Usted está aquí: miércoles 19 de julio de 2006 Opinión Para acabar con una elección de Estado

Guillermo Tovar de Teresa

Para acabar con una elección de Estado

Ampliar la imagen En la estación del Metro División del Norte los pasillos muestran el punto de vista de jóvenes moneros a lo que llaman el fraude electoral FOTOJesús Villaseca

Nuestra experiencia en la democracia es precaria. El mundo antiguo indígena y los años virreinales fueron edades en las que se impuso un gobierno teocrático. Los arquetipos del sacerdote y el guerrero, dominantes en esas épocas, traducidos en el altar y el trono, llegaron casi intactos hasta 1867, año de la Restauración de la República. El sistema jerárquico y estamentario del México prehispánico continuaría en la Colonia y se heredaría luego de la Independencia.

El periodo del llamado México Independiente estuvo agitado por revueltas, asonadas, cuartelazos, pronunciamientos, planes y proclamas de militares y miembros del clero; la Independencia la comienza un cura de Guanajuato, la prosigue otro de Michoacán y la mantienen y la culminan militares monárquicos e insurgentes con aspiraciones republicanas. En el último periodo, luego de varias invasiones extranjeras (Barradas, 1829; Texas, 1835; Guerra de los Pasteles, 1838, e Intervención Francesa e Imperio, 1862-1867), llegamos al país unificado y dispuesto a ensayar una nueva forma de gobierno: la elección popular.

Benito Juárez, investido de facultades extraordinarias por el Congreso, logró imponer el orden; sin esas facultades, perdía la autoridad que se requería para pacificar y unificar al país. Así se mantuvo hasta 1872, en que fue sucedido por Sebastián Lerdo de Tejada, político y maestro del antiguo Colegio de San Ildefonso, quien gobernaría hasta 1876. No pudo sostenerse en el poder, pues aunque ganó las elecciones, existía un general oaxaqueño, Porfirio Díaz, que se sentía con más méritos que el civil y político liberal. Bajo el lema de "Sufragio efectivo, no relección", echó abajo los planes lerdistas, por eso desconoció a José María Iglesias dispuesto por el presidente para sucederlo como una elección de Estado.

Díaz llegaría a ser mandatario en 1876, y culminado su periodo de cuatro años le dejaría la Presidencia de la República al general Manuel González, su compadre, para retomar el poder en 1884. Y se quedaría en la silla presidencial hasta 1911.

Díaz cumplía con el anhelado arquetipo del monarca republicano que no supo ser Antonio López de Santa Anna, que caricaturizó el paradigma y que México necesitaba para vivir unido. Organizó una campaña presidencial en 1910 y perdió, pero no supo aceptarlo, imponiendo otra elección de Estado, la del sonorense Ramón Corral, por encima de Francisco Ignacio Madero, hombre del norte que tipificaba al nuevo país, modificado por su convivencia con la frontera estadunidense.

Madero era un hombre bueno, fascinado con la homeopatía, el espiritismo, la justicia social, la productividad y el aprovechamiento de la propiedad agrícola. Representaba a la parte norte del país, tierra de recios criollos que se habían constituido en pobladores prósperos, debido a su enorme capacidad de trabajo y a la facilidad de enterarse de las novedades de la modernidad.

Madero llegó triunfante a la capital y Díaz emprendería un viaje a Francia, del cual jamás regresaría, ni aun muerto. Madero en la ciudad de México se encontraba con distintos perfiles y tipologías del mexicano, con una variedad impresionante de intereses y convicciones; era el presidente del cambio, pero tenía que negociar con personajes como los hermanos Flores Magón y el líder sureño Emiliano Zapata, que reclamaba la legitimidad de la tierra, de acuerdo con una visión ancestral; en otro aspecto, tendría que vérselas con los miembros de la corte porfirista, millonarios y militares que habían decidido no exiliarse a Europa y Norteamérica. Era un mundo de intrigas, de enemigos inconciliables, de edades históricas superpuestas, de clases sociales en conflicto; en suma, de un abigarramiento amenazante y explosivo. Tenía que satisfacer las demandas de todos. Pero era un demócrata y, por lo mismo, carente de facultades extraordinarias y sin afanes dictatoriales, trató de conciliar a todos, pero no pudo.

