Usted está aquí: sábado 16 de diciembre de 2006 Opinión La prisa feliz de Tomás Pérez Turrent

Juan José Reyes

La prisa feliz de Tomás Pérez Turrent

Aparecía con su paso rápido, medio agachado, siempre pensando un montón de cosas, según denotaba su mirada fija en un algún blanco desconocido. Antes de sentarse, daba la mano a todos los que encontraba, luego tamborileaba con cada uno de sus dedos sobre su morral de cuero, que descansaba sobre sus piernas. Daba la impresión de que traía prisa, pero aceptaba a la primera la invitación al café o a tomar una cerveza o a comer. Antes ­siempre tenía un "antes" que cumplía al pie de la letra­ había que ir a Bucareli a comprar Lotería (el mismo número en el mismo expendio) o ir al periódico, el otro periódico, en el que colaboraba desde hacía años.

Era un conversador como hay y habrá pocos: atento, con sus pequeños ojos brillantes dispuestos a la risa o a la ira frente a cualquiera de los despropósitos políticos que suelen registrar las pláticas más o menos informales. De cine hablaba lo suficiente: daba su punto de vista, hacía alguna evocación. No ocultaba sus admiraciones ni callaba sus desacuerdos: su entusiasmo, por ejemplo, por las obras de Arturo Ripstein o de Ken Loach, su rechazo a la posición de varios críticos mexicanos indiferentes o adversos ante la obra de Ripstein o de algún otro autor no concesivo. Amaba el cine, y, con Juan Antonio de la Riva, es el cineasta que he conocido más conocedor y más devoto del cine mexicano. Pero no amaba sólo el cine. Estudiante de filosofía, fue un lector constante y afortunado de materias diversas; fue un melómano apasionado, fino y sin aspavientos, que perseguía discos y conciertos por toda la ciudad. Fue en sus mocedades un torero de luces. Y se le llenaban de luces en toda plática taurina que enriquecía siempre con discreta sabiduría. En la plaza, como espectador, actuaba como en la sala cinematográfica y en la sala de conciertos: con alegría sigilosa, respetuosa, anhelante. Fui con él varias veces al Hipódromo de las Americas, al viejo hipódromo. Le gustaba sentarse en un bar de la zona baja. Pedíamos nuestros whiskies respectivos, un par de tortas. Nos poníamos a estudiar el programa. Sus apuntes eran precisos, agudos. Mucho mejores que su (nuestra) suerte en las apuestas. Lo fascinaba también la velocidad sobre los automóviles. No sé si porque ésta correspondiera a la de su paso propio, a pie, nervioso, apresurado. Era un conductor arriesgado, arrojado y perfecto. Devoraba las carreteras con audacia y destreza; mucho más pausadamente, practicaba otro de sus gustos mayores: la comida. No era un gourmet, sencillamente porque le habría chocado la actitud un poco sobrada o actuada de los que se ostentan como tales, pero no hay duda de que era un experto, exigente, un degustador. Un hombre de placeres: le gustaban las copas, pero no los excesos. Se diría que en esto, como en varias otras cosas, fue un hombre al que le gustó estar en los límites. Siempre, sin embargo, quién sabe de dónde brotaban la templanza y la prudencia, en medio de aquella prisa indisimulada, de aquel ánimo tan dado a rechazar las medias tintas, la mediocridad, los dobleces o cualquier sesgo reaccionario.

Tomás Pérez Turrent (1931-2006) y yo confirmamos nuestra amistad un mediodía en que le transmití mi impresión de la película del español Antonio Eceiza Mina, Viento de libertad. Ya no sé si con justicia o sin ella le dije que el guión me había parecido demasiado enredado, excesivo, farragoso. Y le pregunté si no recordaba quién lo había hecho. Con una sonrisa que no olvidaré, los ojos más brillantes que nunca y cierto rubor que obedecía no a la vergüenza propia, sino a la mía, me respondió: "Es mío". Expresé aquella vergüenza, pedí perdón. Me dijo que no me apurara, que tal vez tenía razón. Es la fecha, con todo, que no se desvanece aquel sentimiento. Enseguida recordé que tenía delante de mí al gran guionista de al menos de dos de las grandes películas mexicanas de mi acervo memorioso: Canoa y Las Poquianchis; al autor, junto a José de la Colina, de Prohibido asomarse al interior; las largas y entrañables y conocedoras conversaciones con don Luis Buñuel; al escritor erudito y divertido de un trabajo excepcional sobre Buster Keaton; a una de las presencias mayores del cine mexicano. En la historia de este cine y en la memoria de tantos que lo queremos siempre estará Tomás, Tomás Pérez Turrent, con su prisa para querernos.

 
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