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Leon Bendesky

Beckham # 7

El canal de noticias por televisión CNN Internacional machacaba hace unos días la extensa nota acerca de la transferencia del jugador inglés David Beckham, desde su actual club, el Real Madrid, al Galaxy de Los Angeles; sí, en Estados Unidos. Era una nota a la que periodísticamente se le podía sacar mucho provecho y por ello se le dedicaba bastante tiempo, y no sólo en la sección de deportes de los programas informativos que transcurren durante todo el día.

Era claro que lo que hacía relevante esa noticia no era la carrera deportiva de Beckham. Luego de jugar en los emblemáticos equipos de Manchester United y Real Madrid y haber sido capitán de la selección de Inglaterra, el destino angelino no suena futbolísticamente hablando muy relevante. Recuérdese, si no, los casos de Pelé, Eusebio, Bobby Moore, George Best y Johan Cruyff que sólo languidecieron en aquel medio.

Beckham representa dinero; hoy, mucho más que las otras estrellas que han ido a parar a la Major League Soccer. El Galaxy está invirtiendo en un activo que le será muy rentable. En el Real Madrid la llegada de Beckham en 2003 elevó los ingresos provenientes de la mercadotecnia de 42 millones de euros que representaban 27 por ciento de los ingresos totales y que llegaron hasta 136 millones de euros en 2005-06, o 49 por ciento del total, la temporada pasada esos ingresos bajaron a 117 millones y 40 por ciento.

Esa es, sin duda, una muy buena tasa de retorno del capital en cualquier mercado. En ese sentido no se equivocó Florentino Pérez cuando durante su presidencia del club madrileño armó un equipo de puras grandes figuras internacionales, pero que no consiguieron jugar juntos al futbol. Beckham no cosechó un solo palmarés ­como llaman por allá a los títulos deportivos­ con el Real. Ahora el presidente Ramón Calderón ya no puede sostener la situación por los pésimos resultados deportivos inclusive con el mando en la cancha del signor Capello.

El asunto es de dinero, tal como debe ser cuando se trata en serio de un asunto de negocios. Es poco probable que Beckham logre desatar pasión por el futbol en Estados Unidos, a pesar de que se le presenta como el más reconocible jugador del mundo. Eso es una exageración y, también, una imprecisión, pues se admite en ese medio que, en efecto, es conocido como pueden serlo otros 10 grandes jugadores.

Sí, el asunto es de dinero, ya lo sabemos en nuestro propio medio con el Chivas de Vergara. En la transacción que ha hecho el Galaxy está involucrado un contrato que podría significar para Beckham alrededor de 250 millones de dólares. Eso incluye los contratos con sus patrocinadores comerciales.

Hay que imaginar cuánto esperan allegarse los inversionistas del club conforme a los cálculos financieros de su business plan. Y el carismático David no llega solo, sino con Victoria, tal vez más reconocida entre los adolescentes que su marido y que sin duda contribuye al atractivo del negocio. El Galaxy es propiedad de la compañía AEG, parte del grupo Anschutz que también controla otros equipos de la liga como el DC United, el Chicago FIRE y el Houston Dynamo. Ya se dice que Beckham podría comprar acciones de la franquicia del Galaxy.

Ante todo somos consumidores, eso nos define en la sociedad contemporánea. Así lo había ya advertido Rosa Luxemburgo en su análisis de capitalismo en las primeras décadas del siglo XX, y esa condición avanza de manera avasalladora. Ahora, en el futbol de Estados Unidos habrá que consumir a la pareja de los Beckham.

Pero dado que primordialmente valemos como consumidores era, como siempre ocurre, bastante paradójico que en el mismo contenido de los programas noticiosos de CNN encabezados por el güerito Beckham, acompañado de su esbelta mujer, se informara de la precaria situación política de Bangladesh, que se sume de nuevo en la violencia. Una de las imágenes del reportaje mostraba a una mujer con su pequeño hijo desnudo y se señalaba que millones de personas en ese país aún viven con menos de un dólar diario de ingreso.

Dejemos la esquizofrenia para el diván del sicoanalista. También cualquier síntoma de ingenuidad que pueda alterar nuestra comprensión. Algún sentido debe poder extraerse del hecho de que en una sociedad global como la que se defiende desde la esfera del poder con su centro en Washington, no haya una fuerza ­que se pueda verificar­ que tienda a reducir la desigualdad entre grupos cada vez más definidos de la población consumidora.

Los hechos y los datos sobre los que discurren las teorías, las opiniones y apologías predominantes sobre el sistema mundial indican que el ingreso y la riqueza se concentran cada vez más entre menos individuos. Los pobres pueden en algunos casos, que aún son muy pocos, mejorar sólo marginalmente sus condiciones de vida, pero la pobreza es muy resistente sobre todo entre los más miserables y que suman cientos de millones. Mientras, las clases medias están cada vez más presionadas por no dejar de estar en esa medianía que se vuelve más precaria.

leon@jornada.com.mx

 
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