Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 10 de septiembre de 2006 Num: 601


Portada
Presentación
Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA
El malpensante
GESUALDO BUFALINO
Poesía joven de Perú
RICARDO VENEGAS
(selección)
Dos relatos
La Sinfonía del deshielo, un grito de libertad
NORMA ÁVILA JIMÉNEZ
Los dos rostros de Shostakovich
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR
Pickpocket ataca de nuevo
ROBERTO GARZA ITURBIDE
Entrevista con MARTÍN LASALLE
180 años de caricatura
AGUSTÍN SÁNCHEZ GONZÁLEZ
Albricias
Mentiras transparentes
FELIPE GARRIDO

Columnas:
A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Mujeres Insumisas
ANGÉLICA ABELLEYRA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Señales en el camino
MARCO ANTONIO CAMPOS

Teatro
NOÉ MORALES MUÑOZ


Directorio
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HUGO GUTIÉRREZ VEGA

UNAMUNO E IBEROAMÉRICA (IV DE XI)

"Una noche, una noche,/ una noche toda llena de perfumes, de murmullos y de música de alas,/ una noche en que ardían en la sombra nupcial y húmeda las luciérnagas fantásticas." Así empieza el "Nocturno", de José Asunción Silva, obra inaugural de una nueva poética que encontró la música, el significado profundo y la angustia de la separación de los amantes en una repetición que no es el recurso para producir un efecto dramático, sino un hallazgo de la forma capaz de expresar las tormentas interiores, lo irremediable del destino y lo inútil de nuestra protesta. Otro poeta iberoamericano, en un poema de culpas, gozos y separaciones, coincide en el uso de la repetición para acentuar el enunciado del drama interno. Me refiero a Manuel José Othón y a su "Idilio salvaje": "bajo un cielo de plomo el sol ya muerto/ y en nuestros desolados corazones,/ el desierto, el desierto y el desierto..."

Unamuno, en su ensayo sobre Silva, reflexiona sobre los escritores suicidas (Silva se suicidó en Bogotá el 24 de mayo de 1896, y en torno a su resolución se forjaron historias de los más distintos colores, sabores y tonos, que iban desde la enfermedad del siglo, el tedio originado en el clásico tedium vitae, el spleen de la melancólica y pérfida Albión, y el hastío baudelaireano, hasta el complicado incesto y la visita al médico para que le señalara con absoluta precisión el lugar en el que latía la víscera que al callarse nos suspende todo lo demás, menos el silencio.) Habla de Larra en España, de Nerval en Francia y de Antero de Quental en Portugal (a este último, como a la literatura portuguesa en general, don Miguel dedicó una atención preferente), y usa el concepto de la "congoja metafísica" concebida como el tormento que aqueja a los poetas del amor y de la muerte. Para ilustrar esta enfermedad del espíritu, nos recuerda unos versos de Leopardi: "fratelli a un tempo stesso Amore e Morte ingeneró la sorte", ("hermanos a un mismo tiempo amor y muerte los engendró la fortuna"). El gran lírico y filósofo de Recanatti había sufrido los golpes del destino (o de Dios, "tan fuertes... yo no sé", diría Vallejo) implacable, y sólo en la poesía había encontrado, si no una salida, sí una rendija para ver la luz de la vida.

Unamuno encuentra en la poesía y en la muerte de Silva una buena cantidad de elementos infantiles. Los primeros años eran para el poeta un paraíso perdido, un reino de beatitud y, como dice Lampedusa, de "perenne certezza". "El mundo rompió brutalmente el sueño poético de la infancia", afirma don Miguel y, salvo la poesía, la vida se quedó sin asideros, sin una razón válida para seguir en ella. No sabía combatir y su alma era demasiado frágil. Por eso prefirió la muerte a la vida, rompiendo así no sólo el orden de la naturaleza, sino derrotando las pulsiones poderosísimas del instinto de conservación. Esta es la extrema tensión del suicidio concebido como una opción libremente asumida, como un dramáticamente puro acto de libertad. Y todos estos sentimientos eran bien conocidos por Unamuno y su maestro Kierkegaard. Por eso nota en Silva las ansiosas lecturas de Taine y Schopenhauer.

Unamuno analiza el poema de Silva, "El mal del siglo" y encuentra en él a Werther y a Manfredo "con su cansancio de todo y su absoluto desprecio por lo humano". Sin embargo, encuentra una diferencia, tal vez aportada por el espíritu latinoamericano, y que radica en una cierta ingenuidad, en una manera, a la vez infantil y decadente, de enfrentar el desaliento, "al malestar profundo que se aumenta con todas las torturas del análisis". Sobre estas diferencias, Unamuno elabora una teoría digna de estudio en la cual describe a Silva en su encantada Colombia, lleno de "un amor a la vida que debió de padecer sobresaltos". Esta ansiedad, según don Miguel, nacía del "sosiego propio de los climas benévolos y de la influencia de las brisas heladas que desde Europa le llegaban".

(Continuara)

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