Usted está aquí: sábado 29 de julio de 2006 Opinión Los asesinos anónimos

Vilma Fuentes

Los asesinos anónimos

Durante el reino del padre Ubú en la República nacional de las Letras, una mujer muy bella, dotada de virtudes por las hadas, fue contratada, en el secreto de la vox populi, espía primogénita para la Defensa del País. La hermosa Mata-Hari de ese reino respondía a todos los atributos de la heroína novelesca deseada y suspirada por el público: rubia, delgada, hermosa como un ángel venido del otro lado del mar, y al mismo tiempo provinciana a morir, pues proclamaba sus orígenes poblanos y guerrerenses a quien quisiera orírla. Se le erigieron, en aquel entonces, estatuas en plata, oro y granito: la bella podía hacer lo que se le antojaba, es decir, imaginar real lo que le pasaba por su fantasiosa mente. Y había quienes la creían. Era tan linda, tan inteligente...

Además, siempre estaba en el momento propicio, decisivo y definitivo: si se preparaba el complot del asesinato, por ejemplo de Kennedy, ella bailó con el asesino seis meses, dos años atrás, ¡hasta fotos había! Cuando asesinaron a Carlos Madrazo, ella lo supo momentos antes: una intuición, una iluminación. Cuando la tentativa contra el Papa, igual. Cuando Henri II de Francia, ¿no le tocó la mala suerte de frecuentar a los Guisa?

Como el poeta Gerard de Nerval, nuestra bella espía contagiaba sus imaginaciones. Cierto, al principio había alguna reticencia de los poderosos Ubúes que reclamaban su información. Pero el poder de la narradora era tal que los Ubúes terminaban por creer en sus palabras como en las del Evangelio, y esto a pesar del ateísmo reinante. La Sherezada, salvando su cabeza madrugada tras madrugada, sabía entretener la atención, posponer, posponer.

La fantasía y el arte del contar de Elena Garro seducía al más realista. ¿Quién no habría podido creer que acababa de hablar con el faraón Ramsés II? El cual, de ciencia cierta, la había informado de los ataques nucleares a China. Que, que... Todo, lo más inimaginable, cobraba realidad con Elena. No puedo contar en unas cuantas líneas las aventuras a las que me sometió durante nuestros largos años de amistad en México primero, en París después. Lo conté, de alguna manera, en Flores negras, una novela, si no, ¿cómo se puede hablar de ella?

La comedia toma, por desgracia, en un parpadeo, los tonos sombríos de la tragedia. Si Alejandro Dumas o Charles Nodier se miraban desconcertados a veces, divertidos otras, al escuchar a Nerval relatar sus encuentros con los reyes de Francia o los emperadores de China desaparecidos siglos antes, sin duda no pudieron sino llorar al enterarse que el maravilloso poeta, para quien el sueño era una segunda vida, se había ahorcado.

Vi a Elena, a las Elenas, sufrir la persecución, real e imaginaria, que dio el título a la novela Andamos huyendo, Lola. Y huir no es vivir. De veras, parecían fantasmas. Era difícil ayudarlas. Las habían desquiciado los insultos, las calumnias, las amenazas, su imaginación. La maravillosa Elena, cierto, era víctima de la fantasía, pero de la fantasía nutrida con el odio anónimo. Un virus, como ella discutía con la otra Elena, muy contagioso.

Se puede reír o llorar al escuchar esta enormidad ubúesca: ¡Elena una espía! Pero, ¿es posible seguir riendo cuando hoy pululan fanáticos que envían insultos que llegan al extremo de las amenazas de muerte?

Y esto es lo que es hoy una realidad: la expresión brutal y anónima del odio. Las amenazas enviadas a escritores, artistas e intelectuales, germen, ya floreciente, del odio de los bárbaros por la libertad de palabra. Porque se trata de bárbaros que no pueden destruir para crear sobre las ruinas. Son simples bárbaros que destruyen sin siquiera imaginar otro mundo.

No puedo creer que ningún escritor mexicano, sea cual sea su opinión política, pueda no reprobar con toda su voluntad, y su inteligencia, este tipo de anónimo. Cobardía que comienza con palabras, termina con balas. La silenciosa violencia de los asesinos escondidos en las sombras de un miedo que querrían contagiar porque no saben morir a solas, como me decía Elena.

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