Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 16 de julio de 2006 Num: 593


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Bazar de asombros
La feria: Zapotlán en vivo
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"¡Maten a Borges!"
JOAQUÍN MAROF
Carta desde Río de Janeiro
ANDRÉS ORDÓÑEZ
Leer Madame Bovary 150 años después
ADRÍAN MEDINA LIBERTY
La cita
LEANDRO ARELLANO
Abecedario del Mundial
RICARDO BADA
Bazar
ALEYDA AGUIRRE
Lo que el viento a Juárez
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FELIPE GARRIDO

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Las Rayas de la Cebra
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Marco Antonio Campos

La feria: Zapotlán en vivo

A Orso Arreola y Hugo Gutiérrez Vega

"Arreola es un poeta doblado de un moralista y por eso es también un humorista", escribió Octavio Paz en una nota de 1972, "Corazón de León y Saladino", que luego recogió en su libro In/mediaciones. En La feria se ve perfectamente esa triple cara que es una.

Si bien el título anuncia algo de revuelo y bullicio, y aun en muchos momentos se da, no escapa en la cohetería deslumbrante de las páginas el drama de la pérdida y la agria aspereza de las faenas diarias. La narración de los hechos ocurre los días de la feria de Zapotlán y culmina el 12 de octubre, el día de la fiesta del santo patrono, llamado popularmente el Día de la Función. El Santo Patrono es San José, esposo de la Virgen María, un personaje incidental en los Evangelios. En el pueblo nadie parece dudar de los milagros de San José, salvo Faustino, el alcalde, masón grado treinta y tres, despreciado por el santo, cuando lo abandonó a la buena de Dios, luego de un temporal, frente a las costas de Chile. Según refiere el narrador del libro, la feria de Zapotlán es la más concurrida del rumbo.

Mitos y leyendas son fundamento de la religión y la historia y los pueblos acaban por apropiárselos hasta volverlos parte ardiente de la vida diaria. En un tiempo antiguo la población se llamaba Tlazolan, que significa "el maíz nos da la vida", pero cuando los vecinos de las villas de Sayula, de Autlán, Amula y Tamazula les robaron la última mazorca, se cambió el nombre por el de Tzapotlán. Desde entonces en el pueblo ya no se comía maíz, "sino zapotes y chirimoyas, calabazas y mezquites", hasta que un rey, cuyo nahual era un cuervo, hizo que los habitantes del pueblo se convirtieran transitoriamente en aves iguales a él, para volar a la hora de la puesta del sol y traer de nuevo en el pico los granos de maíz de los poblados que se los arrebataron. "Así son las cosas, todo lo malo nos viene de fuera", afirman sin demasiada autocrítica los zapotlenses. Casi en cualquier región no hay poblaciones linderas que no recelen entre sí; en el pueblo arden todavía las brasas del encono contra Tamazula y Sayula.

El primer hombre en describir históricamente el valle fue el fraile español Juan de Padilla, quien escribió al virrey que allí se encontraba una "tierra templada, de buen temperamento y cielo alegre", y que contenía "un ojo de agua". En el libro se narran asimismo instantes históricos prehispánicos, de la Colonia, de la Independencia, de la Reforma, de la Revolución, de la Cristiada y de las décadas siguientes previas a la publicación de la novela.

Si bien la historia principal que recorre las páginas es la vida de los habitantes de Zapotlán en los días de la feria, corren paralelas otras historias o correlatos que ayudan a formar un conjunto irreductible: el despojo de las tierras a los pueblos originarios, los afanes y las penas en los campos de labor que hacen evocar las asperezas de la vida agrícola descrita por Hesiodo (Los trabajos y los días) y por Virgilio (Geórgicas), precisiones históricas documentadas, la llegada casi furtiva desde Guatemala de la imagen de San José en el año de Gracia de 1745, los devastadores terremotos, los pleitos regionales. De éstas, la historia subyacente más importante me parece (así lo veía el propio Arreola), es aquella del despojo de la tierra a los pueblos originarios. En la disputa histórica, los indígenas han perdido todo, aun las tierras comunales. Legalmente las autoridades dieron la razón a los tlayacanques, quienes con los tequilastros son las autoridades mayores de la comunidad indígena. Todos sabemos que en México –en América Latina– una cosa ha sido la ley y otra la justicia. Valiéndose del clero corrupto y de jueces prevaricadores, los hacendados, a través de los siglos, aprovechándose de la ignorancia y la marginalidad de los indios, han logrado que los reclamantes sean perseguidos y acusados de rebeldes y comunistas, indolentes y viciosos, y se les mate, encarcele o trate como esclavos o igual a bestias.

