Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 19 de noviembre de 2006 Num: 611


Portada
Presentación
Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA
Cuento vivo de Andalucía
DANTE MEDINA
Parábola del bolso
CARLOS EDMUNDO DE ORY
El ordenador
FELIPE BENÍTEZ REYES
Dilemas urbanos
CRISTINA GARCÍA MORALES
Condición anfibia
JOSÉ LUIS GONZÁLEZ VERA
Unas cositas verdes que saltan y hacen croa, croa, croa
MIGUEL ÁNGEL GARCÍA ARGÜEZ
Poesía viva de Andalucía
Las Musarañas
JUAN BONILLA
Coleccionismo
MARCOS GUALDA
Lo que el viento a Juárez
Mentiras transparentes
FELIPE GARRIDO

Columnas:
A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Mujeres Insumisas
ANGÉLICA ABELLEYRA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Teatro
NOÉ MORALES MUÑOZ

Jornada de Poesía
JUAN DOMINGO ARGÜELLES


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

José Luis González Vera

Condición anfibia

Es cálido el tableteo de las teclas. La pantalla de mi ordenador se alza, a la vez, como ventana y trinchera en la que me agazapo, para defenderme del mundo al que accedo, a través de los cables. Me gusta el chat. Me erijo en mi propio dios, soy quien quiero: incluso pago deudas conmigo mismo porque me convierto en personajes que me hubieran gustado ser. Según cada circunstancia, he sabido representar el papel de un médico, sinceramente preocupado por la humanidad, ante una chica de dieciocho años a la que hasta hice llorar de emoción cuando le relaté que acababa de ayudar a dar a luz a un niño que venía al mundo en las peores condiciones clínicas; en otra ocasión logré convencer a una señora casada de que me dijera las obscenidades que siempre ansió oír de la boca de su marido; ahí representaba yo a un tipo de mundo, de ésos que suelen tener muchas chicas a la vez, que no sienten nada por ninguna, pero que a todas comprenden y escuchan como si fueran la única. Incluso un vendedor de colonias me confesó todo el asco y desprecio que sentía por su mujer y por sus hijos; estaba al borde del suicidio, según él, y le calmaban las noches en que yo lo dejaba hablar y le respondía bajo la máscara de un sugerente nombre femenino; nunca imaginó que yo también era un hombre sin mucha experiencia en la vida; de hecho, tuve serias dificultades para seguirle cierto juego de masturbación simultánea que propuso, no sabía decirle qué estaba sintiendo con las caricias que ordenaba que me hiciera.

Ahora debo tener mucho cuidado cuando me encierro en mi cuarto con el ordenador. Mis padres me han prohibido, tajantemente, que me conecte a internet. Ellos no comprenden nada. Mis amigos, tampoco; no me importa que ese club de hermanos del aburrimiento me hayan dejado en paz, al fin. Los últimos meses siempre era lo mismo cuando salíamos. Yo los miraba con mi copa en la mano. La música molesta en la conversación y suele haber demasiado humo, lo que es fatal para mis ojos. Además ¿no hacían ellos, delante de las chicas, lo que a mí me reprocharon?

Los observaba. Me resultaba patético ver a Julián, un tipo serio, cómo sonreía de forma exagerada cuando se encontraba con Lina, una chica gris y mentalmente plana, cuya mayor virtud era que se iba pronto a casa; a ninguno de los dos le interesaba lo que el otro le contaba —métodos estadísticos y vida rosa— pero había que seguir esos rituales de comportamiento para justificarse a sí mismos que habían pasado una buena noche. Peor era Alfredo, al que le gustaba la paz de su colección de sellos; sin embargo, se acercaba a las chicas como un bailón compulsivo y, siempre, con las mismas preguntas: "¿Eres Piscis, verdad? Te lo digo porque me pareces acuática, sinuosa; no sé... distinta." Marina una vez casi escupió el cubata. Si esta frase de asalto le fallaba, entonces acudía a la segunda bala: "Perdona, es que no he podido evitar ver tu mano; permíteme: eres una persona muy humana, ¿verdad? Esta línea indica que te preocupa lo espiritual." Nunca ha comprendido por qué le va tan mal con las mujeres.

Tampoco las chicas escapan al comportamiento triste del cazador nocturno. Con sus amigas en la barra, dejando que el tirante del vestido permanezca caído sobre el brazo unos segundos; o cuando miran al chico que les gusta, vuelven el rostro, alzan el vaso de tubo y chupan la pajita de modo insinuante. De todos modos, considero que las mujeres están en una posición mucho más digna que los hombres y mucho más fácil; ellas no quieren reconocerlo cuando se lo digo, pero siguen siendo las que seleccionan al macho que se les acerca. Con que sean un poco inteligentes, tienen clavado junto a su taburete al que deseen.

