Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 30 de julio de 2006 Num: 595


Portada
Presentación
Bazar de asombros
Democracia y Legitimidad
Elecciones de Estado
MARCO ANTONIO CAMPOS
Lo que el viento a Juárez
Mentiras transparentes
FELIPE GARRIDO

Columnas:
A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUIA

Mujeres Insumisas
ANGÉLICA ABELLEYRA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Jornada de Poesía
JUAN DOMINGO ARGÜELLES

Teatro
NOÉ MORALES MUÑOZ


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Marco Antonio Campos

Elecciones de Estado

Lo más justo que puede decirse sobre las recientes elecciones presidenciales es que fueron desproporcionadamente injustas. Con nuestros impuestos se gastaron miles de millones de pesos para asistir al final a una simulación democrática, o si se quiere, a una elección de Estado. Nunca se había visto desde la Independencia una unión cómplice de tal magnitud de grupos de poder y de influencia para imponer a un candidato: empresarios, banqueros, Iglesia, televisoras, radio y presidente de la República ayudando al PAN y su candidato, avalada al último, toda la inmoral campaña, por el IFE. El aparato político, económico y religioso se unió en pleno para acabar con las pretensiones de un candidato y de un partido. El pensamiento de los conservadores de hoy, hasta con sus intelectuales orgánicos, se parece al del partido conservador decimonónico en las décadas de los veinte, treinta, cuarenta, cincuenta y sesenta, es decir, hasta el fusilamiento de Maximiliano en 1867, cuando al fin se inicia con Juárez la vigencia de un país laico. En el siglo XIX, el partido conservador era el de la Iglesia católica, de los empresarios (llamados entonces magnates) y de los banqueros (llamados prestamistas, y popularmente, agiotistas o usureros). A sí mismos se nombraban, y lo creían y lo escribían, "la gente de bien" o la "gente decente". Los léperos o la chusma de entonces, son hoy, para ellos, los nacos y los muertos de hambre. Entonces los conservadores eran proespañoles y monárquicos (sólo lograron su objetivo de un monarca europeo hasta la llegada de Maximiliano); ahora, para adaptarse a los tiempos, son proestadunidenses y fingidamente demócratas. En el siglo XIX la Iglesia, desde la cúpula, se oponía abiertamente a la llegada al poder de los liberales; ahora lo hicieron los curas recomendando a los feligreses que se apoyara al partido donde destaca de manera sobresaliente la ultraderecha yunquista.

Nunca unas elecciones estuvieron tan contaminadas desde su raíz, es decir, desde la conformación del IFE, como ahora, cuando el presidente del organismo, Luis Carlos Ugalde, y los consejeros fueron designados por el PRI y el PAN. Nadie ignora que Ugalde salió de las sombras de los sótanos políticos de la profesora Elba Esther Gordillo, ex estrella del PRI, nuevo astro del partido que domina la ultraderecha yunquista y propietaria de un nuevo minipartido. Ugalde nos hace recordar el aforismo de Séneca: "El que pierde el crédito una vez, nada le queda por perder".

Expertos y gente de las ONG que vieron los trabajos del IFE han descalificado en general a los consejeros -salvo la sabida y notable excepción- como poco preparados, y más, ineptos. En manos de ellos y de Ugalde estuvo la calificación de la elección. Con su falta de habilidad y de experiencia lograron que dominara la impresión de que las elecciones tuvieran una legalidad falsificada. Si existía credibilidad en el IFE hicieron que la perdiera. El único acto digno que les queda es que, después de la decisión del TRIFE, renuncien en bien del país.

Por más que trato de buscar en la historia de México, no encuentro, después de la Independencia, un presidente con menos luces intelectuales que Vicente Fox. Vivió siempre en un mundo irreal al que sus críticos llamaban y llaman Foxilandia. Entre El Dorado y el país de Jauja, entre Disneylandia y los juegos mecánicos de Chapultepec. Padecía –padece– una verborragia, al parecer incurable, y se ha pasado casi seis años diciendo un disparate un día y otro también. Para él, México es maravilloso, no hay país mejor que México, y los mexicanos somos el mejor pueblo del mundo. En ese México ficticio que se creó, nunca se dio cuenta, inventándose sus propias estadísticas, de que en México había sesenta millones de pobres, que el crimen organizado se había apoderado de casi todo el territorio del país, que la delincuencia rebasaba todo el tiempo a la policía, que nunca solucionó el problema chiapaneco, que los focos de conflicto y de posibles guerrillas aumentaron en decenas, que sobreincendió el conflicto minero, que se manchó las manos de sangre en Lázaro Cárdenas y en Atenco, que en política exterior no pasó de ser el sosias de Bush (pese a que no logró que se avanzara un ápice en la reforma migratoria), en fin, que las cifras no engañaban ni engañan a nadie: prometió un crecimiento del PIB del 7% anual y sólo llegó en su conjunto oficialmente al 2.2 %. Aun el escaso crecimiento no tuvo que ver con el desarrollo industrial y del campo sino con dos cuestiones del todo aleatorias que proporcionaron a nuestro país en los dos últimos años más de 35 mil millones de dólares anuales: la subida desmedida de los precios del petróleo y las remesas de los mexicanos en EU. Lo peor: tuvimos que soportar en nuestra vida política a su esposa, una mujer exhibicionista y sin ninguna preparación, que hizo un daño inmenso al país con sus intromisiones, y que en sus sueños guajiros creía, aun estimulada por él, que podía llegar a la presidencia de la República. En muchos momentos los mexicanos teníamos la impresión de que ella era el presidente y no él. Se decía que era un hombre sin inteligencia pero bien intencionado. Su odio por el candidato perredista y su fobia enfermiza por la izquierda demuestran lo contrario. Primero luchó a brazo partido para que fuera desaforado, luego, durante la campaña, no se cansó de repetir que el candidato perredista era un populista y un demagogo. Más allá de eso, su poder verbal apenas daba para metáforas equinas. Cuando acusó de renegados a quienes no aceptaban lo que él creía que debía ser la elección, ni siquiera se daba cuenta que atacaba a millones de esos mexicanos a quienes él decía en sus discursos que eran maravillosos. Nunca tuvo conciencia del peso ni de la precisión de las palabras. Lo digo sin ninguna ironía: antes de que alguien en México asuma la presidencia debería hacérsele un examen para ver a cuánto asciende su IQ.

No menos ignominiosa fue la campaña de espots del Consejo Coordinador Empresarial, ante el silencio cómplice del IFE y el gustoso y jugoso patrocinio de Televisa. Gracias a su poder, creyeron lícitas la calumnia y la mentira. Después de enlodar hasta donde pudieron al candidato de la izquierda, ahora, como era previsible, dicen que se deben respetar los resultados y debe haber calma en el país.

El IFE, Fox, los barones de la radio y la televisión y los empresarios le jalaron la cola al león y hoy le piden al león que baje la cabeza, se esté quieto y les agradezca la inmundicia que le arrojaron y los latigazos que le dieron. Alentaron el odio de clase y hoy se asustan de que los odiados reaccionen con odio. El país se halla tan furiosamente dividido, que la mejor salida que puedo distinguir es la nulidad de las elecciones y el ascenso de un presidente interino con autoridad moral y con el menor número de compromisos que llegue a convocar a elecciones. México es un país donde los políticos y los señores del dinero hablan de que vivimos en un estado de derecho pero son los primeros en impedir que la justicia se haga.