Históricamente dos grandes terremotos han devastado Zapotlán:* uno, el 22 de octubre de 1747, y el otro, el 28 de mayo de 1806. El que ocurre el día de la Función del Señor San José sólo causa la muerte de un perro y varios golpeados. Lugar donde vuelve a temblar cuando el terremoto anterior apenas se ha olvidado, el Zapotlán que describe Arreola, es un pueblo de 30 mil habitantes, que cuenta con parroquia, santuario, hospital, alcaldía, plaza mayor, portales, plaza de toros, pequeños comercios, casas bajas, una asociación cultural, una bien ubicada zona de tolerancia, panteón... La sociedad es católica y conservadora, pero la gazmoñería y la mojigatería de cierta parte de los habitantes ocultan sólo el deseo de la trasgresión y el gusto de la desobediencia. A ese Zapotlán arreolano lo mantienen informado a su manera dos periódicos semanarios.

Otro motivo que se desarrolla a lo largo de las páginas, dijimos, son las labores agrícolas. El padre de Arreola trabajó como agricultor. Valiéndose en buena medida de cartas que pidió a su padre, didácticamente Arreola detalla la limpia, el deslome, la tarea de cruzar, el rayado del campo para que la tierra esté lista, la siembra en seco o en mojado, las arduas y penosas jornadas, el brote de las milpas, la escarda, la segunda, el trabajo de alzar, y al final, para la celebración, la fiesta del acabo, con su comilona, borrachera, música de mariachi y cohetería deslumbrante.

Una pregunta que uno se hace al ir leyendo y al terminar el libro es si se trata realmente de una novela. Según la ventana desde donde se mire. En el siglo xx fue más o menos habitual en los libros la mezcla de géneros y aun miembros del llamado Boom latinoamericano de los años sesenta, como Fuentes o Cortázar, consideraban que la novela era una suerte de baúlmundo donde cabía todo, si se sabía combinarlo armónicamente. Un caso podría ser La feria. Aunque fragmentos se vinculan con otros para contar una historia o fragmentos aislados son historias cerradas en sí mismas, aunque hay una diversidad de géneros a lo largo del libro, todo se combina afinada y acompasadamente y da la impresión de algo como una novela o de algo que se lee al menos como tal. El narrador, que cuenta los hechos dentro de la novela, es un zapatero, metido a agricultor y también autor de versos, miembro de la academia local llamada el Ateneo Tzaputlatena. En una entrevista que le hice en 1985 (De viva voz), el mismo Arreola, en cambio, negaba que perteneciera al género: "La feria es una serie de apuntes, no una novela. O de otro modo: es como un pintor que no quedó contento con el cuadro y pintó una serie de bocetos sucesivos, y esos bocetos son la exposición del cuadro que no se hizo."

Al escribir o hablar, Arreola, para decirlo con Federico García Lorca, tenía el duende. Añadiríamos que las hadas lo eligieron muy bien para darle la gracia. Su manera de expresarse oralmente era tan exacta como en la prosa escrita. ¿Fue poco que admiraran su magia verbal Borges y Bioy, Cortázar y Paz, Pitol y Pacheco? Más: uno de sus breves libros (Bestiario), lo dictó totalmente en diciembre de 1958 a José Emilio Pacheco, haciendo Arreola después en el manuscrito las correcciones. El propio Pacheco, en un prólogo-homenaje a un cuento y dos fragmentos de novela hasta entonces inéditos (Gunther Stapenhorst, Aldus, 2002) recuerda el hecho acaecido cuarenta y cuatro años atrás, y señala: "Bestiario, obra maestra de la prosa mexicana y española, no es un libro escrito: su autor lo dictó en una semana. Otros hubiéramos necesitado de muchos borradores para intentar aproximarnos a lo que en Arreola era tan natural como el habla o la respiración."

A diferencia de sus anteriores libros, donde su prosa tiene un brillo sorprendente, en ocasiones preciosista, en La feria el estilo es despojado y seco, pero siempre musicalmente coloquial y admirablemente conciso. Por diferentes vías que Pedro Páramo, al igual que Pedro Páramo, La feria parece o es un libro hecho de oídas. Arreola contesta a Emmanuel Carballo, un año después de publicada La feria, que lo que lo que más le importó fueron los tonos: "Hay, por ejemplo, el tono cordial y ampuloso del literato del pueblo que narra las peripecias del Ateneo. Hay también tonos macabros, festivos, bailables, espesos, ágiles, poéticos. En fin, los tonos que, reunidos, configuran la vida de Zapotlán." (19 protagonistas de la literatura mexicana).

