Usted está aquí: miércoles 19 de julio de 2006 Mundo Beirut, condenada a morir una y otra vez

Beirut, condenada a morir una y otra vez

Queda claro que el objetivo de la venganza israelí es acabar con la ciudad

ROBERT FISK THE INDEPENDENT

Ampliar la imagen Durante un desalojo masivo de civiles de Beirut, ayer, una niña llama desesperada a su mamá que no podía abordar el autobús Foto: Reuters

Beirut, 18 de julio. El año 551, la esplendorosa y rica ciudad de Bertius, cuartel de la flota imperial romana en el oriente del Mediterráneo, fue sacudida por un tremendo terremoto. El mar se replegó varios kilómetros y los sobrevivientes, antepasados de los libaneses actuales, caminaron sobre la arena para saquear barcos mercantes hundidos desde hacía tiempo, que ahora se revelaban a sus ojos. Y entonces, un muro acuático más alto que un tsunami regresó para sepultar la ciudad y matar a casi todos. Tan terrible daño sufrió la antigua Beirut, que el emperador Justiniano envió oro de Constantinopla en compensación para cada familia que quedó.

Algunas ciudades parecen sufrir una condena eterna. Cuando los cruzados llegaron a Beirut de camino a Jerusalén, en el siglo XI, dieron muerte a todo hombre, mujer y niño en la ciudad. En la Primera Guerra Mundial, la Beirut otomana padeció una hambruna terrible; el ejército turco había decomisado todo el grano y las potencias aliadas tenían bloqueada la costa. Aún poseo algunas viejas postales que compré aquí hace 30 años, de niños flacos como varas, parados frente a un orfanato, desnudos y abandonados.

Una estadunidense que vivía aquí en 1916 describió cómo "pasaba al lado de mujeres y niños que yacían a la vera del camino con los ojos cerrados y rostros de palidez fantasmal. Era común encontrar gente rebuscando en la basura cáscaras de naranja, viejos huesos y otros desperdicios que devoraba con fruición al encontrarlos. Por todos lados se veían mujeres buscando hierbas comestibles entre el pasto de los campos..."

¿Cómo le pasa esto a Beirut? Durante 30 años he observado a este lugar perecer, levantarse de la tumba y volver a morir, con sus edificios de departamentos tan salpicados de agujeros de bala que parecen de encaje, y sus moradores matándose entre sí.

Viví aquí 15 años de una guerra civil que cobró 150 mil vidas, así como dos invasiones y años de bombardeos por parte de Israel que costaron la vida a otros 20 mil de sus habitantes. Los he visto sin brazos, sin piernas, acuchillados, bombardeados y salpicados sobre los muros de las casas. Y sin embargo son personas excelentes, educadas, cuya generosidad asombra a todo extranjero, cuya gentileza avergüenza a cualquier occidental, y cuyo sufrimiento casi siempre hemos olvidado.

Los pobladores de Beirut son parecidos a nosotros los europeos. Tienen la piel clara y hablan bellamente el inglés y el francés. Viajan por el mundo; sus mujeres son glamorosas, y su comida, exquisita. Pero, ¿qué decimos de su destino este día, cuando los israelíes -en algunos de sus ataques más crueles a esta ciudad y al campo circundante- los arrancan de sus hogares, les lanzan bombas cuando van cruzando puentes sobre ríos, les cortan el suministro de comida y electricidad? Decimos que ellos comenzaron esta guerra, y comparamos sus espantosas bajas -en total 240 en todo Líbano hasta la noche de este martes- con los 24 muertos en Israel, como si las cifras fueran iguales.

Y luego, lo más vergonzoso: los abandonamos a su destino como si fueran un pueblo infectado y empleamos el tiempo en desalojar a nuestros preciosos extranjeros mientras fruncimos un poquito el ceño ante la "desproporcionada" respuesta de Israel a la captura de sus soldados por Hezbollah.

