Usted está aquí: domingo 21 de enero de 2007 Opinión El naufragio del Cancerbero

Eduardo Monteverde

El naufragio del Cancerbero

Ampliar la imagen Eduardo Monteverde en la presentación de su libro Las neblinas de Almagro, en 2005 Foto: Arturo Campos Cedillo

Ampliar la imagen Portada del libro

El primero de a bordo lo besó en los labios; aquellos instantes se fueron como el agua en una coladera anegada. Aspiró el hombre para voltearse en el camarote estrecho y abrir un cofre bajo el colchón de la cama revuelta con vapor seminal. En ese beso, el incausto absorbió veneno. Sacó del arcón un paquete de Gauloises, se lo dio junto con la cadena y el dije de un colmillo de orca adolescente, engarzado en plata de las minas del Rey Salomón. Eso dijo el único marino que vestía un impecable uniforme blanco, a bordo del Estigia.*

La dársena tenía en la noche esa densidad de los puertos que no son destino. Con los regalos en la mano, humeó el aire de yodo y sodio. Nariz fruncida en un tic de asesino.

Al fondo, un barco perseguido por todos los ecologistas del infinito y del infierno, más asediado que Moby Dick, el más temido de los cachalotes. El caso estaba bilipendiado con mil y un chorros de pintura roja para recordarle su estirpe sangrienta; pintas pintarrajeadas, agujeros de petardos que le arrojaban los de Greenpeace, World Wild Life Foundation y toda suerte de vigilantes del bienestar del mundo. Los daños eran reparados con planchas y soldadura burda. La tripulación era de sombras encadenadas al infortunio, simples asesinos de ballenas, minería del Cancerbero. Del último ballenero colgaba el gancho de una grúa a un lado del casco negro, lo único que le quedaba de negrura en ese incordio del mar y un asesino, el recientemente besado, escribía de vez en cuando una especie de diario, acotaciones, memorias de puro instinto o de instintiva pureza.

Bitácora de mí mismo

Mi lugar está en las morgues. Del mar sólo me gustan los sargazos. Soy poligenérico, multisexual, asexual, pancriminal... Puedo alinear los siete sexos en una voltereta de geómetra, al igual que he navegado los siete mares triangulando estrellas con mi sextante. He vivido en las sabanas alimentado sólo por mi odio a los bovinos, ciervos, antílopes, al ñu y a la gacela Thompson, escupiendo la cáscara de los cuernos de un búfalo.

Los asesinos en serie gustan de las simetrías. Por el contrario, a mí me entusiasma el cráneo rapado de un presidiario después de que lo ha golpeado otro reo con el barrote arrancado de una celda. Me inyecto por igual goma de opio que polen de amapola, semen de reno alimentado con amanita muscaria. En el cuello, lo hago en el cuello. Me gratifica el orden al otro lado del espejo.

Me gusta el sonido de los puertos, de noche, cuando la bruma amortiza la sirena de un carguero o un marinero borracho balbucea el nombre de su barco que no recuerda. Prefiero, sin embargo, el sonido de la tijera que cae al piso en la madrugada de una morgue... Agrego... el olor a formol.

Si no mal recuerdo... Salí de Africa hace ciento treinta mil años, ¿cincuenta mil? No recuerdo, ha pasado mucho tiempo, no me siento desnudo y no llevo la piel de ningún antepasado, ni de babuinos o mandriles, ni gorilas o chimpancés.

Si acaso me sienta bien este bigote es porque soy lesbiana y alimento el imaginario colectivo. Geológicamente lesbiana, antropológicamente tortillera. También soy macho-florido-lampiño, guapo: Cromagnon en Nueva York, ladinamente tímido y abusivamente liberal. Soy de izquierdas, un comunista con casulla, mitra y capa pluvial, ahora en Veracruz, puerto fundado por un extremeño cuya tierra no tenía mar.

