Usted está aquí: jueves 14 de diciembre de 2006 Política El peso y los pesos de la geografía

Soledad Loaeza

El peso y los pesos de la geografía

Afirmar en México que "geografía es destino" es para muchos una provocación. Sin embargo, la evidencia territorial se nos impone día con día con más contundencia, si se puede, que las realidades económicas. No ha sido gratuito para nuestra historia ni para nuestro desarrollo que compartamos una extensa frontera con Estados Unidos, y si miramos con atención muchos asuntos que a primera vista son materia soberana, como pueden ser procesos electorales o decisiones de política de seguridad, encontramos que tampoco ésos escaparon a la larga sombra del vecino del norte. Es un lugar común de la historia mexicana del siglo XX que el presidente Cárdenas eligió para sucederlo en la presidencia de la República al moderado Manuel Avila Camacho, para aliviar las inquietudes que inspiraba en Washington el general Mújica, que probablemente habría mantenido y aun profundizado las políticas radicales del cardenismo. No hubo en la opción avilacamachista traición a la patria, simplemente el reconocimiento de que la contigüidad territorial con una superpotencia es un dato que genera sus propias reglas y una poderosa restricción que pesa sobre las decisiones de todo gobierno, sea éste del color que sea. Es indiscutible que la elección del presidente Cárdenas tuvo consecuencias de largo plazo sobre la forma cómo enfrentamos la segunda mitad del siglo.

No obstante el discurso público que durante décadas sostuvo la apariencia de que los gobiernos priístas actuaban en ejercicio de una soberanía absoluta, en particular respecto a Estados Unidos y en materia de política exterior. No obstante, lo cierto es que la cooperación entre los dos países fue mucho más frecuente y sostenida de lo que admite la historia oficial de la política exterior mexicana que está plagada de estereotipos y verdades a medias. Hasta por lo menos los años ochenta la relación bilateral transcurrió con base en una serie de sobrentendidos, uno de los cuales era que pese a discrepancias públicas y desplantes retóricos, entre ambos países existía una alianza fundamental en temas críticos, sobre todo en materia de seguridad. Desde esta perspectiva no es de extrañar que en octubre de 1962 el gobierno mexicano se haya sumado en forma incondicional al repudio a la instalación de misiles soviéticos en territorio cubano. Tampoco debería sorprendernos que el presidente Nixon sintiera una gran simpatía por Luis Echeverría, ni que éste le ofreciera a su contraparte en la Casa Blanca levantar la causa del tercer mundo para evitar que lo hiciera Salvador Allende y para restar influencia a Fidel Castro entre los países subdesarrollados.

A nadie debe escandalizar que México esté integrado al perímetro de seguridad territorial de Estados Unidos, como lo está Canadá. Es un hecho geográfico y estratégico, no es una opción, sino un asunto que poco tiene que ver con la "voluntad política", esa quimera con la que es preferible no bailar. Pensemos cuál sería nuestra reacción si nuestro vecino no nos avisara que un asaltante o un secuestrador ronda la cuadra. Veríamos en la inacción del vecino una falta de cooperación cuando no un acto de hostilidad, o de franca agresividad. Europa, una región de apretadas vecindades, tiene una rica historia de alianzas asimétricas desde el punto de vista económico, pero perfectamente sensatas desde una perspectiva estratégica y de seguridad. Sin embargo, y a diferencia de lo que ocurre en la región de América del norte, la naturaleza del territorio europeo es tal que ha permitido cierta movilidad de alianzas, y los que fueron aliados en una coyuntura se volvieron adversarios en la otra. Nuestra geografía no nos deja muchas opciones.

Desde la primera edición de su libro clásico, Alcances y límites de la política exterior mexicana, publicada al iniciarse los años setenta, Mario Ojeda planteó y analizó las implicaciones de la peculiaridad territorial que une nuestro destino al del territorio estadunidense, y subrayó justamente la actitud "realista" de los gobiernos mexicanos que supieron hacer de la necesidad virtud en el contexto de la guerra fría, y negociar con Estados Unidos la cooperación en materia de seguridad a cambio de ciertas ventajas para el desarrollo económico. Lo más notable, sin embargo, fue que los mexicanos lograron el respeto de Washington a la relativa autonomía de su política interna. Los dramáticos costos para la democracia y la sociedad chilenas del golpe militar de 1973 en contra del presidente Allende que llevó al poder a Augusto Pinochet con el apoyo de Estados Unidos son una muestra del valor que podía tener para la estabilidad de los países latinoamericanos la no intervención en asuntos de política interna.

La vecindad con Estados Unidos no sólo ha sido un peso, sino que también ha representado y representa muchos pesos, todos los que nos llegan con las remesas de los mexicanos que han emigrado al norte en busca de trabajo y de una vida mejor. La proximidad geográfica es un incentivo para estos movimientos que han sido una válvula de escape para, entre otras, las presiones derivadas del desempleo crónico que nos aqueja. Como lo prueba la verdadera experiencia del pasado, la clave de una relación bilateral exitosa reside en el toma y daca de la negociación, en el que la relación entre las partes es un intercambio y no una simple y agradecida entrega.

 
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