Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 10 de diciembre de 2006 Num: 614


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DE LA CIMA A LA SIMA

ENRIQUE HÉCTOR GONZÁLEZ

José María Pérez Gay,
La supremacía de los abismos,
La Jornada Ediciones,
México, 2006.

Un precipicio es una tentación vertical. Su magnetismo es el del horror: nos repele con la misma angustiante fuerza con la que nos atrae. Y sin embargo, el verbo precipitarse, que en su origen debió referirse a la acción de caer (como una piedra en un barranco, como la lluvia desde las nubes más robustas), también alude a esa caída inesperada en la desesperación que es producto de una prisa censurable. Por alguna recurrente costumbre de las semejanzas, la palabra abismo, lo mismo que en el caso anterior, ha generado un verbo cuya significación se ha separado del sustantivo original de manera notable, pues abismarse apenas recuerda la hondura de un precipicio y más bien apunta al placentero letargo en que se hunde el que se distrae en su propia concentración, el que se separa del mundo y se ensimisma quizá para comprenderlo mejor.

En La supremacía de los abismos, José María Pérez Gay reúne quince ensayos que, aparecidos como artículos periodísticos durante el último lustro, ilustran a su modo los matices de una mirada: una conciencia que sobrevuela el abismo, registra sus profundidades, anota lo que ve e invita a meditar sobre la dramática cartografía de un mundo que se resquebraja pero que, al mismo tiempo, es todavía dócil a la reflexión. A la manera de Montaigne, quien justo bajo esta premisa dio origen al ensayo como género, Pérez Gay no elude la apreciación subjetiva a la hora de pensar el mundo, se incorpora de espíritu completo a la aventura personal de escribirlo y beneficia esa escritura mezclada y sin fronteras que es, debe ser siempre la de un ensayo, con el aderezo de la anécdota oportuna, el diálogo novelesco, el flashback biográfico acerca del o de los protagonistas de su reflexión y el recurso al recuerdo.


Foto: Carlos Cisneros/ archivo La Jornada

En "El infierno de Chernobyl", tercero y último de los trabajos de la primera sección del libro, dedicada a examinar un primer barranco, el de las catástrofes nucleares, Pérez Gay asume la voz de un escritor ucraniano, Yuri Andrujovitsch, como la interlocución necesaria (el timbre de un poeta siempre será una luz amable, aun en medio de la desolación: Pérez Gay se vale en muchos ensayos de este canon imprescindible) para sesgar, sosegar el horror de un accidente que, afirma el autor, precipitó la debacle del imperio soviético, formalizada sólo tres años después. Así, la independencia de Ucrania (escribe Andrujovitsch sobre el hombro de Pérez Gay), "tiene el amargo sabor del Apocalipsis".

Otro contrapunto notable, aparte de las voces que se unen a la del autor en citas que evitan, afortunadamente, el matasellos de la referencia puntual a la página de procedencia, es el de las fotografías incluidas. Se trata de un archivo gráfico lleno de intención e intensidad, una memoria visual episódica que enaltece, por oposición, la pulcritud de la prosa,y vuelve ominosa la seducción que las palabras siempre tienden a generar en el lector: vemos cuerpos mutilados, ciudades diezmadas, rostros enlodados en la desesperanza. Sin embargo, y me parece que es ésta la mayor virtud de la selección de imágenes, los abismos del genocidio balcánico o checheno, de la barbarie en Camboya o la paroxística paranoia de levantar un muro en la frontera sur de Estados Unidos, revela su verdadero rostro humano en las fotos paradójicamente asépticas de Milosevic y Hitler, de Dudáyev, el lobo del Cáucaso, y de la dudosa barda cuyos primeros tramos empiezan a ensombrecer cualquier rastro de entendimiento entre México y su vecino incómodo.

Pero así como la amplitud temática del libro parece querer abarcarlo todo, la precisa y, a todo esto, abismal cultura germánica de Pérez Gay se manifiesta por todos lados. Se advierte desde la revisión histórica del sino político alemán en la primera mitad del siglo pasado (donde, a decir de la sección Germania: los mil años, segundo despeñadero del libro, "no hemos salido del horror de la guerra del siglo xx –una guerra que se prolongó treinta años, (1914-1945)"), hasta el talentoso retrato de Sigmund Freud y Elfriede Jelinek en la última parte de la obra, que aunque nacidos en esa "flor en el ojal" de Europa que es Austria –la metáfora es de Pérez Gay y la aplica a la escritora que mereció el Premio Nobel de Literatura en 2004–, pertenecen en lengua y espíritu al ánimo de un pueblo que, junto con el francés, ha procreado a los más grandes pensadores de Occidente.

Esta evidente germanofilia hace que Pérez Gay recurra, por lo menos en un par de ensayos, a la figura del poeta alemán Hans Magnus Ensenzberger, que es también un activo combatiente político desde la tribuna del pensamiento, donde realmente se dirimen ideas y no se demacra la democracia, esa palabra que, a fuerza de decirlo todo, ha terminado, como la palabra institución, por cavar su propia tumba sin sosiego posible. Para Ensenzberger, para Pérez Gay, la profunda supremacía de la escritura consiste en que su voz, su hondura, su resonancia, es un abismo liberador frente a tanta perorata política sin eco.

La aludida apertura de los ensayos de La supremacía de los abismos a la voz de algunos poetas, me invita a incorporar a esta reseña, quizá por mero mimetismo, lo que en un espléndido poema dice el propio Ensenzberger: "Sabemos que hay que hacer algo inmediatamente" –establece en su primer verso la "Canción para los que saben". Y continúa: "pero naturalmente es demasiado pronto para hacerlo/ pero naturalmente es demasiado tarde para hacerlo/ lo sabemos". Entre ironías y fatalismos ("y que a nadie podemos ayudar verdaderamente/ y que nadie verdaderamente puede ayudarnos/ lo sabemos"), el poema va insistiendo en el perfil frívolo del conocimiento ("que echamos dos terrones de azúcar en el té", "que los cigarrillos han subido de precio/ lo sabemos") hasta encontrarse con el mero vacío, el abismo de que, naturalmente, "nuestros vaticinios se mostrarán ciertos/ y no sirven para nada/ lo sabemos". El verdadero derrumbe, coinciden Pérez Gay y Ensenzberger, ocurre cuando la palabra vela y no revela la realidad, cuando la cima del saber sólo profundiza la sima de la incomprensión y el horror.

Quiero asumir que Pérez Gay no quiso destacar, con el título de su libro, la prevalencia de la funesta fiebre de catástrofes y conflictos que se ha cernido sobre el mundo, el deterioro evidente que la disipada moral política del país más poderoso del planeta ha inoculado en sus víctimas (que somos todos, mal que le pese a Huntington), la supremacía del enfrentamiento y la desavenencia sobre el acuerdo y la disposición a resolverlos; o, por lo menos, que no solamente estaba pensando en ello, sino asimismo en esa capacidad tan humana, tan generosa y tan necesaria de abstraerse del mundo, de abismarse, menos para eludir la responsabilidad de actuar en él que para concentrarse y pensar, ensimismarse y sugerir, detenerse y proponer luego un barrunto de salida, una remota puerta que sólo se divisa y se alcanza con la miserablemente escasa divisa de la reflexión.