Usted está aquí: martes 19 de diciembre de 2006 Cultura Gabriel Orozco, ocho salas

Teresa del Conde/ I

Gabriel Orozco, ocho salas

En la muestra del Palacio de Bellas Artes, la forma esférica o circular, sea o no seccionada viene a ser una de las constantes. Al espectador más o menos familiarizado le es fácil traer a la conciencia varios de los trabajos que han quedado prendidos en el imaginario.

Así sucede con la Citroen de 1993, las mesas de billar, el tablero de ajedrez con tan sólo los caballos, el cráneo de la Documenta Kassel (Papalotes negros) las vespas amarillas de Alemania, varias de las fotografías, como la de las sandías con gatos, etcétera.

Aunque no la hayamos visto in situ recordamos las discretas intervenciones intra el MoMA New York, que imagino pasaron casi desapercibidas para muchos espectadores: una bolita de plastilina, la hamaca en el patio de las esculturas, etcétera, y sobre todo las que efectuó en los edificios frontales de la calle 54, que llevan un título tomado del beisbol o de la adaptación precaria que hacíamos de este juego en la niñez, siempre con la posibilidad de lograr un Home run.

Las intervenciones sucedieron en 1993 y pese a que él ya había realizado intervenciones e instalaciones al abierto, fue entonces que su persona adquirió relieve definitivo, pues aquel acontecimiento tuvo amplia repercusión debido a que se efectuó en el máximo templo del arte moderno y contemporáneo.

El plano del MoMA, en el que acotó el posicionamiento de las naranjas y señales está exhibido en la Sala González Camarena, y creo que la teorización ''adentro-afuera" que entonces esgrimió y que quedó en el catálogo correspondiente fue tan importante o más que las intervenciones.

La verdad es que no me siento del todo cómoda comentando su obra, pero sí puedo decir que hay un ingrediente que me interesa mucho y es esa recolección de objetos que funcionan como depositarios de imágenes que quedaron prendidas desde etapas infantiles, cuestión, claro está, netamente freudiana aunque el autor no lo haya pensado así.

La Sala Nacional abre con un cubo blanco aplanado cuya función es sostener la oscura pelota vulcanizada e imperfecta que se ''proyecta" en la mampara frontal. Son dos trazos netos en carboncillo, integrando el círculo que permitieron sus brazos extendidos, a modo de compás. Para mí que eso tiene que ver con El hombre de Vitruvio, de Leonardo da Vinci, ahora tan de moda gracias en buena medida a la tramposa pero efectiva novela de Dan Brown, llevada a la pantalla por Ron Howard en modalidad de thriller.

Lo digo porque ese tipo de guiños es muy frecuente en la retrospectiva, así, en la misma Sala Nacional hay tres piezas dibujísticas que son resultado de accionar una pelota de tenis sobre los soportes de lona. Son realamente action paintings, la mejor es Cuatro puntos expandidos, por ser la que menos recuerda a Pollock o a Guillermo Zapfe, pero aquí lo que importa es la acción con la pelota, que también homenajea al beisbolista Pollock.

Leo una de las cédulas que dan pista respecto de los enseres dispuestos sobre mesas: ''La acumulación de objetos (...) representa una posible continuidad del contenido histórico y mítico de estos objetos". Me parece que ese pensamiento está excedido, pero acontece que en una de esas mesas hay comida que resulta antojable y sobreviene decepción al ver que está convertida en arte, por lo que resulta imposible ingerirla: uno se reprime al ver los huevos fritos perfectamente estrellados, los sandwiches tipo ''Lady fingers" con los que se acompaña el té en Inglaterra o las rodajitas de limón formando friso. Hay intención política en esto y también cierta maldad al adjuntar piezas medio chatarra que pueden tomarse como pasteles de chocolate o la zanahoria de fierro gigante del color de un salsifí. Cerca de ésta, cornetines también de fierro guardan parecido con las rodelas de la Dama de Elche.

Entre Los objetos inclasificables en estado de tránsito hay algunos que provocan nostalgia, como las tinitas de lámina apiladas que hace varias décadas era posible obtener en el mercado de San Angel, o como el escudo del Partido Comunista Mexicano, en tanto que el prisma irregular ahuecado al que se podría ingresar en el país de Liliput, hace pensar en la tumba de la Reina Maya.

Cerca, la pequeña maqueta de madera, como casita de muñecas ''manierista" se verá después ampliada como proyecto arquitectónico y un conjunto de empaques de focos Philips, vistos en ortogonal adquieren matiz de containers. Avanzando en el recorrido se aprecian de frente a través de una de las muchas fotografías que se exhiben, por cierto que en varias encuentro ''salutaciones" o veladas alusiones a Manuel Alvarez Bravo. Cada quien ''lee" como puede, la postal medio mordida de uno de los autorretratos de Rembrandt joven (este año es también año Rembrandt) aplicada asimétricamente en un negrusco artefacto de lámina, produce anhelos de visitas a museos y de paso trae a colación los aguafuertes, puesto que el ácido ''muerde" la plancha.

 
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