Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 12 de noviembre de 2006 Num: 610


Portada
Presentación
Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA
El ingeniero Sandoval
FERNANDO HIRIART
Elogio fúnebre
JAVIER BARROS SIERRA
Historias de construcción
ROLANDO CORDERA CAMPOS
Raúl Sandoval y Juan Rulfo
ALBERTO VITAL
Rulfo en el Papaloapan: algunos documentos
JORGE ZEPEDA
Un texto y dos esbozos
JUAN RULFO
La selección mundial de la poesía visual
RICARDO BADA
Al vuelo
ROGELIO GUEDEA
Mentiras transparentes
FELIPE GARRIDO

Columnas:
Y Ahora Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

La Casa Sosegada
JAVIER SICILIA

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Indicavía Sonorosa
ALONSO ARREOLA

Tetraedro
JORGE MOCH

(h)ojeadas:
Reseña de Pedro Granados sobre Fressia y la poesía peruana

Novela
Reseña de Jorge Alberto Gudiño sobre La magnitud de los daños

Ensayo
Reseña de Enrique Héctor González sobre Cuatrocientos años (y uno más)


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 


HUGO GUTIÉRREZ VEGA

REGRESO A JOSÉ CARLOS BECERRA (II Y ÚLTIMA )

Mucho se ha dicho sobre cómo la muerte frustró la carrera de José Carlos. Es cierto (me hubiera gustado su escritura a los cincuenta o sesenta años), pero lo principal ya estaba hecho y su voz era ya única y personalísima en el panorama de la poesía mexicana. Escribió poco, Rulfo y Gorostiza también lo hicieron, pero, en literatura, lo que sobrevive es la calidad de la voz, y aquí está la de José Carlos, deslumbrada y serena, pues a él, como a Quevedo, el mundo lo había hechizado.

Lo veo en Times Square pensando en los aviones destartalados de la Compañía Tabasqueña de Aviación. Juntaba presente con pasado, pues sabia, con Bacon, que el tiempo fue, el tiempo será, el tiempo no existe:

y la noche te proporciona todos los anuncios luminosos de Times Square
para que tu cuerpo se encadene a la desnudez de Dios
y nos veamos.

En "Fiestas de invierno" están algunas de las noches intensas que pasó pensando en la idea de Dios. Se trataba de exploraciones, de arduos viajes por el interior de la selva de uno mismo, para obtener algunas burbujas de certezas fácilmente llevadas por el viento, para hacer las preguntas que nos hacemos todas las Nardas y los Mandrakes puestos a vivir en esta feria de espejos deformantes.

En su importante papel de descubridor
el cuerpo del mundo cae
siguiendo en la eternidad

El 1968, en Tlatelolco, rompe el estilo del libro y nos entrega un poema lleno de angustia, disgustado, inquisitivo, adolorido como lo estaba el país entero.

Se llevaron los muertos quién sabe a dónde.
Llenaron de estudiantes las cárceles de la ciudad

Zaid y Pacheco hicieron verdaderas maravillas para poner en orden el cuaderno de José Carlos que quedó al lado de su sangre en las inmediaciones de San Vito dei Normanni.

Aquí los poemas son cortos y el aliento tiene ya el tono sereno de la madurez. Quedaron atrás las voces entrecortadas de su Halcón Maltés, su Casablanca y otros temas de la cultura de masas. Un verso ajustado y, sobre todo, reposado, sale de su experiencia europea y de su llegada a una temprana madurez:

haciendo esfuerzos para adaptarte
a la forma y peso de la eternidad

Sus peros y una coma para indicar que el poema, como la vida de Lázaro, se detiene, pero muy pronto seguirá su andadura.

Hay en esta nueva etapa una notable precisión metafórica y un ahorro de palabras y de efectos. El poeta se enferma y hace una pausa bajo el calorcillo de las sábanas:

el tono impersonal de la enfermedad
con su tripulación de oídos recónditos

Hay una nueva mitología, una teodicea moderna en este último libro. Europa le ha entregado ya muchas cosas y, como todo lo que hacía, bebió a grandes y ávidos sorbos la constante novedad del viejo continente:

y después la Plaza De Chirico negociada
por una oscuridad de bolsillo

Ya estuvo y aún no llegó a su Pompeya (a lo lejos lo esperaban los pinos veraniegos con su olor capitoso de las islas griegas y unas posibles charlas con Elytis y Ritsos). El coche que va y no va a Pompeya corre demasiado e ignora la prudencia:

Sin haber estado nunca en Pompeya,
describe las uniones, los divorcios...

Pero los motivos para vivir y hacerlo con sobrecogedor entusiasmo, están llenos de símbolos y hay en ellos un tardío y personalisímo romanticismo:

de un lado a otro
abriendo las escuchas
canción (esta tarde vi llover) canción

Su Londres, su Vía Veneto, pertenecen a sus ojos, viven en ellos y le entregan una serie de recreaciones. Está sólo y rodeado de lo que quiere ver. Por eso descubre tantas cosas en tan pocos versos:

Roma
según se ha dicho existen muertos
menos densos que el aire...

Respetó las leyes de su viaje y la muerte le cerró el camino. A todos nos lo hace, pero duele cuando se ensaña con una voz tan pura y con una juventud tan resplandeciente. Estoy seguro, José Carlos, de que llegaste a Grecia y te quedaste en alguna de esas islas que perfuman los pinos del verano. Como en uno de tus últimos poemas, gota a gota tu cuerpo caía en el charco de Dios. Cayó y ahora lo levantan de nuevo la memoria y la lectura de tu obra. Parece que nos estas diciendo: "Desde allí los veo a todos ustedes."

jornadasem@jornada.com.mx