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José Cueli

Absurdo y desesperación

Siguiendo con Samuel Beckett, quisiera abordar un interesante texto de Mauricio Carlos González, quien empieza por destacar la intensa ráfaga de creatividad del escritor irlandés tras la visita que hizo a su madre, en Dublín, a fines de 1945. Este momento fue decisivo tanto para la vida como para la escritura de del premio Nobel 1969. ''En este momento le fue revelado el sinsentido del mundo y el de su propia existencia."

Es justamente en ese periodo de gran productividad cuando escribió Malone muere y El innombrable; su primera obra teatral, Eleuteria, y su trabajo más importante, Esperando a Godot.

A decir de González es justamente en Molloy donde ya figuran todos los elementos de lo que suele llamarse ''beckettiano". Al respecto, el ensayista señala: ''Cada palabra tiene un peso específico y no porque sea dado a metáforas sorprendentes o a giros inesperados; al contrario, su escritura está hecha de lugares comunes, de frases oídas, de dichos populares. Pero es partir de estas palabras usuales que va descosiendo el tejido de nuestro conformismo. Cuando uno lo lee es inevitable afiebrarse. En su texto uno mismo, en tanto que lector, es el auténtico protagonista. El autor no nos proporciona ni claves, ni asideros, ni explicaciones. Estamos desnudos dentro de las palabras".

Beckett apunta sin misericordia hacia lo innombrable. El meollo de lo dicho no está en las palabras, sino que se cuela entre los silencios, entre la puntuación y todo termina por envolverse en el sinsentido, en la angustia, en la desesperación, en el suspenso del ser ante el silencio de la palabra. Su lectura nos lleva a las profundidades donde ya la palabra no nos explica, no nos dice, no nos conduce sino a un laberinto sin salida donde lo que aparece es la angustia de borradura, la huella que se ha dislocado, la representación que desaparece y sólo nos quedamos frente al desamparo originario que diría Freud.

Según González: ''Recordamos con prístina claridad momentos específicos de nuestra vida, imaginamos situaciones insólitas de las que somos protagonistas absolutos, diálogos con nosotros mismos y, sin embargo, no sabemos porqué hacemos esto. Es justo en este ámbito del no saber el que le interesa explorar a Beckett, es ese ámbito el que, a veces, vislumbramos a través de los intersticios de sus redes hechas palabras".

González coloca el acento en Molloy, cuya trama, define, es una de la más simples de la historia de la literatura: Molloy va en busca de su madre, mientras Moran tiene que ir tras Molloy. Es sorprendente cómo una trama tan sencilla en la pluma de Beckett se convierte en uno de los más grandes relatos de la literatura occidental.

Molloy, casi paralítico y enfermo, decide ir en busca de su madre. Inicia el viaje en una bicicleta vieja que posteriormente abandonará, porque piensa que le ha traído mala suerte. Terminará su viaje arrastrándose por el lodo hasta caer a una zanja, lugar de donde más tarde será rescatado por un personaje misterioso que lo llevará a casa de su madre. Terminará recluido en el lecho materno tras haberse ido paralizando progresivamente. La segunda parte de la novela la protagoniza Moran a quien le fue encargada la búsqueda de Molloy. Ambos personajes son antitéticos. Cuando inicia su encomienda empieza a operarse en él una metamorfosis. De ser un sujeto ordenado y seguro termina en un ser inseguro y titubeante. Enfermo y desgastado retorna a Shit (su ciudad) y redacta el informe de su perliplo.

La reflexión final de González consiste en que Beckett demuestra en esta obra ''nuestra condición escindida, nuestra incapacidad para decir el yo, para reconciliarnos plenamente y entender porqué sentimos lo que sentimos, porqué actuamos y no de otro es irreversible (...) Finalmente toda nuestra enorme confianza en la racionalidad es puesta en duda por nuestros sueños afiebrados".

No cabe duda, somos, en realidad, lo que soñamos.

 
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