Este martes caminé por el desierto centro de Beirut y me recordó más que nunca un gran estudio cinematográfico, un lugar de sueños demasiado hermosos para durar, un fénix resurgido de las cenizas de una guerra civil con plumaje tan refulgente que cegó a su propio pueblo. Esta parte de la ciudad -alguna vez una Dresde en ruinas- fue reconstruida por Rafiq Hariri, el primer ministro asesinado apenas a kilómetro y medio de allí, el 14 de febrero del año pasado.

La devastación de aquel estallido de bomba -terrible precursor de la guerra actual, en la cual el legado de Hariri es objeto del vandalismo israelí- aún se ve al lado del Mediterráneo, en espera de que el último investigador de la ONU busque pistas del asesinato... un investigador que hace mucho abandonó esta ciudad sitiada para refugiarse en Chipre.

En el vacío restaurante Etoile -los mejores mariscos y el mejor capuchino de Beirut, donde Hariri alguna vez invitó a comer a Jacques Chirac-, me senté en la banqueta y observé a la guardia parlamentaria patrullando aún la fachada del emporio de construcción francesa que alberga lo que queda de la democracia en Líbano. Muchas de estas calles fueron construidas por parisienses en tiempos del mandato francés y han sido restauradas con gusto exquisito, engalanando sus umbrales de imitación árabe con columnas romanas cavadas de la antigua Vía Máxima, que se yergue a unos metros.

Hariri amaba este lugar y cierto día, al invitarle una cerveza a Chirac, vio que estaba yo sentado a una mesa. "¡Ah, Robert, ven acá!" rugió, y luego se volvió hacia Chirac como un gato a punto de engullirse un canario. "Quiero presentarte, Jacques, al reportero que dijo que yo no podría reconstruir Beirut."

Y ahora están volviendo a destruirla. El Aeropuerto Internacional Mártir Rafiq Hariri ha sido atacado tres veces por los israelíes; sus relucientes pasillos y tiendas de lujo vibran cuando los misiles se estrellan en las pistas y las estaciones de recarga de combustible. El espléndido viaducto trasnacional de Hariri ha sido derruido por los bombarderos. La mayoría de los puentes de su autopista han sido arrasados. El faro de estilo romano fue derribado por un misil lanzado desde un helicóptero Apache. Sólo esta pequeña gema de restaurante en el centro de la ciudad se ha salvado. Hasta ahora.

Son los barrios pobres de Haret Hreik, Gobeiri y Shiya los que han sido reducidos a escombros, enviando a un cuarto de millón de musulmanes chiítas a buscar refugio en escuelas y parques abandonados en toda la ciudad. Allí, cierto, estaba el cuartel de Hezbollah, otro de esos "centros del terror mundial" que Occidente sigue descubriendo en tierras musulmanas. Allí vivían Sayed Hassan Nasrallah, líder del Partido de Dios, hombre despiadado, cáustico y calculador, y Sayad Mohamed Fadlallah, uno de los clérigos más sabios y elocuentes, así como muchos de los principales planeadores militares de Hezbollah, entre ellos, sin duda, los que prepararon durante muchos meses la captura de los dos soldados israelíes el miércoles pasado.

Pero ¿acaso las decenas de miles de pobres que viven aquí merecían este castigo en masa? Tratándose de un país que presume de su precisión milimétrica -noción dudosa en cualquier caso, pero no se trata de eso ahora-, ¿qué nos dice de Israel este acto de destrucción? ¿O de nosotros mismos? En un edificio moderno de la zona hasta hoy indemne de Beirut, me topo por casualidad con una prominente figura de Hezbollah, de camisa blanca sin corbata, traje oscuro y zapatos impecables. "Si es necesario continuaremos durante días, semanas, meses o...", y lleva esas espantosas estadísticas con los dedos de la mano izquierda. "Créame, tenemos sorpresas aún más grandes para los israelíes, mucho más grandes, ya lo verá. Luego nos darán a nuestros prisioneros y sólo harán falta unas cuantas pequeñas concesiones."

