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Adolfo Sánchez Vázquez

Andalucía y México*

Ampliar la imagen El filósofo Adolfo Sánchez Vázquez, durante un homenaje que le rindieron universitarios en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM en octubre de 2005 Foto: Francisco Olvera

Ante la imposibilidad, por razones de salud, de estar presente en este acto, quisiera hacerlo mediante estas palabras.

En primer lugar, para expresar mi más profundo y conmovido agradecimiento a la Junta de Andalucía y, particularmente, a su consejera de Cultura, Rosa Torres, por el alto honor que me hace con este homenaje al distinguir, dicho sea con sus palabras, mi "trayectoria personal y profesional".

Con este motivo me permito hacer las siguientes consideraciones. La trayectoria, que tan honrosamente para mí se reconoce, se desarrolló casi toda su totalidad en México, en el transcurso del larguísimo exilio y los años posteriores a éste. Dentro de esa larga trayectoria, debo precisar que fue en tierras andaluzas y, concretamente, en Málaga, donde afloraron mis tempranas vocaciones. La primera fue la literaria, que se tradujo en un libro de poemas (El pulso ardiendo) y la fundación de la revista Sur. Todo ello animado por mi admirado y querido amigo, el gran poeta Emilio Prados, quien con la revista Litoral, su imprenta y sus compañeros de la Generación del 27 hacía de Málaga la capital de la poesía española. La segunda vocación, en la Málaga convulsa de los años 30 del siglo pasado, fue la política, que encontró su cauce en mi activa militancia en la Juventud Comunista y después, al fundirse ésta con la Juventud Socialista, en las Juventudes Socialistas Unificadas. Asimismo, debo también subrayar que el largo camino de mi obra docente y conducta correspondiente estuvo siempre marcado por los valores de libertad, justicia e igualdad social, como valores propios de una ideología humanista y, particularmente, socialista, que me inspiró desde mis años juveniles hasta hoy.

Andalucía no sólo está vinculada directamente con mi vida y con mi obra poética y filosófica, sino que lo está de modo sustancial y constante con ella, pues en Andalucía no sólo nací física, sino también espiritualmente, al forjarse en su tierra, la malagueña especialmente, los valores antes citados, que impregnaron toda la trayectoria que hoy se aprecia con este homenaje.

Fue, ciertamente, en Andalucía donde acogí esos valores como reacción ante el cuadro que se desplegaba en aquellos años juveniles. Era la Andalucía de los campesinos que trabajaban de sol a sol y temporalmente por una peseta diaria, mientras los dueños de sus tierras, casi siempre latifundios, tenían una vida disipada gracias a la explotación que ejercían, en compañía de generales y marquesas, con los que alimentaban la leyenda de una Andalucía "feliz y de pandereta". Frente a ella estaba la Andalucía explotada, mísera, de los campesinos y mineros que expresaban su terrible situación en los quejidos más amargos del Cante Jondo y, a veces, su escasa y sana alegría en una parte de él: en sus bulerías. En esa Andalucía desgarrada por tan amargo contraste nací yo, repito, espiritualmente; es decir, hice mía la ideología humanista y socialista que ha inspirado y fecundado toda mi obra literaria y filosófica, ideología que, pese a la tergiversación e incluso a su negación durante largo tiempo en los países que se proclamaban socialistas, he mantenido siempre tanto en el pensamiento como en la acción.

En esta Andalucía rebelde de las luchas obreras y las agitaciones campesinas viví sólo 21 años, hasta que a los siete meses de la Guerra Civil, desatada por las fuerzas políticas y sociales más reaccionarias, cayó Málaga y me vi forzado a abandonarla en el trágico éxodo de la carretera costera de Almería y de este modo dejar el suelo andaluz para no volver a pisarlo hasta 35 años después.

Tuve la fortuna, como miles de republicanos, de poder acogerme, al terminar la guerra, a la hospitalidad, tan generosa como desinteresada, que nos brindó el entonces presidente de México, Lázaro Cárdenas, y fue aquí donde se desarrolló la trayectoria que hoy reconoce la Junta de Andalucía, que tan dignamente representa a la Andalucía demócrata y autónoma de hoy, más justa y más igualitaria, que la que yo conocí y con la que soñé durante tantos años en el exilio.

Debo decir ahora, como hago cada vez que tengo ocasión para ello, que los frutos de esta trayectoria ­mi actividad docente durante más de 50 años y la treintena de libros publicados sobre filosofía, teoría política, ética, marxismo y filosofía de la praxis­, como la obra de tantos otros exiliados, no habría sido posible sin esta noble hospitalidad, ya que la alternativa que nos esperaba en nuestra patria de origen era la prisión o la muerte.

Debo expresar también, como he reiterado en otras ocasiones, que esta obra hubiera sido imposible sin la presencia de una institución que nos ofreciera la oportunidad de realizarla y con la que hemos tratado de corresponder, aunque sea sólo en parte, al inolvidable cobijo que nos brindó México. Esta institución es la Universidad Nacional Autónoma de México, en la que en condiciones de libertad de pensamiento y con su apoyo material y aliento espiritual pude desenvolverme intelectual y humanamente. Por eso mi agradecimiento a la Junta de Andalucía tiene como premisa mi enorme gratitud a México y a la UNAM.

Para mí, este homenaje es hoy motivo de grandes satisfacciones. Una de ellas es que se celebre en el marco de una feria internacional del libro, tan prestigiosa como la de Guadalajara, precisamente cuando Andalucía, como invitada especial en ésta, puede mostrar su grandeza tradicional y moderna.

Otro motivo de gozo es que este acto-homenaje tenga lugar aquí, en el Paraninfo de esta universidad de Guadalajara, con la que estoy vinculado por años en que fui profesor huésped en ella y que tanto me ha honrado con el doctorado honoris causa que me otorgó hace dos años. Y enorme satisfacción me produce, también, contar en este acto con la participación que tanto aprecio y agradezco de mis amigos y colegas: Federico Alvarez, María Dolores Gutiérrez Navas, Javier Muguerza, Ambrosio Velasco y Luis Villoro.

Así, pues, pongo punto final reiterando mi emoción y mi gratitud a la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, porque en este acto se reconoce mi trayectoria personal e intelectual y me reafirma en mi triple condición de andaluz, de antiguo exiliado y de militante de una casa a cuyos ideales humanistas, libertarios y socialistas he tratado de permanecer fiel desde mis años juveniles en Málaga hasta nuestros días.

* Texto leído en el homenaje de la Junta de Andalucía a Adolfo Sánchez Vázquez en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2006.

27 de noviembre de 2006.

 
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