Usted está aquí: jueves 3 de agosto de 2006 Opinión ANTROBIOTICA

ANTROBIOTICA

Alonso Ruvalcaba

Remedia amoris, segunda y última

I . A CATULO le fue de la chingada. Se perdió por una tal Clodia, acaso la mujer del gobernador de la Galia Cisalpina; en sus poemas la llama Lesbia. Esta señora, bellísima, le hizo de todo: le decía que lo amaba más que al propio Júpiter, pero mentía; juraba ser fiel, pero chaqueteaba tipos en callejuelas; lo insultaba frente al marido. Al final, parece, lo envenenaron por su culpa. ¿A quién puede sorprender que él fuera el primero en escribir que amamos a una persona que nos es odiosa (odi et amo anota, cuitadísimo) y en alcanzar la inaugural cima del subgénero poético de la mujer fea?: Salue, nec minimo puella naso / Nec bello pede nec nigris ocellis / Nec longis digitis nec ore sicco / Nec sane nimis elegante lingua. Buenas, niña de nariz no mínima ni de bello pie ni de ojos negros ni de largos dedos ni de elegante lengua, ¿dicen en tu pueblo que eres bella, se atreven a compararte con mi Lesbia?: O saeclum insapiens et infacetum, ¡qué siglo tan estúpido y sin gracia! El hecho de que la fealdad de esa anónima puella estuviera escrita en la eternidad no impidió a escritores futuros ejercer con diversa mano el género. El feroz Marcial, por ejemplo, declaró sus principios en el epigrama C de su libelo: Habere amicam nolo, Flacce, subtilem, / cuius acertos anuli mei cingant, / quae clune nudo radat et genu pungat, / cui serra lumbis, cuspis eminet culo. / Sed idem amicam nolo mille librarum. / Carnarius sum, pinguiarius non sum: No me gustan las flacas, cuyos brazos sean del tamaño de mis anillos, cuyas rodillas lastimen; aunque tampoco es que me guste comprar por kilo. Soy carnívoro, mi buen Flaccus, no "grasívoro". El autor del Ananga ranga nunca leyó a Catulo o a Marcial, pero pudo escribir este párrafo, que traduzco de la ferviente traducción de sir Richard Burton, publicada en 1885:

LA MUJER QUE amerita el desprecio de los hombres es fea, tediosa y palabrera; su pelo es lanudo, saliente la frente, sus ojos son pequeños y opacos; su nariz es enorme, sus labios decolorados, grande la boca, arrugadas las mejillas y tiene huecos entre los dientes; (...) tiene pelos en la barbilla; la cabeza le reposa en magro cuello; contraídos están sus hombros, de su flaco pecho penden dos senos flácidos y su vientre es como una bolsa de cuero vacía; sus flancos tienen la forma de las arcadas: se le pueden contar los huesos de la columna vertebral y no tiene carne en el garrotillo; su vulva es grande y fría. (...) ¡Dios nos libre de una mujer a la que ataña esta descripción!

PELAMBRE LANUDA, FRENTE salida, nariz gigante, panza como jícara, vulva enorme y fría: Burton se revolcaba feliz de la vida en ese estilo ensañado. Diego Hurtado de Mendoza abandonó las generalidades de la mujer fea por las de la afrenta personal. Por ejemplo, en el soneto A una vieja que se tiene por hermosa: "Teneys, señora Aldonza, tres treynta años, / tres cabellos no mas, y un solo diente, / los pechos de zigarra propriamente, / en que ay telas de arañas y de araños". Y aunque en realidad 90 años (tres treynta) sí son un chingo, don Diego enfatiza: "En vuestras sayas, tocas, y otros paños / no ay tantas rugas como en vuestra frente"; y hasta oír a la Aldoncilla es una pena: "En cantar pareceys mosquito, o rana, / la zanca es de boñiga, o de finado, / la vista es de lechuza a la mañana". Esa pierna (zanca) de estiércol o de muerto es una grosería sin gracia alguna, pero la vista de lechuza a la mañana tiene un retintín muy sonoro. Para colmo, señora Aldonza, "oleys como a pescado remojado", que en la traducción inglesa de Adrienne Laskier se convierte en un divertidísimo: You smell like pickled herring: oleys como un arenque en escabeche...

LAS COSAS SE refinan y complican con el paso de los siglos. El gran jefe Wilde, por ejemplo, es interminablemente más sutil y más sabio. Cuando le presentaron a una señora francesa famosa por su fealdad, ésta quiso ponerlo contra la pared: "Acéptelo, maestro Wilde, soy la mujer más fea de París"; y él, que era invencible, contestó con el elogio más cruel de la historia: "Señora mía, es usted la mujer más fea del mundo". Luis Antonio de Villena, dandy como Wilde, propone en Niñas feas (1981) que los chavitos preciosos de sus fantasías y sus onanes se pasean con niñas "100 veces inferiores en belleza", porque "lo blanco brilla aún más junto a lo negro / (las pobrecitas os adoran -hermosos- por completo)".

QUE POCA. LA última vuelta de tuerca, la más desarmante declaración de fealdad (que yo sepa) es de Luis Alberto de Cuenca. El poema se llama El imbécil: "Era una criatura detestable / en el plano moral, un ser abyecto, / una abominación lovecraftiana. / No era tampoco guapa, ni atractiva, / ni graciosa, ni joven, ni simpática. / Era un montón perverso de basura. / Pero fuiste tan imbécil que por ella / dejaste a la que amabas y vendiste / tu alma en los bazares de la noche". Es decir, básicamente lo que hacemos todos, todo el tiempo.

II

MUCHO TIEMPO SE han detenido los hombres a ponderar las virtudes de las mujeres. Frentes blancas; ojos verdes, azules, cafés o negros; senos como dos templos paralelos o un par de pomelos recién nacidos en el jardín del sol; piernas que son columnas que sostienen un altar donde oramos. La explosión misógina, la de las feas y las putas, alcanza apenas a ser un barrito en el claro rostro de la literatura. Tal vez se lo debemos a la soledad, a la venganza, al último ardor inútil. Tal vez la respuesta esté en el final de un poema de Vicente Gallego, que podría rescribirse así: hay muchas heridas que inflige el amor, pero hay una que duele más porque llega a pesar de las promesas, del tiempo y de sus nudos, y es la última, y resume a las otras, y lo desmiente todo; a duras penas la tolera el orgullo: es la maldita certeza de que a ellas, cuando las cosas fallan, les resulta posible y odiosamente fácil vivir sin nosotros.

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