Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 17 de septiembre de 2006 Num: 602


Portada
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Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA
Una biografía de Elena Garro
ELENA PONIATOWSKA
O Proust o nada
CARLOS ALFIERI
Entrevista a ALESSANDRO PIPERNO
Tras los párpados del sueño, Henry Roth: cien años
CARLOS PINEDA
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HUGO GUTIÉRREZ VEGA

UNAMUNO E IBEROAMÉRICA (V DE XI)

Por último, Unamuno afirma que la vida del poeta acabó en el naufragio del vapor L'Amérique frente a las costas colombianas. Ahí se perdió la mayor parte de la obra de Silva. Lo que de él conservamos son los restos –maravillosos, por cierto– del naufragio de su obra y de su vida.

El ensayo unamuniano termina con una declaración de hermandad y de cristiana compasión: "¡Pobre Silva!" Sí, pobre el poeta suicida y ricos nosotros con el "Nocturno" que nos dejó como siempre renovada herencia.

Comentando el ya casi olvidado libro de De la Riva Agüero sobre la literatura del Perú independiente, Unamuno elabora teorías provocadoras y sugerentes sobre la literatura –y la cultura en general– de los pueblos de Hispanoamérica. Para empezar afirma que la idea de lo español en América no proviene de lo medieval, sino de lo español de los siglos XVI y XVII (se refiere a toda la visión cultural y, de manera muy especial, a la lengua): "El español es para no pocos eruditos y críticos, el castellano de tiempos de Felipe II o Felipe IV. Buen cuidado tuvieron los gobernantes de la metrópoli de impedir el conocimiento de otras castas no castellanas de la península", dice don Miguel, y en parte tiene razón, pues los catalanes pudieron establecerse en América hasta que se consolidó el régimen ilustrado de Carlos III. Unamuno, sin llegar a caricaturizar hasta ese extremo, parece insinuar que hubo en los tiempos coloniales un ideal racial y cultural parecido a lo que los anglosajones en Estados Unidos llamaron wasp (blancos, anglosajones, protestantes). En el caso español sería: castellano, católico y sin sangre judía o mora. En todas partes se cuecen habas, y el demonio del racismo mete cola, pezuñas y cuernos en todas la latitudes, aunque hay que reconocer que la colonización española fue, por muchos conceptos, menos cruel y, sobre todo, menos despectiva, que la de los otros europeos (uso el "menos" no para quedar bien con los peninsulares, sino para establecer esos matices tan útiles en las cuestiones históricas). Unamuno habla de ese racismo y, para describirlo, construye una de sus frases lapidarias capaces de provocar adhesiones entusiastas o desacuerdos fulminantes: "Tal vez el oro de aquella Edad de Oro no era nativo ni puro; tal vez nos fijamos más en el cuño que en el oro mismo."

Nuestro autor coincide y discrepa con algunas de las afirmaciones de De la Riva, a mi entender bastante madrepatristas o precursoras de las oleadas de prejuicios y cursilerías imperiales de las "juventudes de ofensiva" o de la "sección femenina" con todas sus montañas nevadas y banderas al viento. Digo todo esto por el grueso vejamen de lo criollo y el uso de la palabra "degeneración" para describir a los hispanoamericanos, que De la Riva prodiga en la parte central de su estudio. A Unamuno le interesan algunos aspectos de la pintura del criollo que aparecen en la obra del peruano, sobre todo la idea de que en los españoles de ultramar se reproducen "afinados y debilitados" los rasgos del español peninsular. Observa, sin comprometerse demasiado (cosa rara en don Miguel, que jamás tuvo pelos en la lengua), los saltos en la cuerda floja que da el antropólogo instantáneo para calificar de inferiores a las razas indígenas y negra, así como sus disquisiciones eurocentristas sobre "la molicie y la blandura" de los naturales de los climas templados y las selvas generosas. Gran entusiasmo sentía Unamuno por el inteligentísimo y arbitrario Sarmiento, a quien consideraba el más grande enemigo y el más encarnizado defensor de la herencia española en América. Para referirse al propulsor del proyecto de desespañolizar a América, cita un verso de Bartrina: "Y si habla mal de España, es español." De esta paradójica manera (ya sabemos que Unamuno amaba las paradojas y las utilizaba para reforzar argumentos y, sobre todo, introducir matices en las discusiones), exalta el carácter comunitario de nuestros dicterios, pues tanto los españoles como las hispanoamericanos criticábamos a España con idénticos ardor y disgusto. Hay en todo esto algo fraternal (con todas las luces y las sombras de esa relación), los pleitos de familia de los que hablaba al principio.

Continuará

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