La gente le exigía a Madero autoridad, y como no la practicó desmesuradamente, como estaban acostumbrados quienes se la solicitaban, entonces se dedicaron a ridiculizarlo con caricaturas y comentarios (El Multicolor y El hijo del Ahuizote). Esa libertad de expresión, desatada después de 30 años de amordazamiento, le costaría el desprestigio a su autoridad y su poder como presidente. Su ánimo conciliador se confundió con su debilidad, su bondad con su incompetencia; entonces aquello se volvería un hervidero de politiquería malsana, que culminaría con un cuartelazo que llevaría al paredón a su persona y la de su vicepresidente José María Pino Suárez. Uno de su guerreros predilectos, un general que con Díaz temblaba de miedo, se atrevió a usurparle la Presidencia y eliminarlo; los demás pueden vencernos, sólo los nuestros nos traicionan. Y así fue como Victoriano Huerta logró ser presidente de la República Mexicana en 1913, legitimado por los mejores hombres de la República miembros de su gabinete y su Congreso, con el aplauso de la reacción y el pánico y el horror furibundo de sus otrora demandantes, como Zapata y los atrevidos periodistas y caricaturistas que lo hundieron.

Entonces, se levanta Carranza para rescatar la legitimidad. Se unen todas las fuerzas revolucionarias y triunfan sobre el dictador, amenazado, además, de una intervención estadunidense en Veracruz. Carranza, de jefe del ejército constitucionalista se convierte en presidente sin elecciones democráticas; convoca a una nueva Consitución en 1917, y cuando se concluye su periodo como mandatario, organiza una elección de Estado, tratando de imponer al famoso licenciado Bonillas, llamado "Flor de Té", en alusión a una obra de una comedia musical, presentada en un teatro capitalino con ese título, referente a la condición de la princesita oriental que protagonizaba la obra, la cual decía que no sabía de dónde venía ni quiénes eran sus padres y que ignoraba su identidad; por eso el público la identificó con Bonillas, un desconocido que tenía la cualidad de saber inglés.

La intentona "democrática" de Carranza culminaría en un cuartelazo; la elección de Estado puso furiosos a los generales que se jugaron el pellejo en la lucha armada y decidieron impedir esa burla a sus cualidades de héroes de la Revolución. Se pusieron de acuerdo con un grupo de sonorenses y sinaloenses y lanzaron al general Adolfo de la Huerta a que se levantara contra aquel presidente que estrenaba la "democracia", luego de una nueva Constitución, y al final de una guerra que había costado la vida de una cantidad tremenda de mexicanos que lucharon por lograr un nuevo orden.

De la Huerta duraría muy poco tiempo. Tras él, surgiría, como candidato a la Presidencia, el general Alvaro Obregón, encumbrado por el relato de sus epopeyas ("siete mil kilómetros en campaña") y la mutilación de su brazo por defender las causas de la patria. Su gobierno fue excepcional, con su autoridad impuso la unidad y permitió una libertad intelectual y cultural nunca vistas en nuestra historia. Vicente Blasco Ibáñez, en su Militarismo en México (1925), destacaría el humor y la genialidad del gobernante mexicano que alcanzaría un enorme prestigio nacional e internacional. La cultura y la educación se volverían el baluarte que lo ha inmortalizado, pues tuvo el buen tino de escoger a un maderista muy brillante como secretario de Educación (José Vasconcelos), quien en un periodo cortísimo logró una verdadera revolución en la cultura, convocando pintores, escultores, arquitectos estudiosos, literatos, fotógrafos, etcétera, y creando una especie de amnistía que permitió el regreso de los exiliados que nutrieron al país de experiencias enriquecedoras en los países que por una década habitaron. Concluido su periodo, y sin elecciones muy formales, le sucedería el socio de sus planes golpistas de 1919: el general Plutarco Elías Calles.

Calles llegaría a la Presidencia con mayores ímpetus de autoridad. Resuelto el problema político y cultural de la conciliación y la convivencia, se ocuparía de darle al país su fundamento económico y material. No toleraría ningún acto de indisciplina, al punto tal que, luego de un congreso nacional eucarístico que había convocado a una inmensa masa de católicos, advirtió el poder de la Iglesia y se propuso enfrentarlo al punto de que en su periodo se produciría la famosa Guerra Cristera.

