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A la mitad del foro

León García Soler

Asunción, protesta y fuga

A toda capillita le llega su fiestecita. Llegó la fecha de encenderle una vela a Valverde y otra a Juan Soldado. Se acabó el sexenio de la alternancia y ya emprenden la fuga quienes llegaron a salvar a la patria y estrenar la democracia. Se acabó el autoritarismo, dijeron. Y acabaron con la autoridad. Hay que acotar al Estado, dijeron. Y nos dejan una red llena de agujeros, por los que se filtra el poder incontenible de la violencia criminal. De Aguililla, Michoacán, a Huimanguillo, Tabasco. De Tijuana a Matamoros. De Sonora a Yucatán. De la periferia al centro, para que estalle la violencia en la capital, sede de los poderes federales y de la jefatura entenada ahí asentada.

Los bárbaros a la puerta. Pero en el interior. En vísperas de una asunción a la presidencia legítima y una transmisión del Poder Ejecutivo de la Unión que se deposita en una sola persona. En este año del descontento y la desilusión con la democracia hay dos que dicen haber recibido el mandato: ofrecen dos depositarios del poder. A duras penas aguantábamos uno, gracias a la no relección absoluta, al plazo fatal del sexenio y el retiro al olvido discreto o a la desmemoria maldecida. Y ahora nos ofrecen dos. Dentro del despacho presidencial, dijo alguna vez Oscar Flores a uno de tantos que se soñaron sucesores: "Se te olvida que esta puerta nada más se abre desde adentro." Ernesto Zedillo la dejó abierta y Vicente Fox entró y salió sin darse cuenta que ya están adentro los bárbaros.

No hablo de las guardias pretorianas que en la caída del imperio romano protegieron a los césares y luego decidieron que uno de ellos se pusiera la toga imperial. Si algo dejó resuelto y bien resuelto la Revolución Mexicana, cuya fiestecita canceló el señor Fox, fue lo del pueblo en armas que se convirtió en Ejército institucional, disciplinado al mando civil y leal a la jefatura del presidente de la República. No hablo de las barbaridades del gabinete con sello de garantía otorgado por cazadores de cabeza, los tontos inútiles que acompañaron al de la alternancia en su paso fugaz y que, como él, llegaron con la carga del doble mito: que todo lo que hacía el gobierno lo podía hacer mejor la iniciativa privada; que todo era corrupción entre los funcionarios.

Ah, la ilusión de repetir que la corrupción oficial era, es, vicio solitario, acto de onanismo dorado, sin necesidad de cómplices, de socios en el arte de birlibirloque de vaciar las arcas del erario. Negocios, contratos de obra pública, de compraventa, sin uno del sector privado con el que pudieran repartirse el botín. ¿Pero hubo alguna vez tanta ingenuidad? Después de todo, dicen, un pacto entre ladrones hay que cumplirlo. En plural, digo. Ni siquiera son esos los bárbaros en el interior. Son los de la violencia desatada por el crimen organizado; a esos los tenemos ya de este lado de los muros de la fortaleza sitiada y ya tomada por los del narcotráfico que desde hace varios lustros reconocieron los del poder político como amenaza para la seguridad nacional.

Dicen los funcionarios, a los que ya ni sus más fervientes admiradores creen ingenuos, que la barbarie de los criminales, la siembra de cadáveres descabezados, la cacería de policías, agentes, directores municipales y estatales que el furor desenfrenado de sicarios y matones, asaltantes, secuestradores y turbas de linchadores "no ha rebasado al gobierno", no se ha adueñado de las ruinas del Estado. Será porque prefieren poner el coco de la inestabilidad politiquera y luego asustarse cuando se les aparece el chamuco en Oaxaca, y entre el caos anarquizante surgen los encuentros y desencuentros de genízaros y agitadores, de mercenarios que hoy viven el apogeo de los imitadores de Santa Anna el Gato Maromero.

Será porque le llegó su fiestecita a los de elección a mano alzada del presidente legítimo. Y el gobierno en fuga abandonó la Plaza de la Constitución para no celebrar la de la Revolución. Mañana van a llenar el Zócalo y darán testimonio de la asunción de Andrés Manuel López Obrador. Casi nada. Gobierno activo, itinerante; no en la sombra, sino para hacerle sombra al otro, al del "usurpador" Calderón. Ni una sonrisa. Ninguna ironía. El procónsul aconseja no viajar a México porque entre el 20 de noviembre y el 1º de diciembre habrá movimientos desusados, desorbitados, de masas y riesgo de violencia. Con solemnidad monacal, o rigidez de autistas, los que debieran hacer política debaten cuántos ángeles pueden bailar en el texto que obliga a quien asume un cargo público a protestar cumplir y hacer cumplir la Constitución y leyes que de ella emanan.

A quien asuma la Presidencia de la República le precisa ante quién ha de rendir esa protesta y dicta puntillosamente las palabras que ha de pronunciar ante el Congreso de la Unión. No ante cualquier santo, ni en cualquier capillita. Pero discuten los de las guerras floridas de la transición democrática en presente continuo. Y con desparpajo que hace resaltar la presunción de gravitas romana, Liébano Sáenz, antiguo secretario particular de Ernesto Zedillo, declara que López Obrador "se convertirá en conciencia de la nación, cosa que le hará muy bien a la democracia mexicana."

Ni una sonrisa. Pero hay intensa actividad y los actores ocupan su sitio en el escenario dentro del escenario que es la tragicómica disputa por el poder político. Hay que precisar, porque los del poder real, el dinero, la Iglesia, el Ejército, asisten impasibles a la locura del gobierno en fuga, la sucesión presidencial ante el poder constituido y la previa asunción a la presidencia legítima ante el pueblo que alcance a llenar la plancha del Zócalo.

En el PAN, Felipe Calderón propone y se dispone a aplicar la ley y hacer equilibrio entre las facultades que le señale y el dilema de afirmar en presencia de los obispos que el nuestro seguirá siendo un Estado laico; entre destellos de la derecha aznarista, la ultraderecha de El Yunque, la patronal, la Iglesia católica, apostólica y política, los legionarios en las catacumbas y los empresarios fascinados por el neoconservadurismo que inspiró la aventura imperial de Bush. ¡Uff! Pero suma al mostrar la posible nómina de palacio; la garantía de Agustín Carstens, la pluralidad lindante en poliarquía que incluye a Luis Téllez, Jesús Reyes Heroles, Fernando Canales Clariond, Arturo Sarukhán y a la falange de jóvenes turcos que lo acompañaron en la toma del poder.

En el PRI aprendieron con la amarga pócima de la derrota que los gobernadores controlan espacios de poder real y no hay más alternativas que las que pudieran representar los liderazgos de las bancadas en el Senado y en la Cámara de Diputados. Ahí está el futuro. Si han de tener alguno, si son capaces de aprovechar la polarización PAN-PRD y llevar agua a su molino. No favores, ni prebendas, posiciones políticas y definiciones ideológicas en la reforma que viene, interrumpida por el infantilismo democrático. Seis años de presidencia que terminan con una triada enloquecedora: asunción, protesta y fuga.

Si no fuera porque la barbarie criminal se ha enseñoreado del espacio público, podríamos sonreír, ver la ironía de la disputa por la nación como pastorela: Sale a escena el profeta Liébano Sáenz y proclama a Andrés Manuel López Obrador "conciencia de la nación". A ver cuál es el cortesano capaz de superar al de Chihuahua en este Estado nuestro que seguirá siendo laico con la bendición de la clerigalla.

 
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