Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 29 de octubre de 2006 Num: 608


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Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA
Miguel Hernández:
Rayo que no cesa

RODOLFO ALONSO
El Espía
GRAHAM GREENE
Una legendaria tertulia
ALEJANDRO MICHELENA
entrevista con ABELARDO CASTILLO
Rastros de un amor perdido
OCTAVIO OLVERA
Cartas de Zweig a Freud, Rilke y Schnitzler
RICARDO BADA
Siete días para la eternidad
ODYSSEAS ELYTIS
Al vuelo
ROGELIO GUEDEA
Mentiras transparentes
FELIPE GARRIDO

Columnas:
Y Ahora Paso a Retirarme
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La Casa Sosegada
JAVIER SICILIA

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

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Tetraedro
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(h)ojeadas:
Reseña de Arnoldo Kraus sobre El túmulo nunca cavado

Novela
Reseña de Jorge Alberto Gudiño Hernández sobre La reinvención de un estilo

Revista
Once años de mala vida
RICARDO VENEGAS


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EL TÚMULO NUNCA CAVADO

Arnoldo Kraus

Susana Corcuera,
Llegó oscura la mañana,
Editorial Planeta Mexicana,
México, 2006.

Poco antes de finalizar el libro, el Francisco que sufre y habla por medio de su silencio, nos recuerda que es el mismo Francisco que al iniciarse la novela detiene el coche y se pone a estudiar el mapa de las carreteras. Repasa el mapa porque estaba no sólo perdido en Kildonan, una aldea de pescadores en Escocia, sino porque el automóvil que rentó en Edimburgo se había descompuesto. Al alba, Francisco se entera que será necesario pernoctar algunas noches en ese pueblo, pues de la puerta del taller adonde había sido transportado su automóvil, un letrero anunciaba que permanecería cerrado por vacaciones. El taller cerrado, lo sabremos al final, es el preámbulo de las vidas y las muertes que habitan el libro y que impiden que la lectura fluya con docilidad.

Kildonan, por serendipia, o por la pluma de la autora, se convierte en las calles del Francisco del coche averiado, del Francisco que se arrepiente por no haberse trasladado a Londres en vez de viajar por la campiña, del Francisco de la mala y de la buena suerte y del Francisco, que sin saberlo, escribe porciones del destino de su vida en las calles de ese remoto lugar. A pesar de su etérea presencia dentro de las páginas del libro, Francisco representa la suma de muchos encuentros y desencuentros, y es espejo de esa inhóspita, impalpable y difícil palabra llamada destino. Es también la misma persona juzgada por sus tres hijos, pero sobre todo por Ignacio, quién investido con el título de psicoanalista asume el papel del juez del padre y del médico que habla de la locura de los seres humanos y de la insania del mundo.

Ignacio es también, por medio de su voz y la de sus hermanos, quien reprueba, juzga y condena las culpas y la actitud del padre por no haber sido capaz de lidiar, ni con la muerte de su esposa Mercedes, ni con el vacío irremplazable que azotaba a los hijos después del fallecimiento de su progenitora. Ignacio es la conciencia dolorosa del libro y portavoz de las historias de quienes nunca entienden, sea en sus páginas o en las calles de nuestras ciudades, el lenguaje de la locura.

Cito a Ignacio: "Yo tampoco pretendo juzgarlo, pero debió aclararnos que se iba al campo porque no podía con su angustia y con la nuestra, o que estábamos mejor sin él. Su silencio, en cambio, me acusaba, como si le recordara su pérdida, como si yo no la hubiera perdido." Con esas palabras Ignacio resume las vivencias de los tres hijos de Francisco y Mercedes, quienes vagan a través de las mañanas oscuras sin saber, o sin querer saber, cómo murió su madre, si es que acaso realmente murió.

Las hadas, los duendes, el celta y los olores de Escocia, arroparon a Mercedes en sus viajes cuando tuvo que mudarse con su cónyuge a las nuevas tierras. La arroparon, contuvieron la muerte total y se convirtieron en un espacio donde hijos y madre pudieron habitar el mundo. Fueron también los gnomos de Mercedes quienes abrazaron y narraron cuentos a sus vástagos sin final ni principio. Contar e inventar duendes es una buena forma de no morir y de congelar en la memoria de los vivos la última imagen de quien marchó sin decir adiós.

