Usted está aquí: miércoles 10 de enero de 2007 Opinión La fugacidad de Persia

Javier Aranda Luna

La fugacidad de Persia

Las imágenes verdaderas trascienden hábitos, estilos, generaciones. Son imágenes de los orígenes, del despertar de las formas que surgieron del caos. No se extinguen con la mirada del hombre pues nos hacen aflorar las figuras que más nos hacen falta. Y siempre nos hacen falta. Las grandes obras están hechas sólo para el presente; mejor aún: sólo en el presente existen. No hay ateo militante a quien no conmueva el toro alado que ha subsistido siglos desde que fue labrado en piedra o repujado en oro, bronce, plata, diseñado en cerámica o convertido en letra, en el alpha, en el aleph que nos acompaña. Un toro alado es el centro de la exposición Persia: fragmentos del paraíso. Tesoros del Museo Nacional de Irán, que actualmente se exhibe en el Museo Nacional de Antropología.

Según Benjamín en las notas que serían su Libro de los Pasajes, en toda verdadera obra de arte hay un lugar en el que quien se sitúa recibe un frescor como el de la brisa de un amanecer venidero. Frente a ellas no sólo el pasado está presente, nos anticipan el tiempo por venir. Los grandes objetos de arte, las grandes obras encierran, en sus formas, la promesa de la vida. Y ¿qué mejor muestra de ello que el toro, símbolo de la fuerza fecunda, de la potencia elemental de la sangre, de la imagen del fuego primordial que sostiene al mundo que, aunque proscrito por Moisés, persiste en el alfabeto hebreo? Un toro alado por si fuera poco. La vida bien plantada y, como ella, dispuesta a levantar el vuelo.

En estos días en los que el temor estadunidense al terrorismo lleva la pauta de la política internacional y condena en bloque al mundo musulmán, conviene recordar que buena parte de la civilización de occidente surgió en el oriente medio: del arca de Noé a la contabilidad ­registrada en tablillas de arcilla con signos cuneiformes­ y cuya máxima expresión se registró en las grandes ciudades: en Babilonia o en Persépolis, como ahora ocurre en Wall Street. No me parece casual que el símbolo de la prosperidad de ese centro financiero moderno asentado en Nueva York sea un inmenso toro de bronce. ¿Lo será?

Persia: fragmentos del paraíso, es un mosaico vivo de 367 piezas. En esta exposición el pasado no alumbra al presente o el presente al pasado. El pasado vive entre nosotros y promete vida. Leones, águilas, gacelas, liebres, flores, palabras, voces sueltas, o las arquitecturas verbales del poeta Saadi y la sombra pétrea de un Darío que escribió sobre la roca un mensaje para cada uno de nosotros en el que está seguro de nuestros días y duda de la historia: "tú que en el futuro leas esta inscripción, deja que lo que afirmo te convenza". Con estas palabras, Darío I se convirtió, probablemente, en nuestro corresponsal más antiguo. Habló con los que no estábamos, y nosotros escuchamos al que no pudimos ver. No importa: si no pudimos ver su rostro, pudimos leer las líneas de su mano...

Quizá la gran lección de estos fragmentos de la cultura persa sea que el verdadero oro de sus dioses es la persistencia de la cultura. La imaginación que nos sigue provocando. Alejandro destruyó Persépolis pero, como los griegos y los egipcios hicieron con los pueblos que conquistaron, preservó no pocos de sus dones. Para muchos el arte y la cultura es algo efímero y accesorio. No se equivocan: sólo lo fugitivo permanece y dura.

 
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