Terminado su periodo, a la manera de Díaz con Manuel González, se propondría como candidato a su compadre y socio, el mismo general Alvaro Obregón, su directo antecesor. El principio que daría origen a la Revolución, repitiendo el lema porfirista de "Sufragio efectivo, no relección", quedaría fuera de los logros de la Revolución, siendo el motivo y fundamento de la lucha armada. A Obregón lo asesinarían en un restaurante durante su "campaña" presidencial, por manos de un profesor de dibujo, animado por una monja muy valiente (la famosa madre Conchita). Su cadáver, en la plancha de la autopsia, según me lo ha contado el historiador Carlos Silva, quien posee una copia de la autopsia del cuerpo de Obregón desnudo, mostraría más de 13 impactos de bala, lo cual demuestra que no sólo León Toral (el citado profesor de dibujo en un colegio marista) era el autor del crimen, sino, seguramente, alguno que otro comensal que brindaba con él por su triunfo.

Calles retomaría el poder y realizaría otra elección de Estado; esta vez, proponiendo al michoacano Pascual Ortiz Rubio (apodado el Nopalito), quien derrotaría al gran Vasconcelos, héroe de la administración cultural de Obregón. Vendría como interino el presidente Portes Gil (obregonista), quien le entregaría el poder al candidato oficial (Ortiz Rubio), el cual renunciaría poco tiempo después, logrando la hazaña en su gobierno de haber inaugurado un paso de peatones en San Juan de Letrán, como lo refería José Fuentes Mares. No pudo soportar su situación, y preferió renunciar a vivir en la ilegitimidad. Entonces se impuso al general Abelardo Rodríguez, quien gobernó hasta 1934.

Hasta este momento, nada de democracia. Llegaría al poder el general Lázaro Cárdenas, a quien lo apoyaban los mencionados generales, ignorando su verdadero carácter. Simplemente, los liquidaría para poder refundar el país, al modo de Juárez, reconformando a la nación y aplicando los principios básicos de la Revolución.

De ahí siguió el PRI hasta el año 2000, con la salvedad de que la llamada Edad de los generales concluía con Miguel Alemán (hijo de un general veracruzano), quien era universitario, abogado y promisorio modernizador del país. Con altas y bajas, aciertos y errores, el PRI gobernaría México durante la segunda mitad del siglo XX, logrando momentos francamente satisfactorios, como lo fueron las presidencias de Adolfo Ruiz Cortines y Adolfo López Mateos, que llevaron a México a una estabilidad muy considerable, pues eran trabajadores y realizarían su tarea ofreciéndole al país desde grandes centros de salud hasta museos formidables, promotores de la educación pública y el empleo.

Sin embargo, de democracia, nada o casi nada, durante el siglo XX. Por eso llegamos al comienzo del milenio sin experiencia alguna. Ingenuos, imaginando el cambio, en 2006 volvemos a lo de siempre: la elección de Estado.

Pero ya hemos visto en qué concluyen. Y más aún ahora, en que puede terminar una contienda donde la diferencia la hace medio punto porcentual, entre el PRD y el PAN. Aunque se cuenten los votos, nadie va a saber nada. Y esa ignorancia puede llevar a una confrontación cotidiana, imposibilitadora del ejercicio del poder.

Por el momento, lo elemental es recuperar la credibilidad. Y eso no lo están logrando las instituciones oficiales. Por eso propongo que, por primera vez, la sociedad cuente con un recurso de vigilancia y observación: un ombudsman de la democracia en México, organismo propuesto acompañado de un grupo de mexicanos intachables, de esos que son confiables, como lo puede ser un Fernando Zertuche, persona de virtudes y calidades morales fuera de duda. Con intelectuales, de esos que no son protagónicos ni payasos, como los poetas David Huerta (que continúa la solidez moral de su padre don Efraín) o los historiadores Luis Villoro y Enrique Florescano; con académicos reconocidos como la doctora Refugio González (viuda de Moreno de los Arcos), del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, de periodistas como Julio Hernández o Carmen Aristegui, en fin, que la lista puede ser enorme para escogerlos y garantizar la credibilidad del proceso electoral de este año para la sucesión presidencial.

Estuve en Estocolmo en 1990, cuando le dieron el Premio Nobel a Octavio Paz; le pedí al entonces embajador Agustín García López, quien realizaba un excelente papel como diplomático, que me pusiera en contacto con el ombudsman sueco. Me presenté en calidad de cronista de la ciudad de México y me recibió; le hice diversas preguntas y salí fascinado con las respuestas que me daba un hombre que representaba algo que en México ni se soñaba: los derechos humanos. Si esto ya existe, ¿por qué no hacerlo con el tema electoral, pero por cuenta de la ciudadanía?

Es tan sólo una recapitulación y una propuesta.

 
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