Alguna vez Juan Rulfo declaró que el personaje central de Pedro Páramo era el pueblo, es decir, los numerosos personajes se convertían en uno; Arreola también lo decía. A su manera ninguno de los dos se equivocaba, pero en su novela fantasmalmente mágica Rulfo logró a la vez crear dos de los personajes inmarchitables de la novela mexicana (Pedro Páramo y Susana San Juan) y la imagen íntegra de que el pueblo es el protagonista central, en tanto Arreola da, en cuadros pequeños, vida a tipos representativos del presente zapotlense, pero uno acaba el libro teniendo la impresión de que todos los protagonistas jugaron un papel determinante para que el pueblo fuera el gran personaje. O como escribió Carballo en su antedicha entrevista-ensayo de 1964: "Se trata a un tiempo de un solo personaje y de una novela de treinta mil personajes." Arreola, que abusó del yo en su vida y su literatura, que paradójicamente fue un egocéntrico a la vez desprendido y generoso, en La feria dio la voz a los otros. Están a un tiempo su voz y numerosas voces que cuentan momentos de la historia de Zapotlán o las peripecias de los habitantes del pueblo. Arreola les da en el libro la voz o son las de ellos en él.

Si en las narraciones de Rulfo prevalece el humor negro, en La feria sobra la picardía, creando Arreola a menudo dobles y triples sentidos. Los protagonistas no se dejan ver mucho, pero se percibe que la gran mayoría son una runfla de taimados y de medradores. Con su malicia característica, Arreola recobra del ingenio popular adivinanzas joviales ("Tenderete el petatete, alzarete el camisón"), invectivas en verso ("Vade retro, bandidos de sotana,/ engendros de Loyola y Satanás..."), dichos con sabor a verdad zahiriente ("Labor repartida, mujer con barriga"), canciones traviesas ("Vamos juntando virutas/ en casa del carpintero,/ las cambiamos por dinero/ y nos vamos con las p...."), cartas anónimas en verso contra competidores que buscan aniquilar honras ("A damas y caballeros/ los calzamos como reyes,/ porque no buscamos bueyes/ perdidos en los potreros"), murmuraciones que inficionan el aire ("Ya sabías que..."), albures con picor sexual ("Te hice sopa de elote, de ésa que te gusta mucho...– Y tamales de chivo"), bromas envenenadas, chistes sabrosamente elementales... Nada es más jocoso, nada hace que el lector se carcajee tanto, como las sesiones kitsch que se llevan a cabo en el Ateneo Tzaputlatena, donde se presenta a disertar Palinuro, connotado escritor tapatío, que une, para decirlo con Hugo Gutiérrez Vega, "habilidades literarias y libatorias"; o la del historiador de Sayula, riguroso aguafiestas, que les relata a los ateneístas, pupilos de don Alfonso, hechos históricos donde demuestra que los zapotlenses son una infinita cuerda de traidores y cobardes que siempre han dado la espalda a los intereses nacionales en los momentos más graves de nuestra historia, y, claro, la de la poetisa Alejandrina, que sabe combinar con éxito, gracias a sus bien usadas gracias, la venta de su libro de versos, Flores de mi jardín, con cremas y ungüentos de discutible calidad. No menos regocijantes son otros pasajes, como por ejemplo ése donde se cuenta la conmoción popular que provoca la repetición repentina –de palabra, de silbido, al son de un zapateado, o aun con una simple risita y mirada–, de la copla de boga, vulgar pero mortífera para las parejas que la escuchan en la calle: "Déjala güevón,/ ponte a trabajar,/ llévala a bañar,/ cómprale jabón."