Al salir, siento como si me hubieran golpeado en la cabeza. En el muro de enfrente hay una buganvillia morada, un jazmín blanco y un mazo de gardenias. Los libaneses aman las flores, su color y aroma, y Beirut está tapizada de árboles y arbustos que huelen a paraíso.

En cuanto a las masas apretujadas que han huido de los escombros de los barrios pobres de Haret Hreik, en el sur, este martes encontré cientos de personas sentadas bajo los árboles o tendidas en la hierba rala detrás de una antigua fuente donada a la ciudad por el sultán otomano Abdul-Hamid. Cómo caen los imperios.

Muy lejos, sobre el Mediterráneo, se pueden ver dos helicópteros estadunidenses salidos del barco de combate Iwo Jima, que cruzan entre la bruma y el humo hacia el complejo fortificado de su embajada en Akwar, para evacuar más ciudadanos del Imperio estadunidense. Un imperio del que no salió una sola palabra para ayudar a los pobladores acostados en el parque, para ofrecerles comida o auxilio médico.

Y sobre todos ellos se extiende un humo gris oscuro que va cubriendo la ciudad entera, a medida que los incendios de las terminales petroleras y los edificios se transforman en un coctel de aire sulfuroso que se infiltra bajo nuestras puertas y a través de nuestras ventanas. Lo huelo al despertar por las mañanas. La mitad de la gente de Beirut tose en esta suciedad, respirando su propia destrucción mientras contempla a sus muertos.

La rabia que cualquier alma humana debe sentir ante tal sufrimiento y privación fue bien expresada por el más grande poeta libanés, el místico Jalil Gibrán, al escribir sobre el medio millón de sus compatriotas que perecieron en la hambruna de 1916, la mayoría residentes de Beirut:

Mi pueblo murió de hambre,
y quien no murió de hambre

fue asesinado con la espada.

Murieron de hambre
En una tierra rica en leche y miel.

Murieron porque las víboras
Y los hijos de las víboras

escupieron veneno en el espacio

donde los Cedros Sagrados y las rosas

y los jazmines rezuman su fragancia.

Y la espada sigue abriéndose paso a través de Beirut. Cuando parte de un avión -tal vez la punta del ala de un F-16 alcanzado por un misil, aunque los israelíes lo niegan- descendió como rayo sobre los suburbios del este, el fin de semana, corrí al lugar del impacto y encontré un conductor parcialmente decapitado en su auto y tres soldados de una unidad de logística del ejército libanés. Estos son los curtidos y valientes soldados no combatientes de Kfar Chim, que en estos seis días han estado reparando ductos de agua potable y electricidad para mantener a Beirut con vida.

Uno de ellos me reconoció. "¡Hola, Robert! Apúrese porque creo que los israelíes van a volver a bombardear, pero le enseñaremos todo lo que podamos." Y me hicieron cruzar las llamas para mostrarme lo que podían de la devastación, rodeándome para protegerme.

Y unas horas después, en efecto, los israelíes volvieron, cuando los hombres de la pequeña unidad logística se habían ido a dormir. Bombardearon el cuartel y mataron a 11 soldados, entre ellos aquellos tres hombres nobles que me cuidaron entre las llamas en Kfar Chim.

¿Y por qué? No lo duden: los israelíes sabían lo que atacaban. Por eso mataron a nueve soldados cerca de Trípoli cuando bombardearon las antenas de la radio militar. Pero, ¿una unidad de logística? ¿Hombres cuyo único trabajo era reparar ductos de electricidad?

Y de pronto me doy cuenta. Beirut debe morir. Debe ser privada de electricidad ahora que la estación de energía en Jiyeh está en llamas. A nadie se le permitirá mantener con vida esta ciudad. Por eso había que liquidar a esos pobres hombres.

