Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 24 de septiembre de 2006 Num: 603


Portada
Presentación
Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA
Carlos Correas: escándalo, polémica y olvido
ALEJANDRO MICHELENA
Vlady: paradigma del artista
ROBERTO RÉBORA
La línea y el cuerpo
DAVID HUERTA
La sensualidad y la materia
MERCEDES ITURBE
Vlady: utopías y destierros
JAVIER WIMER
Fernando Pessoa, el idioma y otras ficciones
ALFREDO FRESSIA
Lo que el viento a Juárez
Mentiras transparentes
FELIPE GARRIDO

Columnas:
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Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Mujeres Insumisas
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Cinexcusas
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Teatro
NOÉ MORALES MUÑOZ

Jornada de Poesía
JUAN DOMINGO ARGÜELLES

(h)ojeadas:
Reseña de Gabriela Valenzuela Navarrete sobre Habitar a otro

Cuento
Reseña de Leo Mendoza sobre Relatos de la condición humana


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HABITAR A OTRO

GABRIELA VALENZUELA NAVARRETE

Alegría Martínez,
Así es el teatro,
Conaculta,
México, 2005.

Así es el teatro es un libro diferente. De todos los géneros literarios, quizá el teatro sea el único que incorpora todos nuestros sentidos. El día que asistimos a una función, tenemos que estar ahí, abstraernos de nuestro cotidiano devenir y romper nuestra rutina para estar dispuestos a entrar en las vidas de otros personajes, penetrar en sus problemáticas y seguir con ellos hasta las últimas consecuencias de sus actos, "dejar de ser por dos horas para habitar a otro", dice la autora de este libro, "asumir que presenciar de cerca la materia de lo humano es mucho más que un espectáculo".

El teatro no es como la novela o el cuento, que nos permiten abrir los libros y entrar al mundo que los escritores recrean sin importar si estamos cómodamente sentados en un mullido sillón, o si nos va arrullando el monótono vaivén de un vagón del metro. Más aún, el teatro tiene dificultades intrínsecas que intentan superarse cada vez que se da la tercera llamada y se abre el telón: para hacer llegar el mensaje original, el dramaturgo debe lograr que se conjunten las varias interpretaciones que se necesitan: la del director que lee la obra y decide llevarla a escena, la de los actores y la del espectador; es pues, una relación terciada muchas veces antes de llegar a ese receptor final que el escritor pensó sentado en una sala de teatro.

Sin embargo, lo que Alegría Martínez nos presenta en su libro parece un desafío claro a todas estas complicaciones íntimas del teatro, que van más allá de un lugar de lectura apropiado y necesario. Treinta y cinco nombres de dramaturgos, directores o actores así lo prueban, en 169 artículos aparecidos en distintos suplementos culturales de 1992 a 2004, cada uno muestra y es prueba de que para el arte escénico no hay verdaderos imposibles.

Ya en el siglo xix, Georges Polti había definido las treinta y seis situaciones dramáticas sobre las que se construyen todas las obras de teatro y, puestas así, parecería extremadamente simple y reducido el material para escribir una pieza. No obstante, el trabajo de Alegría rompe con esa aparente llaneza al mostrar cómo los dramaturgos dejan ver que la vida humana no es tan simple. Por ejemplo, el director Martín Acosta tiene, en las críticas aquí recopiladas, montajes tan clásicos como Fausto o Don Juan Tenorio, hasta otros mucho menos tradicionales, como Interiores, de Woody Allen, o Animales insólitos, de Humberto Leyva, y en todos ellos coincide un tema común: la incapacidad humana de relacionarse, comprometerse y amar al otro. O Hugo Argüelles, que se caracterizaba por incluir en los títulos de sus obras a algún animal cuyo comportamiento particular simboliza un vicio del espíritu humano: El cerco de la cabra dorada es, por ejemplo, y como lo dice la propia Alegría Martínez en su crítica, una analogía entre una especie cuya hembra es más fuerte que su macho y la típica mujer obsesionada con la falsa pose social que maneja la vida de su marido a su antojo, personaje que todos conocemos de primera mano.

En el teatro, la edad y el género no importan. Si bien antes los papeles femeninos los hacían hombres jóvenes, hoy las mujeres escriben con una óptica que desafía a la masculina en cuanto a que, por naturaleza, una mujer suele ver con distintos ojos ciertas situaciones. Los análisis que aquí se hacen de Sabina Berman y Elena Guiochíns son modelos de una experiencia vital de la que no son ajenos ni los personajes famosos consagrados por la idiosincrasia popular, como es el caso de Pancho Villa o de Sigmund Freud en las obras de Berman: ambos hombres se encuentran, en distintas circunstancias aunque no en muy distintas épocas, ante mujeres que desafían las tradiciones impuestas a su sexo desde hace generaciones, cuestionando el hecho de que la diferencia en los genitales sea la que dé la capacidad de actuar y modificar el entorno.

Ésa es otra lectura que permite Así es el teatro: la de trazar líneas horizontales a través de las 169 puestas en escena para analizar los matices que los autores dan a sus temas, todos ellos variaciones de las mismas preocupaciones ancestrales mostradas desde los tiempos de Eurípides, pero que se renuevan y a su vez renuevan al género teatral. Si en el teatro clásico se podía representar toda una ciudad en un mismo plató, ahora los escenarios pueden reducirse a espacios que parecería imposible que pudieran albergar conflictos que tardan dos horas en resolverse, pues el teatro que presenta este libro es más un juego en el que el espectador entra voluntariamente, a sabiendas de que su vida cambiará después de una simple visita a una sala de una casa de clase media cuyo tesoro es un hermoso candelabro de cristal; a una cocina sesentera ante cuya mesa se sienta un grupo de amigos que en el fondo no lo son, o a un baño de mujeres, donde los personajes vomitan los rencores de sus prototipos contra la sociedad que los ha hecho así.

El teatro es un juego determinado por su espacio y su tiempo, repetido cuando es exitoso, pero donde una noche no es igual a otra. El que asiste al teatro en estos días, demuestra Alegría Martínez, debe estar dispuesto a entrar a una dimensión distinta, donde los papeles se han cambiado y los animadores ya no tienen un letrero de "Aplausos" que levantan cuando es necesario. Hoy, en el teatro, ya nada es lo que antes era, ni siquiera si se representa una tragedia griega: el libreto no es fijo, ni el escenario está necesariamente al frente y en lo alto, ni el espectador es un ente que permanece inmóvil durante la obra. Hoy más que nunca, el teatro exige una reacción por parte de quien asiste a verlo, aunque el camino del mensaje original hacia su receptor final esté lleno de rodeos forzosos. Por eso, para Martínez, ver teatro "es tomar la ruta hacia el significado de los silencios, de las imágenes indelebles", es saber que, después de la obra, habrá en nuestra vida un antes y un después.