a las perturbadoras primas, a Sara, uva en plena sazón, a la casi inventada Fuensanta y a las "consabidas náyades arteras" (iba a agregar un adjetivo de mi cosecha, pero me detuve a tiempo. Los adjetivos exactos y originales son uno de los enormes aciertos de la poesía de López Velarde).

Para Monsiváis, esta poesía que se atiene a la rima para asegurar los términos de su originalidad y cumplir los ritos de una especie de postmodernismo, "consuma significativamente la agonía de algo que podría denominarse el siglo xix mexicano". Por eso considera que, junto con Tablada, López Velarde inaugura (y este es uno de los resultados de la Revolución mexicana) las nuevas formas de la poesía y ese nuevo rostro de México contenido en la noción de "novedad de la patria". Tablada, a la muerte de López Velarde, le escribe, desde su Nueva York de mujeres lejanas a su vida, una carta-poema en la que afirma: "No se ha visto poeta de tan firme cristiandad, murió a los treinta y tres años de Cristo y en poético olor de santidad."

Y en el mismo poema describe las circunstancias que rodearon la vida de su poeta admirado y los momentos emocionales y filosóficos que brotaron después de su muerte: "Un gran cirio en la sombra/ llora y arde por él/ y entre suspiros feligreces de rumores, de llantos y de preces,/ dice una voz al ánimo cobarde: Qué triste será la tarde cuando a México regreses sin ver a López Velarde."

Dice Monsiváis que la poesía de López Velarde sigue siendo "fuente de revelaciones y descubrimientos". Pertenece al género de las Iluminaciones, de Rimbaud; hay en ella lo que en su poética se definía como "el pasmo de los cinco sentidos". Carlos es el primero en captar la atmósfera "tierna y sardónica a la vez" que campea en la despedida que López Velarde da al feudalismo provinciano.

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