Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 3 de diciembre de 2006 Num: 613


Portada
Presentación
Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA
Más allá de la belleza
MIGUEL ÁNGEL MUÑOZ entrevista con YANNIS KOUNELLIS
Una muestra llamada a ser referente
EDUARDO ESPINA
Gonzalo Portocarrero, en prosa y en verso
PEDRO GRANADOS
Síncopes
(fragmentos, inédito)

ALLAN MILLS
Réquiem por un fracasado
GUSTAVO OGARRIO
Santa María de Onetti
CARLOS PASCUAL
De la corrección política
RICARDO BADA
Lo que el viento a Juárez
Mentiras transparentes
FELIPE GARRIDO

Columnas:
A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Mujeres Insumisas
ANGÉLICA ABELLEYRA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Teatro
NOÉ MORALES MUÑOZ

Señales en el Camino
MARCO ANTONIO CAMPOS

(h)ojeadas:
Reseña de Jorge Alberto Gudiño Hernández sobre Las motivaciones inútiles

Cuento
Reseña de Alejandro Michelena sobre Un rico universo narrativo


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 


VERÓNICA MURGUÍA

DE LA MODA…

Aunque sé que es una pasión banal, padezco interés por la ropa. Uso el verbo "padecer" con intención, pues me resulta antipático que el tema me ocupe, ya que vivo en este país, donde tanta gente apenas tiene con qué taparse. Me da culpa pues, pero la ropa me llama la atención. No la que uso yo, pues carezco de gracia para "combinar" y no tengo ni inclinación, ni dinero para seguir la moda.

Para desesperación de mis amigas suelo ir por la vida en pants, camiseta y tenis. Soy una facha.

Cuando me esfuerzo por vestir bien, a pesar de toda la ropa que he mirado en la vida, no lo logro. Tiendo a comprar cosas en oferta aunque no sean de mi talla o no me favorezcan. Cuando compro ropa de segunda mano me dejo seducir por detalles como botonaduras, el corte o la tela, y me vale si es cien tallas más grande, más chica, o de hombre.

De plano la riego: un Año Nuevo me vestí con un traje que parecía de Gatúbela y que provocó unas reacciones tan raras y unas risitas tan burlonas, que a las 11 de la noche me cubrí púdicamente con un jorongo que me prestó el dueño de la casa donde cenábamos y a la hora del brindis me traté de escapar, porque estaba idéntica a Madaleno, el de El club del hogar. Mi afición pues, es científica.

Creo que mi interés comenzó cuando, de niña, me cayó en las manos un libro sobre la reina Isabel i, estampado con pinturas y grabados de la época. Entre las ilustraciones había una reproducción del célebre Retrato de la Armada pintado para conmemorar el triunfo de la flota inglesa sobre la española. En él, la reina aparece vestida con un vestido recamado de perlas, moños de seda rosa, bordados de oro y plata sobre raso blanco y una gola de encaje que parece un plato. Un lujo que rebasa, ahora lo sé, hasta las más delirantes fantasías actuales o los precios más inmoderados de la alta costura. Me parecía imposible que alguien se vistiera así. No sólo por el dinero que debía costar, también por lo incómodo. "¿Cómo le hacía en el baño?", me preguntaba. El vestido me parecía al mismo tiempo sublime y amenazante, y yo lo miraba hechizada.

Desde entonces, me fijo en la ropa de los personajes en las pinturas, en los daguerrotipos, en las fotos. En las esculturas griegas, en las miniaturas persas, en los códices aztecas. Me di cuenta de que a lo largo de la Historia y en todas las latitudes, la humanidad ha depositado en las telas y las pieles anhelos, fantasías, secretos y mandatos. Eso es un uniforme militar, un hábito religioso, un traje de torero o un overol de mecánico: ropa.

Desde las severas prohibiciones de Quíos en la Grecia helénica –sólo una banda de púrpura en la túnica para los nobles, o la muerte–, o las extrañas connotaciones de los zapatos con puntas de un metro de las cortes medievales; desde las rígidas túnicas florales de los samurai, hasta las tocas de las monjas: este es un lenguaje cotidiano que todos hablamos y que tiene acentos y giros que me dan curiosidad. Me intrigan los polisones, las crinolinas, las pelucas, los zapatos de plataforma, las corazas griegas con torsos modelados, las vestimentas talares de tantas religiones: las sotanas negras, rojas, blancas; los mantos naranjas de los budistas; los sombreros de los rabinos, los turbantes de los sikhs, el fez, que permite al orante oprimir la frente contra el suelo sin que el ala estorbe, y las gorras de béisbol.

Acerca de las prohibiciones, algunas son transparentes, como las que rigen la desnudez, o la inquietud que provoca el travestismo: todo esto, obviamente tiene que ver con el ordenamiento de la sexualidad y la represión. Pero otras son misteriosas. Por ejemplo, las telas a rayas fueron, en la Edad Media, signo de ignominia. Los carmelitas, única orden católica que usó hábito a rayas, tuvo que renunciar a su estampado en 1287. En 1295, para que no quedara duda, el papa Bonifacio viii confirmó la prohibición con una bula especialmente redactada con este fin. El historiador Michel Pastoreau dice que esta idea pervive en los uniformes de los presos, en las camisetas de los marinos y en el campo de concentración. Qué extraño.

Pero hay cosas aún más raras como lo comentado en esta cita irresistible de John Julius Norwich sobre los hunos: "Su ropa estaba hecha, sorprendentemente, con pieles de ratón de campo toscamente cosidas, y las usaban continuamente hasta que sola se deshacía."

Si el hábito hace al monje, ¿qué monje sería ése, vestido con pieles de rata?