Usted está aquí: domingo 13 de agosto de 2006 Opinión EJE CENTRAL

EJE CENTRAL

Cristina Pacheco

El perro de Erick

Pregunto por sus nombres. A la velocidad con que intercambian sus silbidos de alerta, los jóvenes cruzan miradas, sonrisas que apenas alteran la expresión de los rostros. En ese conciliábulo privado están decidiendo si deben responderme y si en el momento de hacerlo dirían la verdad.

El muchacho acuclillado contra la pared juega con su escapulario de la Santa Muerte. Me sonríe, saca la lengua adornada con una esfera metálica y enseguida la retrae con rapidez viperina. Escucho a mis espaldas las risas de sus compañeros. Los satisface verme sorprendida, sitiada en sus terrenos: la casa interminable de dos pisos donde se refugian cuando deciden huir de la calle, hacerse el propósito o las ilusiones de que no volverán a deambular sin rumbo, a dormir en alcantarillas, quicios y terminales, a entrarle al pomo, la yerba, las tachas, la mona, la piedra, el polvo... lo que sea, con tal de mitigar el hambre y el frío, los recuerdos.

El muchacho de la lengua torturada responde: "Me llamo Erick". Los rumores y las risas prueban lo que sospecho: miente. "¿Tu padre se llamaba así?" Parpadea y sacude la cabeza: "No. Mi perro. Me pasaba un resto". Silencio total, agobiante. Lo rompo con un comentario estúpido, el único que se me ocurre. "Erick es un nombre muy bonito".

El muchacho se rasca las axilas y tuerce los labios: "Es mejor que Alfonso. En la casa mi jefa me decía Poncho". Su compañero murmura: "Poncho a tu madre", y da un salto para esquivar el puñetazo que Erick le dispara con una velocidad sorprendente: "Cállate, Ulises, si no quieres que te rompa la jeta". Ulises se estremece: "Mira cómo tiemblo que hasta parezco gelatina".

Vuelvo a oír las risas violentas, desarticuladas, histéricas. Una adolescente con el pelo bicolor y boina miliciana se acerca y me habla al oído: "Pregúntele qué sucedió con su perro". Me vuelvo al resto de los jóvenes y los consulto con la mirada. Sonríen en silencio, levantan los hombros, gesticulan.

Me intriga la historia del perro y le pregunto a Erick qué sucedió con el animal. No me responde; mira rencoroso a la joven de pelo bicolor y después le sonríe: "Pinche Márgara: ¿a poco yo me meto con tus cosas?" Margarita lo ignora pero se pone en guardia, lista para repeler una agresión más fuerte.

Las tensiones se diluyen cuando aparece un muchacho con abrigo largo, lleno de estoperoles y cadenas que cuelgan desde las charreteras hasta los bolsillos. Lo saludan al mismo tiempo: "¡Guajiro!" "¿A poco no parece general?", me pregunta Ulises. "Si vas a chingar me voy", advierte el recién llegado y da media vuelta rumbo al pasillo.

Margarita se acomoda la boina, ordena los mechones que cubren las cicatrices en su mejilla y golpea la banca a su lado: "Ya, Guajiro, no la hagas de tos y siéntate para que oigas al Erick: iba a contarnos la historia de su perro".

"¡Otra vez!", exclama El Guajiro y se acomoda cerca de Margarita. Oigo aplausos, trompetillas y silbidos que reprodu-cen deformados compases de la Marcha Nupcial. El menor del grupo me grita desde el escritorio donde está sentado: "Seño: esos andan juntos". El Guajiro protesta: "¡Mono hablador! En vez de inventar habías de pararle al tíner, porque cada día estás más loco".

El niño salta del escritorio y reta a su agresor: "¿Y tú por qué me das órdenes? Ni que fueras mi padre". El Guajiro, consciente de ser dueño de la situación, desencadena un coro acompañado de palmas: "¡Quiere llorar, quiere llorar!" Ulises protesta contra la burla: "¡Ya déjenlo!", y le hace una señal al Mono. "Vente, vámonos". Alguien exclama: "¡Putos!"

El coro se fortalece. Empujándose, tropezando con las sillas, los otros integrantes del grupo abandonan el salón y se acodan en el barandal para ver a Ulises y al Mono bajar las escaleras a saltos. Escucho de nuevo la voz anónima: "Van purgados", y luego el coro: "Uleros, uleros..." El golpe de la reja principal resuena como un estallido al que siguen unos segundo de silencio.

El Guajiro es el primero en volver al salón. Lo siguen Margarita y después el resto de niños y jóvenes albergados en la Casa de Asistencia Social. Como si un director de escena les diera indicaciones, ocupan sus mismos lugares. Hay dos sillas vacías, sin embargo, Erick vuelve a acuclillarse contra la pared marcada con iniciales, grafiti, sílabas que pertenecen a una extraña escritura: alguien me dice que marcan el camino de la droga.

Nadie habla. No sé cómo interpretar el silencio, pero me siento excluida también de él. El Guajiro echa la cabeza hacia atrás y estira las piernas enfundadas hasta las rodillas en botas militares. Margarita le rasca la cabeza: "¿A poco ya te vas a cuajar?" El ronronea: "Nel: estoy pensando". "¡Milagro!", comenta Margarita con ternura mal disimulada, y agrega: "¿En qué?"

