Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 1 de octubre de 2006 Num: 604


Portada
Presentación
Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA
Una visita a Breendonk
MARCO ANTONIO CAMPOS
Fastos de Ulan Bator
LEANDRO ARELLANO
El largo aliento de Raymond Chandler
ADRIÁN MEDINA LIBERTY
Calles mezquinas . . .
BRADBURN YOUNG
El bueno, el feo y el malo
JUAN TOVAR
El Nobel y la prueba del siete
RICARDO BADA
Al vuelo
ROGELIO GUEDEA
Mentiras transparentes
FELIPE GARRIDO

Columnas:
Y Ahora Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

La Casa Sosegada
JAVIER SICILIA

La Jornada Virtual
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Reseña de Jorge Alberto Gudiño Hernández sobre Colección de monstruos pretéritos


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PALABRA DE DIOS (II Y ÚLTIMA)


Carlos Bolado, izq., Alice Braga y Diego Luna Foto: Arturo Campos Zedillo/archivo La Jornada

El cine en general, y el que se hace en México de manera particular, ha refrendado muchas veces aquella máxima según la cual no sólo es deseable sino que es absolutamente factible hacer de la carencia una virtud. Desde luego, se alude aquí a la carencia en el sentido pecuniario, a partir de la cual se ha filmado una buena cantidad de películas dignas de encomio.

La filmografía mexicana reciente también ha dado muestras de lo que sería la tendencia opuesta, es decir, de lo poco dignos de encomio que pueden resultar ciertos filmes en cuya producción la escasez monetaria no ha sido ni la primera ni la más grande de las preocupaciones. Todavía fresco en la memoria está el recuerdo de aquella época lopezportillista de falsas vacas gordas, durante la cual se pusieron muchos huevos en muy pocas canastas con el propósito virtualmente confeso de apantallar al mundo demostrando que en México también era posible la realización de grandes producciones. Los resultados de tal faraonismo hablaron por sí solos, y aquellas películas quedaron en el imaginario colectivo como el desafortunado producto de combinar mucho dinero con poco talento.

LA SEDA DE LA MONA

Al cine mexicano le pasa con frecuencia lo mismo que a esos boxeadores –y ahora también futbolistas-- de humilde cuna y enciclopédica ignorancia (José Agustín dixit), cuyo ascenso al campeonato mundial o su ingreso a un equipo pudiente los instala de golpe y porrazo en automóviles lujosos y los cubre de collares, anillos, pulseras y demás objetos hechos de oro y piedras preciosas: son suyos, los obtuvieron con su esfuerzo, pero desde que los traen puestos es lo primero y casi lo único que uno aprecia en ellos cuando aparecen.

Como si el hecho de contar con suficientes recursos para la realización fílmica de ciertos guiones cancelara o pusiera entre paréntesis un talento demostrado en circunstancias más bien precarias, a ciertas películas recientes se les nota el dinero y, lamentablemente, en un sentido literal eso es casi lo único notable de ellas.

El gusto evidente de Carlos Bolado por el género road movie lo condujo a trazar una historia que comienza en Tijuana, pasa por el estado de Michoacán, así como por Ciudad de México, y desemboca finalmente en la brasileña Salvador de Bahía, trayecto considerablemente más largo que aquel de Bajo California…, que comprendía el kilometraje que suman las tres Californias. La distancia recorrida por los protagonistas de Sólo dios sabe es inversamente proporcional a la intensidad de la historia desarrollada por la cinta, la cual consiste, sin mayor energía dramática y hasta marcada por un acartonamiento argumental que es la primera sorpresa desagradable, en el encuentro fortuito y el enamoramiento previsible de una pareja que hará los trayectos en función de su mutuo amor y la imposibilidad de vivirlo plenamente, ya sea por los contratiempos implicados en sus distintas nacionalidades –mexicana y brasileña--, por sus respectivos lugares de residencia, por los conflictos que surgen de ciertos equívocos en la anécdota principal, que parecen puestos como adrede para conferirle a la trama una complejidad que de todos modos no consigue, o bien por los emanados de lo que sería una suerte de destino manifiesto de la protagonista, ya que su condición de orixá principalísima, desconocida para ella misma y revelada casi hasta el final, le tiene reservado un futuro más glorioso que el de ser la pareja de un periodista mexicano por cierto bastante equívoco, si pensamos en términos de verosimilitud.

Más de un punto de la trama –como el encuentro forzadísimo en Tijuana a partir del hallazgo de una credencial--; más de un recurso narrativo –como la toma cenital de la pareja protagonista en el cofre de un vehículo, en la que uno sabe desde que la escena comienza que aquello acabará a los besos--; y más de una secuencia entregada a un preciosismo deslumbrado que por momentos hace de la cinta algo demasiado próximo a un promocional turístico, hacen de Sólo Dios sabe una película de ambiciones tan dilatadas como breves son sus resultados, exactamente en sentido inverso a lo que sucedió con Bajo California…

Tal vez en aras de no repetirse, Carlos Bolado empeñó ahora sus esfuerzos y su innegable talento en una cinta de fallida grandilocuencia y de un largo aliento que corre a contrapelo de una historia posiblemente más asequible con las herramientas del minimalismo o, si no hay que llegar a tanto, con las de la economía de recursos y la mesura en producción.