Los beirutíes son gente correosa, que no huye con facilidad. Pero al final de la semana pasada muchos quedaron agobiados al ver en sus periódicos la foto de una niña, descartada como una flor marchita, en un campo cercano a Ter Harfa, con los pies apoyados en los talones, la mano exangüe sobre el roto piyama azul, y los ojos -bajo el largo cabello- cerrados, vueltos hacia el lado opuesto de la cámara. Había sido otro blanco "terrorista" de Israel, y varias personas, yo entre ellas, vimos una aterradora similitud entre esa imagen y la fotografía de una niña polaca que yacía muerta en un campo junto a su hermana, que lloraba, en 1939.

Me dirijo a casa y hurgo en mis archivos, en busca de fotos de la invasión israelí de 1982. Hay más imágenes de niños muertos, de puentes destrozados. "Los israelíes amenazan con invadir Beirut", proclama un titular. "Represalia israelí." "Líbano en guerra." "Beirut, bajo sitio." "Masacre en Sabra y Chatila."

Sí, con qué facilidad olvidamos aquellas matanzas. Hasta mil 700 palestinos fueron masacrados en Sabra y Chatila por milicianos cristianos aliados de Tel Aviv mientras soldados israelíes -según atestiguaron ellos mismos ante un tribunal inquisidor de su país- observaban la matanza. Dejé de contar los cadáveres cuando llegaron a 100. Muchas de las mujeres habían sido violadas antes de pasarlas a cuchillo o rematarlas a tiros.

Sin embargo, la semana pasada, cuando me alejaba del sitio del bombardeo en Ghobeiri con mi chofer, Abed, pasamos por la entrada de ese campamento, en el preciso lugar donde vi a los primeros palestinos asesinados. Y no pensamos en ellos. No nos acordamos de ellos. Había muertos en Beirut y tratábamos de conservarnos con vida en la ciudad, como lo he hecho durante 30 años.

Cuando vuelvo a la costa suena mi teléfono celular. Es una mujer israelí que llama desde Estados Unidos, autora de una excelente novela sobre los palestinos. "Robert, por favor cuídate", dice. "Me siento terrible por lo que les hacen a los libaneses. Es imperdonable. Ruego a Dios por los libaneses, y por los palestinos, y por los israelíes."

Le agradezco su consideración y la forma graciosa y generosa en que condena esta matanza. Luego, en mi balcón -una mirada para verificar la ubicación de la lancha de guerra israelí, muy lejos entre el esmog marino-, encuentro recortes más antiguos. Este es de un periódico inglés de 1840, cuando Beirut era una gran ciudad otomana: "Beyrouth -dice-. La anarquía está hoy a la orden del día, nuestra seguridad personal y nuestros bienes están en peligro, no se puede obtener satisfacción, y se cometen crímenes con impunidad. Varios europeos han abandonado sus casas y suspendido sus asuntos, con el fin de encontrar protección en países más pacíficos".

Recuerdo que en la pared del comedor tengo una litografía pintada a mano de soldados franceses a su llegada a Beirut, en 1842, para proteger a los cristianos maronitas de los drusos. Acampan en el Jardin des Pins, que más tarde albergó la embajada francesa, donde hace apenas unas horas vi a hombres y mujeres franceses registrándose para la evacuación. Y, fuera de la ventana, escucho de nuevo el susurro de los jets israelíes, ocultos bajo el humo que ya se adentra 30 kilómetros en el mar.

Fairouz, la más popular de las cantantes libanesas, iba a presentarse este año en el festival Baalbek, hoy cancelado como todos los festivales de música, danza, teatro y pintura en la capital. Una de sus canciones más populares está dedicada a su ciudad natal:

A Beirut, paz a Beirut con todo mi corazón.
Y besos, al mar y a las nubes,

a esta roca de ciudad que parece la cara de un viejo marinero.

Del alma de su pueblo hace vino;

con su sudor elabora pan y jazmín.

Y entonces, ¿por qué hoy sabe a humo y fuego?

© The Independent

Traducción: Jorge Anaya

 
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