Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 24 de diciembre de 2006 Num: 616


Portada
Presentación
Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA
Las bragas de la reina
GABRIEL SANTANDER
El sonido del fuego
ENRIQUE H. GÓMEZ LÓPEZ
Desencuentro de cadáveres
GUADALUPE LIZÁRRAGA
Nevermind en Cozumel, Miles
ROBERTO GARZA ITURBIDE
Rumi
RUBÉN MOHENO
Paraíso con gatos
PABLO SOL MORA
Al vuelo
ROGELIO GUEDEA
Mentiras transparentes
FELIPE GARRIDO

Columnas:
Y Ahora Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

La Casa Sosegada
JAVIER SICILIA

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Indicavía Sonorosa
ALONSO ARREOLA

Tetraedro
JORGE MOCH

(h)ojeadas:
Reseña de Enrique Héctor González sobre Desde el tiempo


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HUGO GUTIÉRREZ VEGA

PERSPECTIVA MEXICANA DE MAX AUB (V DE X)

Yo encuentro una relación muy estrecha entre el clima espiritual de El laberinto mágico y los cuentos escritos en México. Se puede decir que Max cultivó la novela río, pero, sin entrar en los detalles propios de los catalogadores, hay que agregar, como dato para la reflexión, que toda su obra está escrita en una sola corriente que fluye sin parar y pasa por los fértiles campos de Valencia y Cataluña, los desiertos de Almería, las calles de Madrid, los campos de concentración de los franceses, el pudridero argelino, el vasto Atlántico recorrido en un barco inseguro, el perfil de Veracruz que algo tenía de tierra prometida, el duro altiplano mexicano, el trópico, la ciudad de los aztecas y capital de la Nueva España con sus cafés atestados de españoles en espera de la muerte de un hombre y gritando, gesticulando, en medio de los comedidos, silenciosos mexicanos. Tal vez me equivoque, pero creo que esa visión global es indispensable para entender la obra riquísima de un hombre modesto y burlón dedicado a escribir "porque eso era lo único que lo mantenía divertido".

En el magnífico ensayo de Soldevilla sobre la obra de Max Aub, la parte dedicada al análisis de los "cuentos mexicanos con un pilón", es demasiado apresurada. Claro que el autor del ensayo no tenía tiempo para detenerse en esa parcela de la obra de Max y, por otra parte, tal vez no quiso meterse en honduras y mostrar el desconocimiento de la literatura mexicana característico de un buen número de críticos españoles seguros –a pesar de los esfuerzos de Colón, Pizarro y Cortés– de que la tierra digna del análisis cuidadoso y apasionado termina en el finisterre gallego. Es lástima que Soldevilla no se detenga a estudiar las relaciones de Max con la literatura mexicana, limitándose a exaltar la capacidad de adaptación al lenguaje y sus giros populares alcanzada por el francés, alemán, valenciano, marroquí, español y mexicano que fue Max. Claro que es notable la manera en que captó las formas que el español adquirió en las tierras mexicanas, pero eso es secundario. Lo realmente importante es que algunos de los cuentos mexicanos de Max participan directamente de la perspectiva mantenida en esos momentos por la literatura mexicana. No son, en suma, cuentos sobre México escritos por un admirado y amable extranjero (ya se trate de Huxley, Lawrence, Lowry, Conrad, Steinbeck, o Greene); son cuentos escritos por un autor mexicano que participaba activamente en la formación de un estilo de contar propio de un país en un preciso momento histórico, cuentos solidarios con las preocupaciones literarias, sociales y políticas de los escritores insertos en una realidad que deseaba describir y anhelaban transformar. Sólo Max y Valle Inclán deben figurar en la historia de la literatura de nuestro país, por derecho propio, por adquisición literaria de la carta de naturalización. No estoy vaciando un elogio retórico, sino constatando un hecho literario que debe ser ampliado y comentado por los críticos profesionales.

Tal vez el cuento que comparte, con mayor fuerza, el ambiente espiritual de la narrativa mexicana, sin menoscabo de la originalidad de Max, sea "Memo Tell". El Coronel Serafín Gómez es un personaje con una carga de vida tan grande que parece haber sido creado por un connacional conocedor, no sólo a fondo sino "de corazón", como dicen los italianos, del lenguaje, las costumbres y la sensibilidad propia de una época caracterizada por los constantes conflictos y el permanente –recordemos a Unamuno– "sentimiento trágico de la vida". El lenguaje reticente, laberíntico, a veces enmascarado (Octavio Paz habla del lenguaje como máscara en la vida diaria del mexicano), del Coronel (no coronelito sudamericano, como lo llama Soldevilla, recordando, sin duda, al Coronelito de la Gándara, el personaje pluriiberoamericano de Valle Inclán), Gómez, de Severiano, de Rufino Colmenares y del mismo General Villa. El cuadro de Guillermo Tell "con hermosos picos nevados y laderas verdes y azuladas", colgado en la mugrienta pared de Ojo del Río, el pequeño pueblo mexicano, es el centro de una narración directa, sencilla y, sobre todo, llena de verdad. ¿Costumbrismo? ¿Qué es eso del Costumbrismo? ¿Y qué gran escritor no es costumbrista? ¿Acaso no eran costumbristas Joyce, Proust y Galdós? Sí, y de la mejor especie (Monsivaís piensa que si Kafka hubiera nacido en México habría sido un escritor costumbrista).

(Continuará)

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