Usted está aquí: viernes 10 de noviembre de 2006 Capital Ciudad Perdida

Ciudad Perdida

Miguel Angel Velázquez
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Cancelar misas, agresión a la grey

Las imprudencias del cardenal Rivera

Muchos casos en el saco de las vergüenzas

Las amenazas del arzobispo primado de México, Norberto Rivera Carrera, que oficia los domingos en la Catedral Metropolitana, tienen que ver, se quiera o no, con un despliegue de actitudes que bien pueden calificarse de prepotentes, y que son el producto del fanatismo religioso con el que se ha casado el poder ­para empezar desde Los Pinos­ que lo protege.

Las declaraciones claramente políticas del sacerdote, son apenas una de las muchas muestras de arrogancia con que se muestra la Iglesia en estos días. Contar los hechos justifica, desde cualquier punto, la irritación de muchos habitantes de la capital, en desacuerdo con el cardenal y con el actuar de la religión que representa.

Nada impele tanto la soberbia como la impunidad, y un caso muy destacado de este tipo es el asalto del Opus Dei, por medio de la Universidad Panamericana, a la colonia Insurgentes Mixcoac, donde los señores de la Iglesia se adueñaron de los inmuebles para incorporarlos a ese plantel privado. Situación que a ojos de los vecinos es un acto ilegal, porque viola el uso de suelo de la zona, pero que no se había querido tomar en cuenta para no dañar a la feligresía, que también vota.

Desde luego, el proceder de los dueños de esa universidad no podría haber crecido sin la complicidad de las autoridades delegacionales panistas, que nulo caso hicieron a las denuncias ciudadanas. Pero no fue todo. La Secretaría de Salud federal vendió al Opus Dei el predio ubicado en la calle Goya 35, que según el uso de suelo debería ser dedicado a un centro de transfusión de sangre, pero que en manos de los curas que manejan la UP, se ha convertido en parte de la universidad de paga.

Otro ejemplo, para que no quede duda. A principios de este año, el Espacio Cultural Tepito se vio amenazado, y así sigue a la fecha, por la Divina Institución, nombre de una iglesia que pretende extenderse al espacio que durante más de 30 años ha ocupado la comunidad del barrio, para lograr algunos beneficios, como una biblioteca pública, donde no existen estos establecimientos.

En el Espacio Cultural Tepito se prepara a muchos jóvenes en diversos oficios, y es el único lugar donde se hace efectivo el combate contra la delincuencia, pero la Iglesia que encabeza Rivera quiere el lugar y lo pelea con la ayuda de la Secretaría de Gobernación, desde donde se le ha comunicado, sin pruebas legales, a sus ocupantes, que el lugar es propiedad de la nación y que deben irse.

El asunto está en manos de los jueces, hasta donde se nos informa. Es decir, la intención de desalojar a la gente del barrio sigue en pie. Los dos asuntos son del conocimiento del cardenal y, desde luego, del gobierno federal, que nada han hecho para aliviar la situación.

Si a estos problemas reales se añaden las declaraciones constantes que sobre política hace el representante de la Iglesia católica en la ciudad, era de esperarse que un día u otro la injusticia se manifestara por cualquiera de esas razones en la propia Iglesia.

En el Distrito Federal, según datos del INEGI, hay menos católicos que en el estado de México, Jalisco, Puebla, Guanajuato o Michoacán, por ejemplo. Claro que para los políticos de cualquier partido cuidar el voto de la Iglesia es importante, pero eso no debe llevarlos a dejar impunes los hechos que merecen justicia.

Por eso, el señor Rivera debería tener en cuenta que la prudencia es una virtud más de sabios que de santos, y que en el saco donde se guardan los hechos hay muchas vergüenzas de la jerarquía católica, como para que ahora amenace con dejar sin misa a su grey, sin antes hacer un acto de contrición por haber invadido esferas que no le corresponden y que ofenden a una parte de la población que, creyente o no, está en desacuerdo con sus dichos y con los hechos de la propia jerarquía.

Más vale entonces que las autoridades de la ciudad no se conviertan en cuidadoras del jerarca si éste ofende a la gente con sus declaraciones. Mejor que el jerarca cuide lo que dice, porque si a libertad de expresión vamos, los que entraron a la Catedral también gozaron de esa libertad. ¿O no?

 
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