Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 31 de diciembre de 2006 Num: 617


Portada
Presentación
Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA
El hombre tan puro
como Lucifer

GRAHAM GREENE
Las cinco dificultades
para decir la verdad

BERTOLT BRECHT
"La lección del águila"
GILBERTO OWEN
Tierra de dos soles
RICARDO VENEGAS
Entrevista con ANTONIO DELTORO
Don Lupe Reyes: el
oficio del destino

AGUSTÍN EECOBAR LEDESMA
Mentiras transparentes
FELIPE GARRIDO

Columnas:
A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Mujeres Insumisas
ANGÉLICA ABELLEYRA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Teatro
NOÉ MORALES MUÑOZ

Señales en el Camino
MARCO ANTONIO CAMPOS

Ensayo
Reseña de Javier Buenrostro sobre El otricidio de Occidente


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 


MARCO ANTONIO CAMPOS

ROCABULARIO

La Editorial Icono de Colombia publicó hace unas semanas el libro Rocabulario. De aquí y de allá, entresacando de múltiples publicaciones de Juan Manuel Roca, el compilador Henry Posada, en una suerte de arte combinatorio, hace un retrato, de la A a la Z, del gran poeta colombiano. Hallamos en el libro aforismos, reflexiones, destellos humorísticos, breves casas imaginarias construidas con palabras, juicios literarios, minicuentos que habrían encantado a Torri y a Arreola (como las brevedades sobre los pintores Francis Bacon y Van Gogh)... Es un libro sorprendente en dos sentidos: por lo sorprendentemente bien hecho, y por ser una caja de sorpresas donde relucen continuamente la inteligencia, la imaginación y el humor, y donde hallamos esa rara facilidad de Roca (que la tiene también en la conversación) para las paradojas y los juegos dialécticos. Es un libro, como dice el prologuista Ignacio Ramírez, amigo de la infancia del autor de Las hipótesis de nadie, en el que "cada lector es libre de armar y desarmar su particular Rocabulario".


Foto: archivo La Jornada

En esta suerte de diccionario podemos más o menos, por un lado, hacer un pequeño índice roquiano de poetas y narradores dilectos (Dostoievski, Gogol, Kafka, Pessoa, Michaux, Carrol, Chesterton, Edgar Lee Masters, Auden, Dylan Thomas, Lowry, Nabokov, Borges, Rulfo, García Márquez, Germán Espinosa, Rubén Darío, García Lorca, César Vallejo, Barba Jacob, Aurelio Arturo, Giovanni Quessep), y por el otro, descubrir sus fervores artísticos: la pintura, quizá su segundo arte más próximo, y por el cine italiano (Fellini por delante), la ternura triste de Charlot y las máscaras del teatro Noh, la buena música popular latinoamericana y la música del África... Pero de todo y en todo sus dos grandes tablas de náufrago para la salvación en un mar sin salvación son la poesía y el cuerpo de la mujer.

Dentro de los varios pesimismos de Roca el más triste acaso se refiere a Colombia, que ya no parece un país o al menos parece ir dejando de serlo. Por eso la historia de Colombia se ha escrito con los dos extremos del lápiz, sí, pero más que con el de la punta de grafito con el de la goma de borrar. La visión de Roca de Colombia está llena de tristeza y de rabia, de desilusión y desesperanza. "En Colombia la guerra viene siempre después de la postguerra", dice en una frase en la cual dibuja de la violencia la espiral sin fin que sólo terminará en el sinfín. Por eso quizá Roca ame tanto a México, porque ambas tierras se ven mutuamente en un espejo doble y ahondan más en su infierno que en su cielo. Por eso quizá vea a México como su segundo país, o inconscientemente, diría yo, como una nueva ausencia de país, y llegue noble y tristemente a decir: "Me siento más ciudadano de Comala que de Macondo. Al menos visito más a sus muertos." Si no hubiera nacido en el barrio de La Floresta, en Medellín, imagino, me doy por imaginar, lo habría hecho en el de Coyoacán, de nuestra Ciudad de México.

Hay aforismos en el libro donde se conjuntan la poesía y un hondo conocimiento de la vida, como éste sobre los exiliados: "Son hombres cuyo país no es más que un trozo azul de lejanía"; o éste, despreciativo sobre el poder: "Con coronas de nieve bajo el sol, cruzan los reyes"; o éste, que es en desmedro de la esperanza de vendrán mejores días: "Tiene más futuro la semana pasada", o last but not least: "Los niños son siempre, irremediablemente, extranjeros." Salvo, entre otros, nuestros panistas en el gobierno, fundamentalistas nauseabundos de cruz y espada, es imposible no estar de acuerdo con él, cuando dice con un humor no exento de ira y desprecio: "Que alguien me diga si hay algo más inútil que el amor del Papa a la humanidad."

En la sucesión de breves o brevísimos fragmentos encontramos también sus fobias: el nacionalismo hueco y los falsos héroes, los oportunistas y los narcisistas, los pintores desvitalizados y los poetastros que no se dan cuenta siquiera en su gran vanidad que lo son, los novelistas que escriben libros más para ser filmados que leídos y los poetas que aspiran a ser épicos en un tiempo sin héroes... Si no se puede acabar con la estupidez y la mediocridad, nos decimos, al menos permitámosle a Juan Manuel Roca, que en una gran batalla lúdica, nos aligere el aire y nos ayude haciendo un tiradero de estatuas lights: "Mario Benedetti es a la poesía lo que Oswaldo Guayasamín a la pintura, lo que Silvio Rodríguez a la música, lo que Eduardo Galeano a la historia, lo que Isabel Allende a la novela, es decir, lo que Julio Iglesias a la filosofía."

Es una tristeza, sin embargo, que todavía viviendo o ya habitando en las múltiples ciudades de la muerte, no podamos los amigos ir a visitar la tumba de este extraordinario "cazador minimalista". Él mismo ha dejado escrito sobre una lápida imaginaria un epitafio que es, por un lado, festivo, y por otro, hallamos en él una desilusión ácida que llama a la extrema soledad: "No estoy para nadie."