Usted está aquí: domingo 14 de enero de 2007 Política Los emisarios del pasado

Rolando Cordera Campos

Los emisarios del pasado

Los emisarios del pasado llegaron ya, pero no disfrazados del presidente Luis Eche-verría o de redentores tropicales. El populismo, en todo caso, espera que lo llamen a escena, pero lo que se impone en el escenario son las arcaicas fallas del mercado y del Estado que la revolución neoliberal presumía haber desterrado. La "confirmación" democrática de 2006 no hizo sino poner a flor de tierra las enormes imperfecciones que lastran el cuerpo político actual y el triángulo de nuestra dificultad histórica reaparece con el fantasma de la especulación... ¡con el maíz!

El abuso de la escasez de los bienes básicos estuvo en la base de los descontentos y rupturas de los primeros años de la industrialización moderna mexicana. Sobredeterminados por las devaluaciones de la época, estos abusos repercutían directamente en la capacidad de supervivencia de los pobres y del proletariado que emergía de los cambios de la Revolución, y la precaria estructura política del autoritarismo se paseaba desnuda del brazo de la represión. Devaluación, inflación y represión formaban una cadena que ponía en abierto entredicho al poder revolucionario, más aún cuando en América Latina asomaba el fantasma de la guerra fría, que se volvía casi caliente a medida que se enconaba el enfrentamiento entre Estados Unidos y la naciente revolución cubana.

De aquí salió la instrucción presidencial de Adolfo López Mateos de romper el círculo vicioso con un "desarrollo estabilizador" que combinara crecimiento económico, estabilidad monetaria y progresivo bienestar para las mayorías, sin tocar el presidencialismo autoritario. Y así fue, hasta que el Estado quedó al amparo de la fuerza y de la furia de Gustavo Díaz Ordaz y la recuperación de la legitimidad llevó a Echeverría a usar hasta el fondo y sin cautela unos fondos públicos siempre precarios. Sin el auxilio del petróleo y con una agricultura maicera en franca caída no podían sino sobrevenir la inflación y, pronto, la devaluación.

El milagro guadalupano del boom petrolero superó el castigo de Tláloc sobre la agricultura y los puertos se sofocaron de importaciones intempestivas del grano bastardo, como lo bautizara con ingenio nuestro gran Arturo Warman. Sin embargo, las aperturas económicas y políticas que siguieron a las crisis de la deuda no crearon las condiciones de un mercado moderno de bienes esenciales, liberado de la especulación arcaica, pero sí echaron por la borda la preocupación política e institucional del Estado con la ecuación original que ordenó el trazo de la economía política de la modernización autoritaria mexicana: moderación salarial; control de precios básicos y fomento productivo; creciente gasto social. En su lugar: si falta maíz, lo traemos de donde sea; si no alcanza, que coman Sabritas... o pasteles y se llenen de refrescos. Y como agravante: todo con y por el mercado, pero sin tomar nota de que los mercados mundiales cambian, las industrias se reconvierten y los usos del maíz se modifican, como empezó a ocurrir hace ya dos años sin que la "autoridad competente" tomara nota.

Qué bueno que el gobernador Ortiz nos haga las cuentas y demuestre que las alzas de precios de la tortilla no tienen justificación económica. Qué malo que se haga eco de la resurrección del peor pasado, oficiada por el secretario de Gobernación, Francisco Ramírez Acuña, el fin del año, y se sumerja en el mar de ironía: "todo este escándalo que se ha armado obedece también a que hay personas, organizaciones, etcétera, que quieren llevar ahora sí nixtamal a su molino... esta serie de declaraciones, yo diría irresponsables... están propiciando este entorno, digamos de inquietud e intranquilidad" (La Jornada, 12/01/07, página 5).

Quiénes, cómo y hasta dónde unas declaraciones inquietan y contaminan, es lo que debía sustentar un discurso destinado a modular expectativas. Pero esta vez el góber monetario se dejó llevar por el ambiente juvenil del ITAM y volvió los ojos al pasado, cuando todo se dejaba a la interpretación de los brujos.

De volverse universal, la fórmula Ramírez Acuña diría: bajarle el tono a eso del narco; acallar a quienes piden más salario o recuerdan el control de precios, o piden que pare la escalada y que si en efecto los precios no tienen racionalidad económica alguna no se queden ahí y bajen.

En sus espectros, la economía política del pasado nos persigue, porque a pesar de tanto cambio, los nuevos mandarines y sus escuderos se niegan a aprender
sus lecciones.

 
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