El Guajiro entrechoca las puntas de sus botas: "En el Mono. Anda peor de perdido que nosotros y nomás tiene 11 años. A lo mejor hasta es más chico, pero como muñequea bien duro se ve grande. Ojalá y no acabe como su hermano: lo machucó el tren, allá por Cuitláhuac: parecía una bola de sangre tiesa. Jalamos los pedazos hasta la banqueta y allí se quedó".

"Como mi perro", dice Erick. "¿La neta que sí?", pregunta una niña de vientre abultado por el embarazo. Margarita se impacienta con ella: "Ay, qué mensa eres, Rocío: nos lo ha contado mil veces". "Pero a mí no, tengo bien poquito de venir". El Guajiro abre un ojo y cambia de posición: "Chío, dile a la Márgara que si vuelve a molestarte no vas a regalarle a tu niño".

Me sorprende la naturalidad y la indiferencia del Guajiro. A Rocío, en cambio, no parece inquietarla. "¿Cuándo nacerá tu bebé?" Me mira somnolienta: "No sé". Se oye de nuevo la voz anónima: "Ni siquiera sabe quién se la tronó". Me dirijo a Margarita: "¿En serio, le pediste a su hijo?" "Ella no lo quiere. Y de que vaya a tirarlo por allí a que me lo regale, pues mejor que me lo entregue, así tendrá compañía". Procuro inventarle un futuro: "¿Y cuando te cases y tengas tus hijos...?"

Margarita se revuelve como si le hubieran caído gotas de ácido y hace cuernos con las dos manos: "¡Guácala! No pienso casarme ni tener hijos. Si por mi fuera yo tampoco hubiera nacido". Greta, sentada a mis espaldas, me toca el hombro para que me vuelva a mirarla: "Márgara no puede ser mamá: su padrastro le metió un fierro..." Margarita se escandaliza: "¿Qué te pasa, loca? No inventes: sólo me pegó y bien fuerte. Todavía tengo las cicatrices". Se baja la pretina de la minifalda estrechísima pero no me atrevo a mirar. Mi actitud la hace reír: "No se apure, ya nomás me duele cuando me acuerdo. Estuvo bien grueso. me salí de mi casa sangrando..."

Erick la interrumpe: "Como mi perro, pero a ti nadie fue a buscarte. Yo me jalé con él, sin importarme lo que decía mi jefa: Poncho: si no vuelves ahorita mismo, ya no regreses, porque ni creas que te voy a recibir. ¡Huevón, mantenido igual que tu padre! No sé cómo se le ocurrió que yo tenía ganas de volver junto a ella para que siguiera madreándome".

"Se siente bien feo y más que nadie lo defienda a uno", comenta Rocío". Erick se aviva: "Eso a ti; a mí siempre me defendió mi perro. Me cái que ladraba como un diablo cada que mi jefa me surtía. La última vez, al oírlo, ella se volvió loca: amarró al Erick con el mecate del tendedero y se puso a chingarlo con un picahielo. Me fui a la cocina por un cuchillo y la amenacé con matarla. ¡Qué broncón! Mi pinche madre salió a la puerta y se puso a dar de gritos: Ayúdenme, socorro, mi hijo quiere matarme. ¡Mi hijo! Si nunca me decía así, nomás Poncho huevón, Poncho bueno para nada".

La voz anónima le exige continuar: "Ya no le hagas tanto al cuento y dinos de una vez qué hiciste". Veo la expresión satisfecha de Erick: "Corté el mecate, agarré al perro y me escapé a la carrera, sin fijarme en las advertencias de mi jefa: Si no vuelves ahorita mismo..."

"¿Y hasta dónde llegaste o qué?", pregunta Rocío con la curiosidad de una niña. Erick resuella: "Ni sé. Nomás anduve así, de un lado para otro, cargando a mi perro". "¿Lo curaste?" "Le froté orines. Yo me los ponía para cerrar los verdugones que me dejaba mi puta madre. Pensé que al perro iban a hacerle bien, pero no... Casi luego luego se murió bien gacho: primero le entró un telele y después se quedó tieso, con las patas para arriba". "¿Y qué hiciste con él?" "Lo dejé allí y fui a sentarme a la banqueta de enfrente, hasta que llegaron los de la basura y lo echaron encima de los desperdicios que llevaban en el camión. Yo me quedé quieto hasta que ya no vi sus patas".

La voz de Erick tiembla. El Guajiro se incorpora en su silla: "¿Pa' qué sufres? Consíguete otro perro. En las calles hay un chingo". Erick se echa hacia atrás y juega a darse golpecitos en la cabeza contra la pared: "Sí, pero ninguno sería como él. Caray: nomás con que le dijera su nombre ¡saltaba de gusto!"

Margarita me guiña un ojo y truena los dedos: "Erick, perrito, ven, ven..." Su compañero entra en el juego: se pone en cuatro patas, salta, se tira de espaldas, levanta los brazos y las piernas y ríe.

Siempre recordaré la risa de Erick como el llanto más triste.

 
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