Usted está aquí: miércoles 22 de noviembre de 2006 Cultura Tapices y caries

Vilma Fuentes

Tapices y caries

Los lenguajes de la poesía y la pintura se bastan, sin duda alguna, a sí mismos. Las palabras, en poesía, no pueden sino adquirir su absoluto sentido, no es posible aumentar una palabra que no esté de más. El de la pintura, sus colores, sus formas, pertenece a la mirada y no a las palabras: las imágenes no se transmiten, acaso se evocan, en el mejor de los casos, algo difusas, durante un sueño, un delirio verbal, un recuerdo nebuloso... sueño, delirio y recuerdo pronto olvidados, reducidos para siempre al murmullo insignificante: words, words, words. La llamada ''crítica" de la poesía o de la pintura es, de alguna manera, un salto al vacío. Quien se atreve a excursionar en ese territorio no trata, quizá, sino de escapar a ese resto que no es sino literatura.

Iván Alechine nació y ha vivido en ambos territorios. Rareza extraña, y no hay pleonasmo en esta conjunción, Iván es un poeta que pinta y un pintor que se expresa con palabras. Hijo de un hombre de genio, Pierre Alechinsky, quien ocupaba ya el territorio de la pintura, Iván tomó muy joven la grave decisión de acortar el apellido de su padre. ¿Qué significa este acto?

Podría pensarse, con humor, que se consideraba sólo a medias el hijo de su progenitor, puesto que tenía también una madre. O que, al contrario de muchos otros, no deseó vivir del nombre y la gloria de un padre. Porque es muy difícil escalar las cimas del almirante De Gaulle. No es fácil, nada fácil, aprender a sostenerse a las alturas de un progenitor como el general rindiéndole homenaje con una conducta diaria, minuto a minuto, de grandeza de pensamientos, sin caer en el ridículo y, sobre todo, sin vivir de ello. Iván se limitó a escoger la visión de los caminos sembrados de precipicios. Sin dejar, con modestia, de rendir homenaje a su padre.

Debo confesar que Iván Alechine me es profunda y personalmente simpático (en el sentido estricto de esta palabra) a causa de su amor por México. Un amor ajeno a los gustos turísticos, nacido del verdadero viaje, del que no hay retorno.

Hace unos días, Iván me entregó dos libros: Peter et Pierre, 40 años de litografías con Peter Bramsen (ediciones Buchet Chastel) y Tapis et caries (Fata Morgana) firmado por él. Del espléndido volumen del trabajo conjunto de Bramsen y Alechinsky, publicado antes en una edición danesa, correré el riesgo de escribir una próxima vez.

Más que sorprenderme, la lectura de Tapis et caries (Tapices y caries) me confirmó varias ideas sobre Alechine, su poesía, el viaje, su deseo, no sin humor, de la inexistencia. Una práctica al parecer cotidiana de Iván, ejercicio en el que se esmera a pesar de sus infructuosos resultados. Los poemas, en verso y en prosa, reunidos en este volumen datan de un viaje a Africa en 1971. Especie de cuaderno de viaje, bitácora poética, del que el autor escribe: ''Veinte años después de mis 20 años, México me reveló que no hay prodigio sin cotidiano; es por la puerta de 'lo que es' que se alcanza 'lo que no es'. Desconfío del complejo de 'albatros' y del genio virtual; mientras tanto, me encierro en las calles con mis suelas de caucho, agujero los muros con tinta negra''.

Como a menudo he deseado poder quitarme un brazo, una pierna, la nuca y dejarlas en algún mueble antes de acostarme para dormir a gusto, comprendo cuando Alechine escribe:

''Ningún miembro abandona el cuerpo (...) Nada mío se aventura fuera de mí (...) El cuerpo se descompone en el pensamiento, luego en los actos, con juegos de palabras y calambures plásticos. El tapiz de Oriente y sus relaciones con la caries. La importancia del tapiz que recita.''

De ahí a escribir: ''No invoco más/ inexisto'', y ver el sueño casi alcanzado cuando concluye: ''saboreo esta situación de falsa/ guadaña/ con inclinación por lo que te compone/ te acabo y te sirvo café, puede comprenderse su obsesión por la milagrosa cotidianidad, rareza extraña, del mundo mexicano''.

¿Qué más enigmático que lo evidente? Lo que aparece.

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