En ese orbe de personajes secundarios e incidentales, donde merodea una multitud de pícaros, sobresale principalmente el Licenciado, cuya historia de sablista con título se cuenta en trozos el día de su entierro, un hombre nacido mucho más para prestar que para dar, pero infinitamente menos peor que el cuentachiles de su hermano Abigail, heredero universal del Licenciado, y a quien el Licenciado odiaba al grado de no hablarle; se encuentran también el padre Zavala, que simpatiza con los naturales ante la alarma de los ricos, lo que obliga a los ricos a pedir su cambio de sede, y Faustino, el descreído alcalde, personaje de luces y sombras, a quien San José, como dijimos, se le ocurrió fallarle en los mares de Chile, pero que, pese a eso, es capaz de apoyar, para tener contentos a los pobladores, el día de la Función, de reubicar con acierto la zona de tolerancia, y de paso, darle una mano a los ricos en su batalla legal por la tierra contra los indígenas; andan por las calles del pueblo asimismo Odilón, sobrino del Licenciado, transa como éste, que parte y reparte los embarazos entre las muchachas del pueblo, e Isaías, que vaticina en sus delirios bíblicos muerte y destrucción para la Jerusalén jalisciense; seguimos con una mirada piadosa al adolescente enamorado de María Helena en sus titubeos y devaneos fallidos, y al tendero don Salva, enamorado sin porvenir de su dependienta Chayito; no dejan de despertar simpatía María la Matraca, la madrota, que atiza el fuego en los prostíbulos del callejón de Lerdo y que "fortalece y ramifica [la prostitución] por [las calles de] Guerrero y Morelos", quien en un tiempo vivía precariamente de sus abejas vendiendo cera y miel, pero que ahora regentea con provecho a las cuscas o pirujas o güilas o priscapochas, a ésas que "le hacen al áijale", que dan alimento al cuerpo a falta de lo inútil del espíritu, ex "mujer decente", que llora a veces al pensar que pudo tener un matrimonio honorable con el Licenciado, y las propias pirujas, entre las cuales recordamos a la Trafique, que defendía ferozmente su puesto de trabajo contra la invasión de la policía en el burdel llamado Laberinto, la Concha de Fierro, la única hetaira que se conservaba virgen hasta que llegó el torero Pedro Corrales quien le hizo la faena que tanto necesitaba, y la Gallina sin Pico, que cayó a pico y falleció a mitad del baile en pleno prostíbulo después de que se le posó en el cuerpo una mariposa negra; aparecen también Fidencio el cerero, padre de Chayo, capaz, por fin, de tener una buena paga, gracias al encargo que le hace María Palomino de una vela de doscientos metros para el día de la Función, y la propia Chayo, una muchacha bonita y de buen cuerpo, que perdió la virginidad con Odilón el día del terremoto causando la pena de la familia. Y también, en fin, rondan en los círculos de la narración una larga hilera de personajes incidentales, como el Hojarascas, que quedó deschavetado al descubrir que su amada le ponía los cuernos, y Pedazo de Hombre, el fontanero, a quien le decían así por haber perdido una pierna, y quien de oficio picaba en las mujeres casadas igual que la abeja en la flor; como el tendero don Cuco, el hombre más gordo de Zapotlán, y el campanero Urbano, que solía equivocar el número de campanadas por andar siempre en estado pítimo; como Celso, "con su paso meneado de arcángel equívoco", y las mánfulas "ardientes y desesperadas"; como el carpintero Francisco, a quien el Licenciado siempre se llevaba entre las patas en los encargos porque lo veía "como de la familia", y el cohetero Atilano, encargado de hacer los castillos de luces que se quemarían para el novenario y el día de la Función; como don Terencio, el dueño del periódico anticlerical de la localidad, y Juan Vites, limosnero con hedor a chivo que sólo sabía decir una frase que a veces sonaba de mal agüero: "¿Vites cómo salió cierto?"; como la viuda de Filiberto, que tan bien se la pasó adelantando su luna de miel sin casarse, y el herrero de Chuluapan, que por fornicar muchachas inocentes o no, debe vivir huyendo de feria en feria, "para ver cuándo (lo) alcanza" uno de los agraviados que quiere despedazarlo a martillazos.

Para Hugo Gutiérrez Vega, en su espléndida glosa-ensayo sobre La feria, se escribieron en el siglo xx cuatro grandes novelas de escritores jaliscienses, que además ocurren en territorio jalisciense: Los de abajo (1916), Al filo del agua (1947), Pedro Páramo (1955) y La feria (1963). Salvo Los de abajo, que pasa en diversas partes de Jalisco, las otras tres tienen lugar en pueblos determinados del estado: Tlahualica, Comala (que para Juan Antonio Ascencio, biógrafo de Rulfo, es una mezcla de los pueblos abajeños de San Gabriel y Tuxcacuesco) y Zapotlán. Ningún otro estado de la república produjo en el siglo xx un número igual de narradores que escribieran novelas inolvidables. Sobre La feria, una de las síntesis más bellas la escribió Octavio Paz en aquella nota de 1972, cuando dijo que es una "obra en la que la prodigiosa pirotecnia verbal se alía a la mirada, a un tiempo imparcial e irónica, de un historiador de las costumbres y el alma".

* El otro terremoto que devastó el pueblo ocurrió veintidós años después de editada La feria (19/IX/1985).