Usted está aquí: lunes 20 de noviembre de 2006 Deportes Triunfan José Luis Angelino y José María Manzanares, que cayó de pie en la México

Con dos nobles toros de Los Encinos, bajo una pertinaz lluvia y un ruedo resbaladizo

Triunfan José Luis Angelino y José María Manzanares, que cayó de pie en la México

Fuerte rechifla a El Juli por displicente

Antonio Bricio, sin suerte

Media entrada

LEONARDO PAEZ

Ampliar la imagen El diestro alicantino José María Manzanares debutó ayer en la plaza México con un faenón al astado de Los Encinos corrido en sexto lugar, al que le cortó dos orejas Foto: Jesús Villaseca

Pocas veces en las décadas recientes un torero español había gustado tanto en su debut como el alicantino José María Manzanares hijo, que ayer en la monumental Plaza México realizó una hermosa y templada faena con el último de la tarde, Florentino, con 532 kilos de peso, del prestigiado hierro queretano de Los Encinos.

Y si bien la torera faena del tlaxcalteca José Luis Angelino a su primero de alguna manera habría salvado la tarde, fue el trasteo del hijo de Manzanares, aquel exquisito maestro cuya calidad fue siempre inversamente proporcional a su entrega, el que a la postre llenaría de luz y de magia la ensombrecida, lluviosa y gélida tarde.

Se lidiaron, muy mal por parte de las cuadrillas, que banderillearon como pudieron y bregaron peor, ocho ejemplares de Los Encinos, propiedad de Eduardo Martínez Urquidi, bien presentados y mejor armados, encaste español Santa Coloma, varios de los cuales rebasaron la media tonelada de peso, lo que aunado a las deficientes condiciones del ruedo, resbaloso en exceso, contribuyó a que su juego dejara qué desear, aunque exhibieron todos el nivel torero y anímico de sus respectivos matadores.

Con el que abrió plaza, Cuñao, con 491 kilos, que ocasionó un tumbo, recibió una vara y fue mal banderilleado, Manzanares ­24 años y tres de alternativa­ se vio enterado pero frío en limpios muletazos por ambos lados ante un burel obediente a la franela pero al que faltó una pizca de transmisión. Dejó el joven español una estocada hasta las cintas algo desprendida, oyó petición de oreja y fue llamado al tercio.

Lo memorable, lo que puede llevar a este Manzanares a grandes alturas, vino con el último de la desapacible tarde. Haciendo honor a su nombre, Florentino acusó tauridad, es decir, gran estética en su embestida, notable armonía en su estilo y excepcional nobleza en su comportamiento, cualidades a las que si hubiese aunado mayor emotividad, habrían merecido el indulto.

Tras tomar una vara y sufrir el toro algunas caídas por las condiciones del ruedo, José María, más tranquilo luego de evaluar tanto la corrida como a sus alternantes y al público, se dio cuenta de la enorme calidad de Florentino y comenzó a torearlo-acariciarlo por largos derechazos primero y por naturales enormes después, midiendo muy bien la embestida en afortunadísima conjunción de voluntades.

El torero se recreaba en cada muletazo, templando y mandando una eternidad aquella milagrosa embestida y rematando cada serie con auténticos pases de pecho, vale decir pasándose los pitones por el pecho, no sólo por la axila, muy vertical, sin escuadrarse, emocionado y emocionando.

Como digno colofón se sucedieron un parsimonioso cambio de mano, un muletazo por bajo con la zurda y uno del desdén, en los que el de Alicante dejó ver el enorme potencial artístico que atesora. Volvió a volcarse sobre el morrillo y dejó otra entera apenas desprendida. Dos orejas exigió el público y merecido arrastre lento se dio a los despojos de tan elegante colaborador.

Por su parte, José Luis Angelino puso las peras a veinticinco frente al tercero de la tarde, Chóforo, con 520 kilos, que hizo una salida alegre aunque apenas fue picado. Larga cambiada y verónicas, un par trasero, otro delantero y el último en todo lo alto, fueron el prólogo a la enjundiosa y madura faena de Angelino, en sentidas y medidas series con ambas manos, para luego instrumentar dos dosantinas impecables y un terminante desdén. Sobró peso y faltó tierra más compactada. Dejó un estoconazo hasta los gavilanes y recibió una muy merecida oreja. Desde una barrera, su hermano menor, novillero, observaba impasible.

Con su segundo, el peor del encierro, manso y con peligro, la gente no valoró la solvencia y decisión de José Luis, que de nuevo desplegó su incontenible vocación y sobradas cualidades. ¡Vaya torero este Angelino!

Antonio Bricio, con una planta inversamente proporcional a la poca frecuencia con que torea, se vio valiente, inexpresivo, con poco sitio y sin suerte, en tanto que el ex "Mozart del toreo", como le llamaba algún exaltado a El Juli, empieza a acusar lo peor que le puede pasar a un torero: aburrimiento y escasa disposición. Un año sabático no le vendría mal, a menos que quiera seguir escuchando rechiflas, como ayer en sus dos toros.

 
Compartir la nota:

Puede compartir la nota con otros lectores usando los servicios de del.icio.us, Fresqui y menéame, o puede conocer si existe algún blog que esté haciendo referencia a la misma a través de Technorati.