Usted está aquí: domingo 29 de octubre de 2006 Opinión El adiós presidencial: la historia sí cuenta

Rolando Cordera Campos

El adiós presidencial: la historia sí cuenta

El presidente Fox no acaba de despedirse y por ello no deja de ofender a la ciudadanía con sus desplantes verbales y sus despropósitos políticos. De nada sirven a la situación actual que le heredará a su sucesor impuesto sus disculpas socarronas. Lo que México vive hoy con intensidad es un agravio mayor al que ahora se suma el que le asesta de nuevo el presidente Bush con su muro de ignominia, que a su vez ofende a lo mejor de aquel gran país que otrora fue reconocido como the land of the free y ahora se presenta ante el resto del mundo como la tierra de la tortura y la opresión.

En su interminable despedida, el Presidente tendría que admitir que más allá de los extraños índices de popularidad que le fabrican los mismos operadores que le fabricaron al país el horizonte de horrores que supuestamente sobrevendría con la llegada de López Obrador a la Presidencia de la República, deja a México en un preocupante estado de indefensión ante sus fantasmas domésticos, mientras se debilita aún más su de por sí frágil capacidad para relacionarse con el exterior, en particular con la tribu guerrera y destructiva que se ha apoderado de la patria de Lincoln y Roosevelt. Tendría que hacer su propio recuento y reconocer que la economía no premia más que a unos cuantos colonizadores del Estado y que la política no refleja con generosidad la gana participativa de una ciudadanía democrática, que a pesar de todo mantiene su apuesta por el pluralismo y la libertad. Contra todo esto cargó el Presidente durante su gestión, y dada la fuerza que aún le queda a la institución que nos legaron Juárez, Calles y Cárdenas, sin duda surtió en parte sus efectos corrosivos. De eso se trataba, hoy lo vemos con claridad diáfana, la "revolución como la cristera" a que convocaron Fox y sus gentes hace seis años, y que con diligencia buscaron volver realidad sus colaboradores y asociados dentro y fuera de su gobierno, en la empresa, la academia, los medios de comunicación y, sobre todo, en el sistema de educación pública, que nos entregará dañado hasta el extremo este lamentable primer gobierno de la democracia azteca.

No terminará su labor la gente de Los Pinos hasta que no quede piedra sobre piedra del edificio cívico e histórico que construyeron bien y mal los gobiernos anteriores, y que los mexicanos creían suyo para siempre. Esa parece ser, al menos, la intención de la junta que sin necesidad de dar golpe alguno se instaló en el centro del Estado para acometer su desmantelamiento, ya iniciado por la furia neoliberal y los acólitos del pensamiento único.

Acabar con los registros históricos del pueblo mexicano, imponer la rediviva idea de religión y fueros, sacar a Juárez de la mente y la imaginación de los indios y los mestizos que forman la mayoría nacional, revivir en el recuerdo popular el ensueño de una civilización criolla que ahora sería además realista y práctica y estaría dispuesta a escuchar la voz del amo a través de la cerca y el muro, es la misión de este Presidente que se va pero que no se resigna a dar por concluida su labor de expiación de esta tierra pecadora e insumisa. Sin látigo pero con presupuesto y cinismo aldeano de sobra, el Presidente y su gobierno no cejaron en su ambición reaccionaria de revivir la hacienda como horizonte vital para los mexicanos.

Poco queda para que el plazo constitucional se cumpla, pero mucho habrá que hacer para por lo menos enmendar lo hecho por este gobierno irrespetuoso y majadero. No hay buenas maneras en la mesa y no las hubo en el gabinete y el despacho. Todo fue entrega precipitada a los poderes de hecho, libre tránsito para los negociantes y rentistas, trabajo sucio para la ambición imperial en Sudamérica. Y mucho más de lo que tendremos que acordarnos con amargura y dolor una vez que podamos hacer con calma el inventario de agravios y desastres que nos dejó la primera alternancia. Pedirnos disculpas es otra forma de continuar la ofensa, y por eso, tan sólo por eso, no se debe otorgarlas.

La memoria cuenta y la historia también, aunque el Presidente se empeñe neciamente en negarlo. El 20 de noviembre empezó una revolución y nada le debemos los mexicanos de hoy a los hijos de los hacendados de ayer. Adiós, presidente Fox. Pero por favor déjenos en paz. Que le rinda el surco y lo acompañe su proverbial amnesia e ignorancia de lo que ha sido y es este gran país que usted no se merece.

 
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