Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 13 de agosto de 2006 Num: 597


Portada
Presentación
Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA
Del deber de la desobediencia civil
HENRY DAVID THOREAU
Lo que el viento a Juárez
Mentiras transparentes
FELIPE GARRIDO

Columnas:
A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Mujeres Insumisas
ANGÉLICA ABELLEYRA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Teatro
NOÉ MORALES MUÑOZ

Una jornada
LUIS TOVAR

Poesía
Reseña de Ricardo Venegas sobre Por las tierras reunidas


Directorio
Núm. anteriores
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ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR
a lapiz@hotmail.com

DESNUDAR A LA PATRIA (II DE III)

La segunda imagen de la patria la aprecié durante un viaje a Mérida en 1991. Caminando a un costado del teatro Peón Contreras, durante una calurosa expedición en la que deseaba arribar a la Plaza de Santa Cecilia y al Rincón Bohemio, apareció frente a mí, refulgente y blanca, bella como una aparición antigua, la versión yucateca de la madre veracruzana: más recatada y casta, si cabe, pues no se mostraba con tanta procacidad, pero no menos opulenta: si la madre xalapeña puede alimentar a padre e hijo, la meridense no vacila en confundir la noción de cenote con la de senote: la madre yucateca es menos provocativa que la veracruzana, pero sus aspiraciones son menos privadas, ya que muestra recursos para alimentar a quien se deje. Más adelante, durante el recorrido por la Ruta de los Conventos y la Ruta Puuc, me topé en cada pueblo (de Izamal a Loltún) con ese acierto platónico corroborado en las diversas imágenes –pálidas, maltrechas y mal hechas– que recordaban al arquetipo visto en Mérida. Lo único que no varió en ninguno de los casos fue la dimensión mamaria de la representación.

¿Por qué menciono cosas que no parecen tener que ver con la patria? Porque todo adquirió sentido un día que salí del Palacio de Minería, después de dar clases de literatura (debo aclarar que la convergencia ocurrida entre Minería, el art nouveau del munal, El Caballito y el Edificio de Correos, especialmente si es vista en dirección oriente-poniente, bajo la lluvia y en buena compañía, me parece parte de un rincón de Viena: al fondo se perciben un costado del Palacio de Bellas Artes y la fronda súbita de la Alameda; el caso es que esa visión nunca dejó de hacerme pensar en la Michaelerplatz y el Hofburgtheater, de apariencia tan semejante a la plaza capitalina que comento desde la época en que Mozart estrenó Don Giovanni). En la esquina oriental, bajo una atmósfera que, vaya uno a saber por qué, me parece Madrid, París o Viena pero no Ciudad de México, hay un puesto de periódicos sobre la calle de Tacuba y en él me topé con esa colección de calendarios ilustrados con óleos de Helguera, abundantes en figuras autóctonas: Nobleza indígena, Joven maya, Matrimonio náhuatl, La leyenda de los volcanes: hombres casi griegos y mujeres morenas, todas chichis, caderas y volúmenes impúdicos en actitudes sugestivas. Durante esa ojeada distraída a los artículos del puesto de periódicos, confluyeron Delacroix, Xalapa y Mérida, la patria y las madres monumentales, las imágenes de la raza volcadas en mujeres lánguidas y nahuatlacamente fatales bajo la concepción de un dibujo muy de los cuarenta y cincuenta. En ese momento me dije: "esto es, casi, la patria". Y me di cuenta de que había acentuado el artículo femenino.

Podría sugerir que mi conciencia de la patria ocurrió en ese momento para llenar de significación cuanto pertenece al desorden de la memoria, pero mentiría: al hacer un recuento de mis primeras memorias de alguna idea de "patria", tuve que admitirlo: los libros de texto gratuitos de la primaria. Recuerdo que los de primer y segundo año tenían monitos para hacer más accesible el conocimiento a los niños, mientras los dibujos de los de tercero a sexto se iban volviendo cada vez más figurativos. Por ahí, perdido entre esas páginas de historia, estaba Benito Juárez, niño, tocando la flauta frente al lago de Guelatao: el pastorcito, casi Rey David y futuro presidente de la República, asestaba su futuro frente a los ojos sorprendidos de los lectores niños. Sin embargo, la imagen más luminosa de esos libros era la de la Patria representada en sus portadas gracias al pincel de Jorge González Camarena.

En algunas escuelas, las monjas y los curas obligaban a los alumnos a rellenar con pluma o lápiz el amplio escote de la Patria Mexicana. Eso equivalió a una muda caricia hecha de tinta y a la conciencia previa, en la infancia, de la sexualidad de esa mujer tan cercana –por lo que dejaba adivinar y transgredía– a la Diana Cazadora: durante el sexenio de Ávila Camacho, la escultura tuvo que padecer unos calzoncillos metálicos sostenidos con tres puntos de soldadura sobre el pubis.

Ésa era la patria y su presencia coincidió con mis premuras libidinales y los primeros descubrimientos de que, ¡oh, sorpresa!, la mujer es distinta: la otredad se materializaba en formas tan carnales e inminencias de botella de Coca Cola como Zulma Faiad, Emily Kranz o Fanny Cano: las profetisas del bikini que inscribían su mensaje revelado en revistas y periódicos sesenteros.