Usted está aquí: lunes 7 de agosto de 2006 Opinión Su nombre secreto

Hermann Bellinghausen

Su nombre secreto

Allá afuera, en el mundo de las ciudades, el poder está en los economistas y políticos, pero donde la gente es poca viven las selvas, el riesgo de los elementos y las bestias dan el poder a los ingenieros y los coroneles (excepcionalmente se despliega a un general en el confín). Así que entendimos que algo grave ocurría cuando los guías llegaron con la noticia de que en la aldea había gran lío porque llevaba días sin aparecer el ingeniero. Así le decían, sin apellido. Mientras el coronel se llamaba Cazaña, el cura don Joaquín, y el agente municipal era conocido universalmente como el pinche Robles. Los mayas sólo despreciaban a una persona, el agente. El desprecio suele ser un sentimiento extraño a ellos. Corrupto, racista y tonto como en una novela de Traven, Robles se lo había ganado a pulso.

-En la selva no se halla nadie sin el permiso de Zulema -me dijo enigmáticamente Elmer Tzib, tejedor de sillas de bejuco y liana, de hamacas y redes de pescar. Los suyos eran los dedos del pueblo.

Puse cara de "¿quién es Zulema?" pero no abrí la boca. Elmer no necesitó mirarme para saber, y con minuciosa deliberación se abstuvo de agregar más datos.

Velasco, el arqueólogo, se frotó unas quince veces el abundante mostacho, haciéndose a la idea de que habría que prestar los guías para buscar al ingeniero, si bien los propios aldeanos ya alistaban una partida. Carreón, el biólogo, se curó en salud. Mejor se quedaba, tenía notas que revisar y su última recolección botánica necesitaba registro antes de marchitarse.

Los soldados llegaron entonces. Acababan de enterarse y el coronel Cazaña quería saber. ¿Vendría?, averiguó Elmer, y el sargento dijo "depende". El campamento militar está a dos kilómetros, a orillas de Cenote Verde. Bien que se instalan tropas federales en los territorios indios, de inmediato se adueñan del sitio con mejor agua, aún si para eso hay que despojar a las comunidades. Carreón se había enfurecido al ver el campamento junto al cenote.

-Lo están acabando -dijo. Y sí, todo contaminado de grasa, plástico y desechos irreconocibles muy del gusto de los zopilotes.

La búsqueda del ingeniero duró una semana, y lo único que encontraron los indígenas fue su reloj anfibio y unas de sus botas. Con eso bastaba. No había caso. Pude adelantar lo que diría Elmer cuando regresáramos, pues él no participó en la expedición por esa clase de motivos que uno nunca entiende. De hecho, nadie más expresaría antes ni después la explicación del viejo tejedor maya en el bohío.

-Lo supuse. El ingeniero no tuvo permiso de Zulema. De por sí no respetaba. Se sentía fuerte por su técnica. La gente que viene de ninguna parte no llega lejos.

-¿Su técnica? -pregunté.

-Así decía.

Noté el pretérito en las palabras de Elmer, quien prosiguió:

-Sus aparatos, sus cálculos, el permiso del gobernador.

La selva es baja. La tierra plana. Calcáreo el suelo. El calor huele ahí a chicle. El gobierno había detectado grandes yacimientos de petróleo, y con la llegada de los soldados, y luego del ingeniero, la gente temió por sí misma y por la selva. Era el principio del fin. El progreso.

Pero la selva mandaba una señal. Así lo entendieron Elmer Tzib y el consejo de ancianos, que se reunió a la llegada de los mayores de aldeas y ranchitos de la zona. Si Zulema (¿quién era Zulema?) oponía resistencia, los mayas harían lo propio. La aparición de una venada cola blanca en medio del poblado cuando más gente había fue otra señal. ¿De cuándo acá el tímido animal se acercaba a los humanos con indolencia de caballo domesticado? Ni siquiera Velasco, especialista en la historia antigua de Río Bec y la península oriental, descubridor de tres pirámides importantes, catedrático, supo decirme quién era Zulema. Elmer, gentil y dulce como era, acabó por impacientarse de mi insistencia y dijo de una vez por todas:

-Zulema tiene nombre antiguo pero nosotros lo pronunciamos una vez en la vida. Al transmitirlo a alguien más, a nuestro hijo mayor. Y él lo dirá por vez única a su hijo futuro. Así aprendemos a hablar con ella para preguntarle, pedirle permiso o pedirle perdón.

-¿Perdón?

-Si matamos faisán, o tumbamos caobo, o ganamos un zontle de selva para la milpa.

Zontle es una medida náhuatl, pero lo dijo con naturalidad. Y yo, necio:

-¿Algo así como la Xtabay?

-Como se ve que no entiendes -me dijo Elmer, amable como es pero demoledor y conclusivo. Y en sus ojos vi que su pensamiento me llamaba tonto.

Esa noche el coronel Cazaña y el pinche Robles se fueron a emborrachar a Xpujil. Estaban en serios problemas.

 
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