Usted está aquí: domingo 13 de agosto de 2006 Opinión La hora de la verdad: justicia electoral

Oscar González

La hora de la verdad: justicia electoral

En una situación crítica como la presente, lo que los ciudadanos pedimos, exigimos al Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) y a la Suprema Corte de Justicia de la Nación es que se conozca la realidad de las votaciones del pasado 2 de julio. Puede haber verdad sin justicia, pero no puede haber justicia sin verdad. Por ello, para conocer la verdad de la votación sólo puede acudirse a la única fuente donde está contenida: los paquetes y las boletas electorales. Del tamaño del recuento será la verdad histórica. A más votos contados, mayor certeza y mayor legitimidad. Y viceversa. Si sólo se cuenta 10 por ciento de los votos, sólo tendremos 10 por ciento de veracidad. Y es que hay algo más: sólo yendo a todos los paquetes electorales (que esta vez no deberán ser quemados) podremos saber si se observaron o se violaron las reglas para emitir, contar y recontar todos los votos. Hay antecedentes y evidencias de sobra para anular casillas, y en su caso para no validar la elección. Ello requiere, señores magistrados del TEPJF, no agachar la cabeza ni pensar ahora en las jubilaciones, sino levantar la mira y pensar en los intereses superiores de la patria.

En un país como el nuestro, donde ley y justicia han estado tan separadas, y en una coyuntura tan crucial, lo que los ciudadanos queremos es conocer toda la verdad. No habremos de conformarnos con verdades a medias. Sólo mediante la revisión completa, de voto por voto y casilla por casilla, podrán reintegrarse legalidad y legitimidad.

Desafortunadamente, hasta ahora los indicios de la justicia electoral distan de ser alentadores. Siguiendo los pasos del IFE, ciegos y sordos a un reclamo social amplísimo y generalizado, apegándose a la letra menor de leyes secundarias, no a la letra y al espíritu de la Constitución, los miembros del TEPJF parecen dispuestos a dejar pasar la oportunidad histórica de rescatar y restaurar, por una vez, la confianza del pueblo en la impartición de justicia y en el uso de vías pacíficas e institucionales para impulsar los cambios económicos y sociales en beneficio de las mayorías, que de manera tan flagrante traicionó Vicente Fox.

Los ciudadanos no nos vamos a dejar. Nuestra dignidad y nuestros derechos fundamentales están siendo pisoteados. Queremos verdadera justicia electoral. Ahora, no mañana. Queremos justicia, ya. Para conseguirla no sólo tenemos de nuestro lado la razón, sino también la fuerza necesaria para hacerla valer. ¿Cómo? Mediante la unidad, la organización y la solidaridad de una evidente mayoría electoral social y popular activa, que sigue dando muestras reiteradas y persistentes de estar dispuesta a alcanzar sus justos reclamos con acciones de resistencia civil pacífica. Resistencia de múltiples facetas (plantones, boicots, paros, huelgas, etcétera), que seguramente se irá extendiendo a los estados y regiones de todo el país. Los daños y perjuicios a bienes y servicios, nunca a personas, deberán ser mínimos, ineludibles y transitorios, sujetos a alguna forma de reparación o compensación. Queremos que los "terceros perjudicados" nos comprendan y apoyen, no que nos condenen. Los más altos intereses de todos, de nuestra patria, están de por medio.

Estamos, ciertamente, en un momento decisivo, crucial. La derecha de los poderes "fácticos" intentó por todos los medios, incluidos en primerísimo lugar los medios masivos, inocularnos sus miedos, y logró hacerlo en alguna medida con espots cargados de materia fecal. Pero esos temores que quisieron contagiarnos se multiplicaron sólo entre ellos, porque ven a las claras que los supuestos miedos en nosotros se han ido transformando en coraje y en acción decidida, no ya en rabia estéril o en mera impotencia.

Y es que, a pesar de todo, estamos viviendo una afortunada circunstancia: frente a los políticos gánsteres y los gánsteres empresarios, con todo y sus mapaches y sus secuaces impunes, una gran ola humana se mantiene firme, y en su momento seguirá creciendo bajo una bandera por demás significativa: "Aguanta Peje, el pueblo se levanta". Tenemos, ahora sí, mucho más que en 1968 y en 1988, liderazgo lúcido y "masa crítica". Se han ampliado y profundizado, con no pocos sufrimientos y sacrificios, una conciencia generalizada y un potencial de movilización y de participación ciudadana en todo el territorio nacional, como nunca antes. Tenemos una causa justa y una dirección política responsable y capaz. Las condiciones y los caminos para avanzar en la lucha social se están abriendo. Uno de ellos es el camino de los Gandhi (ver el magnífico libro, de indiscutible actualidad, Gandhi y la desobediencia civil. México hoy, de Pietro Ameglio, Plaza y Valdés, 2002), de los King, de los Mandela, cuyas experiencias han sido y seguirán siendo recreadas por el imaginario colectivo de los mexicanos.

En este sentido, las aportaciones de los zapatistas han alcanzado repercusión y reconocimiento mundiales. En la tarea de crear una nueva cultura donde ética y política sean indisolubles, no es casual que en el ejercicio de la "desobediencia civil" coincidan con dos ejes fundamentales del pensamiento y la acción gandhianos: la "fuerza de la verdad" (satyagraha) y "autonomía" o "autogobierno" (swaraj). Es por eso que, ante la creciente polarización de derechas e izquierdas, muchos pensamos que para transformar nuestro país en esta hora de la verdad, sin desconocer agravios y diferencias con el PRD -no necesariamente con AMLO-, los zapatistas tienen mucho que hacer al lado, no al margen, de las grandes mayorías populares en movimiento. Los objetivos son limitados, sí; cada quien debe preservar los propios, sin dejar por ello de aprender a dar y a ganar batallas comunes. Lo mismo podemos decir de los cardenistas: es tiempo de dar la cara a distancias injustificables o a errores; es tiempo de volver a reunirse para dar las nuevas batallas que ya se anuncian con, por y para la gente. En esta hora de la verdad lo que hace falta es ir a las bases populares, más que a las dirigencias. Pero éstas, todas y en todos los matices, tienen una responsabilidad ineludible: unificarse, organizarse, solidarizarse. Es hora de definiciones. Va por México.

 
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