Pero ya estoy lejos de todo esto; me he liberado gracias a mi ordenador y a internet. Puedo hablar con quien quiera, y creo que las relaciones son más sinceras si sabes detectar las mentiras. Como toda sociedad, ésta también es una selva para los más fuertes, para los mejor preparados y deja fuera de ella a los torpes o débiles. No es cruenta esta nueva lucha por la supervivencia social, pero quien no aprenda los códigos del comportamiento de las personas en la red, no podrá moverse en este mundo, quedará abocado a las relaciones primitivas y convencionales que encontrará en la calle. Humildemente, me considero entre los elegidos, entre los buscadores de oro que intuyen el exacto lecho del río, incluso la orilla donde desenterrarán las mejores piezas; esos triunfadores que se topan de cara con la fortuna que justifica el trabajo de una vida, mientras, a pocos metros, los demás saben que finalizarán sus días en la pobreza y el anonimato. Igual que cualquier espacio, internet es para los supervivientes.

Ya he aprendido, por ejemplo, a distinguir a esos graciosos que se hacen pasar por mujeres, o a quienes nunca acusan interés en las conversaciones colectivas del chat y, para que los llamen, se ponen nombres sugerentes: "dominadora", "divorciado solo", "maldito35"; atraen igual que los pájaros de muchos colores, o los adagios tristes, pero después de un rato, la persona, a quien inspiraron lástima o morbo, se da cuenta de que no saben hablar, no tienen profundidad ni gracia sus conversaciones y, con su tristeza, dejan gris la pantalla del ordenador con el que se conecten. Sería un error grave pensar que aquí sólo pueden entrar quienes han acumulado muchas experiencias en su vida. No, eso sería mezclar dos planos de la existencia que nunca tienen por qué tocarse. El adaptado a esta nueva sociedad subterránea y universal, sabe que lo importante no es que sean reales los personajes, sino probables, atractivos por su coherencia al contar las cosas. No hay engaño, sino recreación, y todo consiste en saber detectar la impostura.

Mis padres me han prohibido que me acerque al ordenador, pero si sabes por qué has perdido una batalla, la guerra puede ser tuya. Mi fallo se justifica en nuestra humana condición anfibia. Mezclé dos mundos.

Sin duda, había encontrado una persona interesante; éramos capaces de hablar durante horas y las risas, el humor lleno de ironía, los leves ataques mutuos, nos hicieron alcanzar, pronto, un grado de confianza increíble aunque, en realidad, nos conociéramos desde hacía pocas horas. Las relaciones en la red son intensas. Nada te distrae, no puedes detener tu conversación para comer, bailar o ver un vídeo con tu interlocutor. Estáis los dos frente a frente, sin tono de voz, sin nada tangible que te demuestre que el otro está ahí. Llegué a pensar que me llevaba tan bien con "Ann3", como ella se llamaba en el chat, porque era un programa simulador, que mi computadora tenía para generar conversaciones.

Desnudez absoluta frente a la pantalla. Pusimos nuestras vidas sobre el tapete, como si fuéramos dos jugadores que se enseñan las barajas completas, para indicarse, mutuamente, que no quieren hacer trampas. Así fue; en un mes sabía todos mis miedos, mis traumas, las relaciones con mis amigos, con mis novias. Supongo que si hubiéramos impreso nuestros diálogos, serían más de dos mil folios, dos novelas aburridas para cualquiera que no fuéramos nosotros.

No aguantaba más aquella situación. Le robé el coche a mi padre y, algunas horas después, estaba a quinientos kilómetros esperando que saliera de la oficina. Me fue fácil reconocerla, no me mintió con las fotos que me había enviado por el correo electrónico; sin embargo, jamás me dijo que su marido también trabajaba con ella. El único secreto importante que se guardó en la manga.

No hay indignidad en la derrota. He aprendido que el ser humano no evoluciona al ritmo de sus máquinas y los sentimientos se pueden convertir en una imperfección que atenace nuestras nuevas formas de comportamiento. Creo que ahora estoy preparado para abandonar esta torpe condición anfibia.

José Luis González Vera nació en Antequera, Málaga, en 1964. Es poeta, narrador y cuentista. Filólogo, crítico literario y profesor de literatura, es también articulista de opinión en varios diarios.