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José Steinsleger

Espías eran los de antes

Con la desaparición de Marcus Wolf, jefe máximo de los servicios secretos de Alemania oriental, cayó el último telón del espionaje moderno. A la hora de la verdad, el misterioso Karla de las novelas de John Le Carré recibió un guiño de la señora: falleció el 9 de noviembre pasado, aniversario de la caída del Muro de Berlín.

Escéptico pero leal a su ideología, Wolf pertenecía a la generación de espías que al empezar el siglo pasado nutrieron las obras de Eric Ambler y Sommerset Maugham, con tramas y personajes distintos de las mediocres historias de Ian Fleming y su elegante James Bond, un bobo diestro en "efectos especiales".

Realista, culto, amigo y admirador de escritores como Michel Tournier, Wolf fue maestro en el cuestionable arte de fomentar intrigas, aventuras sin destino, romances malignos y enredos de alto nivel.

En el tablero de Europa occidental, Karla manipuló los hilos ocultos de la guerra fría. Trabajo que con precisión ajedrecística consiguió ubicar a un par de agentes, Rayo de Luz y Antonius, en el primer círculo de poder del Vaticano (1952-86). Paradójicamente, uno de los triunfos resonantes de Markus Wolf se convirtió en derrota. Durante años cultivó un "topo" (agente) sembrado al lado de Willy Brandt, canciller socialdemócrata de Alemania Federal. El "topo" Günther Guillaume cayó en desgracia y Brandt fue sustituido por el liberal pro yanqui Helmut Schmidt, ex oficial nazi condecorado con la hitleriana Cruz de Hierro (1974). Operación en la que los espías de la OTAN, la CIA y el MI-5 británico jugaron su papel.

Luego del caso Brandt, Wolf empezó a revisar los supuestos del "socialismo real" y el rol del espionaje en un mundo que cambiaba a velocidades de vértigo. Después, apoyó a su colega Yuri Andropov, de la KGB, cerebro de la tardía perestroika (restructuración) que desembocó en el colapso total del socialismo burocrático.

El mundo ya no depende de los informes ilustrados del galés Lawrence de Arabia, el checo moravo Alois Musil, el alemán Richard Sorge, el polaco Leopold Trepper y tantos espías que a más de sentarse de espaldas a la pared para escudriñar cuanto ocurría alrededor, peleaban convencidos de su causa y con particular atención en la conducta humana en situación límite.

Si en los países ricos el espionaje devenido en "posmoderno" se caracteriza por el reclutamiento de auténticos analfabetos de la historia, en los países pobres es un pitorreo. Todo lo contrario de lo que creía Wolf, quien entendía el trabajo de inteligencia en tanto análisis profundo de los procesos políticos, económicos y sociales. "Luego vienen las bellas mujeres seduciendo a hombres importantes, las intrigas permanentes, las trampas y presiones de todo tipo. Todo esto existe, pero no es lo fundamental", comentó Wolf al diario Clarín de Buenos Aires (19/3/95).

En lo no fundamental parecen concentrarse los espías de las nuevas generaciones. En 1998, la primera mujer que dirigió el servicio de contraespionaje británico (MI-5), Stella Rimington, cuestionó a esta institución "dominada por hombres blancos y de clase media" que reclutaban a sus nuevos agentes "a través de amigos y contactos con una palmadita en la espalda".

El MI-5 capta ahora a los espías a través de anuncios en la prensa: "Use su lengua árabe para hacer una contribución real al trabajo del MI-5". La CIA procede igual y así les va. A los nuevos espías les resulta imposible saber en qué mundo están parados. Y cuando entienden algo, el ego mesiánico de sus jefes políticos les obliga a presentar "informes optimistas".

Wolf se quejaba: "En los últimos años de mi servicio activo la información que obteníamos de la OTAN sobre la situación en los países socialistas de Europa se hizo cada vez más alarmante. Sobre todo porque en gran medida era correcta. Pero el tema era sacado de mi órbita y se colocaba en manos del contraespionaje. No se hacía nada para cambiar las cosas y eso era muy frustrante para mí" (Clarín, ídem).

Según Joseph Hoffman, autor de "Alcahuetes profesionales y humanistas meretrices" (interesante artículo sobre El Código Da Vinci, de Dan Brown), "...la pasión moderna por la intriga y una indiferencia posmoderna para con la verdad" conducen a demostrar el teorema de Barnum: "Más gente resulta embaucada por no creer en nada, que por creer demasiado".

Los servicios de inteligencia han hecho a un lado la inteligencia. O recurren al terrorismo criminal para justificar políticas de coyuntura, o invierten miles de millones en misiones de dudoso heroísmo tales como vigilar al cantante Cat Stevens convertido al Islam y al pasajero que aborda un avión con un pomo de pasta para los dientes.

En una palabra ­diría Karla­ las informaciones sólo son tenidas en cuenta si coinciden con la línea política oficial. Qué decadencia. Espías eran los de antes, cuando regresaban del frío o se abrazaban con los duros jefes del desierto, vendían pasaportes en el café Rick's de Casablanca y se enamoraban con amor. ¿Qué resta por leer?

 
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