Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 17 de septiembre de 2006 Num: 602


Portada
Presentación
Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA
Una biografía de Elena Garro
ELENA PONIATOWSKA
O Proust o nada
CARLOS ALFIERI
Entrevista a ALESSANDRO PIPERNO
Tras los párpados del sueño, Henry Roth: cien años
CARLOS PINEDA
Al vuelo
ROGELIO GUEDEA
Mentiras transparentes
FELIPE GARRIDO

Columnas:
Y Ahora Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

La Casa Sosegada
JAVIER SICILIA

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Artes Visuales
GERMAINE GÓMEZ HARO

Tetraedro
JORGE MOCH


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 


ANA GARCÍA BERGUA

CATÁSTROFES Y DERRUMBES

Cuán extraña es la elección de cada libro, qué raro el tiempo en el que uno decide leer por fin una novela largamente postergada. Uno nunca sabe, en realidad, si es el que escoge al libro, o es el libro el que lo elige a uno en un momento determinado, quizá para hacerlo sufrir, quizá para regalarle alguna extraña revelación, quizá solamente para sumergirlo en la más cruel confusión. Y qué contrapuntos originales forma el tiempo de las lecturas con los días que se viven en la realidad, cómo se le ocurre a uno llevar, por ejemplo, a acompañarlo unos días en una playa soleada, la famosa novela del joven tuberculoso que va a pasar unas semanas en un sanatorio de montaña, y cómo esas semanas se le convierten en meses conforme surge en su interior el esputo sangriento de la enfermedad, mientras que a uno aquellos pocos días se le transforman en minutos un poco azorados. Es curioso estar viviendo los escalofríos de Hans Castorp y su primo mezclados con el sonoro rugir de las olas al caer y el anuncio del paso de un huracán por la costa en que uno se encuentra. Y más curioso aún es leer sus meditaciones sobre el tiempo, sobre todo cuando uno levanta los ojos y observa a los comerciantes de aquella costa del Pacífico afanados en entablillar las puertas de sus comercios para detener el paso del mar rugiente y la lluvia ciega guiada por un ventarrón: "Se han difundido muchos conceptos erróneos sobre la naturaleza del fastidio. Se cree que la novedad y el carácter interesante de su contenido ‘hacen pasar’ el tiempo, es decir, lo abrevian cuando, en realidad, aunque la monotonía y el vacío alargan algunas veces el instante y la hora y los hacen ‘fastidiosos’, abrevian y aceleran, hasta reducirlos casi a la nada, las grandes y vastas cantidades de tiempo. Por el contrario, un contenido rico e interesante es, sin duda, capaz de abreviar una hora e incluso un día, pero considerado en conjunto, presta al curso del tiempo amplitud, peso y solidez de tal manera que los años ricos en acontecimientos pasan mucho más lentamente que los años pobres, vacíos y ligeros que el viento barre y que se van volando."

De modo que, piensa uno mientras chancletea con sus hijas por el malecón vacío de turistas, esperando la llegada de la catástrofe no por anunciada menos impresionante, esto que está pasando alarga el tiempo de nuestras vidas al llenarlo de objetos variados, como dice Thomas Mann, le da "peso y solidez". Más tarde, mientras Hans Castorp cuchichea con su vecina de mesa sobre los encantos de madam Chauchat y lucha contra la atracción que sobre él ejerce la rusa que, por cierto, le recuerda de manera más que inquietante la antigua atracción experimentada por un compañero de escuela a quien le pidió un lápiz, uno tiene a bien presenciar ante la televisión cómo se desmorona sin más ni más un ritual mexica antiguo al que se llamaba "el informe" y que siglos atrás provocaba ristras de elogios y notorios espectáculos de lambisconería monárquica.

"Lo que se llama fastidio es, pues, en realidad, una representación enfermiza de la brevedad del tiempo provocada por la monotonía", sigue diciendo el libro, que en ese momento reposa apaciblemente en una mesita como de Lewis Carroll y uno no sabe si al leerlo su tiempo encogerá o aumentará de tamaño. "Los grandes espacios de tiempo, cuando su curso es de una monotonía ininterrumpida, llegan a encogerse en una medida que espanta mortalmente al corazón. Cuando los días son semejantes entre sí, no constituyen más que un solo día, y con una uniformidad perfecta, la vida más larga sería experimentada como muy breve y habría pasado en un momento. La costumbre es una somnolencia o al menos un debilitamiento de la conciencia del tiempo, y cuando los años de la niñez son vividos lentamente y luego la vida se desarrolla cada vez más deprisa y se precipita, eso también es debido a la costumbre."

El huracán pasa al lado de aquel puerto con cruel indiferencia, como dice la canción, y deja pasmados los costales de arena y los tablones: en suma, no le hace caso a la televisión, por lo menos ahí (en otros lugares, desgraciadamente sí). Así, mientras uno camina bajo una lluvia bastante parecida a un regaderazo y piensa que los días han transcurrido muy rápido, aunque viendo la cosa con cierta filosofía se podría concebir que en realidad han sido largos, se da cuenta de que tendemos a vivir en una especie de épica azuzada por la fantasía de que estarse enterando de todo es vivirlo todo. Y se podría suponer que eso añade al curso del tiempo amplitud, peso y solidez, si bien a nadie le vendría mal, de cuando en cuando, un poco de fastidio.