Llegó oscura la mañana suma las voces de tres niños que se convierten, en las páginas del libro, en hombres que se miran a sí mismos a través de los recuerdos y de las memorias de sus primeros años en Terregal. ¿Dónde queda Terregal? Terregal es un mundo mitad real, mitad sueño, cuya distancia entre la tierra original de la Escocia de la madre es la misma distancia entre la locura y la cordura.

Terregal es también la tierra habitada por los hijos de Mercedes y de Francisco, y por la angustia que se respira cuando los primeros deciden emprender el viaje al centro de la verdad y al corazón de su pasado para saber un poco más acerca de la locura y del sufrimiento. Terregal me recuerda a una paciente, quien poco antes de suicidarse confesó que había cubierto todos los espejos de su casa, pues su figura, por haber engordado, la apenaba, la lastimaba, la mataba. Terregal habla del abandono, de las heridas que nunca cicatrizan, de la Escocia perdida tras la fuga, tras el vacío, tras la muerte, tras la desaparición, tras las ausencias, tras el silencio. Ese lugar también representa las insalvables trampas del laberinto donde Mercedes se refugiaba para huir de sí misma y del mundo.

Terregal habla de la alienación como un estado de vida y como parte del esqueleto de Mercedes. En sus calles los sueños ocupan la realidad, y la realidad se encarga de hilar los sueños como parte indispensable de la locura necesaria para evitar que la vida se transforme en muerte. Representa también el temor por perder el contacto con lo palpable. Sus tierras y sus aires obligan a los hijos a retomar los sueños como muestra de la cotidianidad de la locura, y como prueba de la imperiosa necesidad de hablar de ella para evitar que sean las mañanas oscuras quienes tomen la palabra.

Terregal es asimismo la aldea de pescadores transportada en el corazón de Mercedes y de Francisco; es el cúmulo de las reflexiones entremezcladas de los tres vástagos, quienes se ocupan de sembrar en el lector una dosis de confusión y de angustia por la crudeza con la que asumen la vida, y por la ausencia difícilmente entendida de una madre que aparentemente falleció, pero que se fue sin dejar su cuerpo, sin dejar su vida bajo la tierra. Terregal es el túmulo nunca cavado: en su historia se lee que ahí vivió Mercedes y que marchó sin dejar huella palpable. Y aunque el libro parece decirlo, no estoy seguro si realmente sea cierto: ¿murió Mercedes víctima del incendio de ese laberinto que nunca abrió sus puertas y que nunca permitió ni que los hijos ni el lector lo visitasen?, o, más bien, ¿abandonó el libro sin que la autora pudiese retenerla?

Terregal es el símbolo de ese laberinto impenetrable y de ese destino que en Mercedes y en Francisco nunca acaba de escribirse. En el caso de la madre-esposa la ausencia del cuerpo impide darle vida a la muerte. En la historia de Francisco, el silencio y la imposibilidad ante el dolor por la muerte del ser querido evita darle peso y presencia a su vida. Esos no finales, esas historias inacabadas, esos silencios nunca interrumpidos, se reflejan en las miradas, en los recuentos que los hijos hacen de sus propias vidas, y en los temores que los atenazan durante el doloroso y complejo periplo por el que se camina en el libro.

Llegó oscura la mañana es un repaso de muchos sucesos donde el tiempo se detiene primero y luego marcha sin siquiera avisar. En los tiempos del libro y en los relojes de los protagonistas kronos sepulta a kairos: el tiempo palpable pesa más que el impalpable. No hay ni espacio ni respiro para el hedonismo. No hay tiempo para detenerse: la muerte y el dolor siempre están presentes. No hay tampoco lugar para lo inmemorial ni páginas para el silencio. No hay tregua: el libro nunca termina.

El escrito duele porque la trama hiere. El escrito sepulta porque el aire es escaso. El escrito agota porque la narración se desdobla incontables veces y el final parece no llegar. Y nunca llega, porque al igual que en el tiempo perdido de Marcel Proust, en la novela de Susana Corcuera el tiempo huido invita a reencontrar el tiempo de la vida, sea en la locura, en el dolor, en la búsqueda de la identidad, o en las incontables mañanas en cuyos lomos quedan atrapados el tiempo y el lector.