Sigo a un capitán vasco ballenero de Bermeo. Un asesino de ballenas. Capitán del Cancerbero. Soy un naturista, humano y racional. Tengo propósitos, reglas y acuerdos, con un núcleo de instintos de masa tal, que devora todo lo que sean emociones. Del homo sapiens soy lo más primigenio, más hardware que software; instinto, no emociones, que al fin y al cabo son instintos retorcidos con afectación y delirio. El mundo es simple, está hecho a mi medida. No tengo otra memoria que la de los siglos oscuros.

* * *

El recientemente besado bajó a los ranchos de la tripulación. Detrás de las puertas, el ronquido alcohólico de los navegantes, un arpa irlandesa, la vibración del alambre en la boca desdentada de un marinero de Arán, el golpeteo pertinaz del tam-tam por las palmas de un marinero de Costa de Marfil; proletarios de poca monta, destinados a ser tufo desde que nacieron, detritus de todos los litorales.

El Primer Oficial lo había besado: una firma de sentencia de muerte. Encontró a un marmitón en uno de los mil y un recovecos acres del Estigia; lo dejó pasar. Algunas figuras humanas son silencios. No existen. De alguna puerta salían flecos aéreos de hachís, que se pegaban cansinos a los sudores vueltos cochambre en las paredes color colmillo de un viejo lobo de mar.

Escuchó un gemido al final del corredor. Abrió un armario. Entre cubetas y trapeadores agonizaba un marinero negro con overol blanco y una jeringa clavada en el brazo. Hundió el émbolo. De un garnuchazo la hizo vibrar como diapasón. La dejó con un zumbido en fa menor que se perdió mientras subía la escalera rumbo al camarote del capitán. El negro murió en la gloria. La muerte no escoge por color, es democrática; aunque hay perros que mueren mejor que los hombres, monos araña mejor que los niños, castores mejor que los leñadores.

Giró la perilla, entró al camarote, áspid respetuoso. El capitán tenía aspecto de cerdo Landrace y consistencia obesa de Duroc Jersey. Grasa. Yacía sobre sábanas revueltas, y respiraba soporoso, con la tradición sumada de todos los hombres de mar borrachos desde la invención del ron. Apenas se logró enderezar con un eructo agudo, disminuyó la opulencia de su cuerpo abotargado, clamando por una nota grave. En la cara rubicunda asomaban pómulos medievales, ¿un jabalí hembra en su linaje materno? Al verlo parado enfrente, trató en vano de jalar un revólver bajo la almohada. El intruso le arrebató el arma, le acomodó el cañón en la sien; el otro se dejó caer solícito. Una mujer asomó en el filo de una cobija. Tenía casi el volumen del capitán, la gracia, aunque prieta, de una res Blonde D'Aquitaine con el cabello teñido. Remoloneó aterrada. Con una mano trataba de mover la barriga del marino, camiseta húmeda de sudor pardo y agujeros, como los del talón de sus calcetines verdes, que se hallaba sumido de nuevo en el sopor. La mujer se arrodilló envuelta en la manta, también horadada por candela de tabaco. Suplicó que no la matara, ella tan solo era una puta del puerto que trabajaba dos turno para mantener a un hijo que pronto iba a nacer cuando creía estar en la menopausia; que matara al capitán. El Naturalista rasgó la cobija, ella se puso las hebras como estola. Le vació una botella de ron en la pelambrera de costeña pintada y la llamó "Pigmalyon-Pigmalyon", y como penitencia la dejó recitar "pig, pig, pig...", hasta que sus salmos llegaran a sotavento. Se despedía así del Estigia. El oficial que lo besó miraba a barlovento, fumaba Gauloises, consolación vana para recordar al joven de cuya línea interglútea se había enamorado con fascinación un día que lo vio desnudo al pasar cerca de Gibraltar; un mediodía cuando aquel cuerpo se bañaba con el sudor de la brisa que perspiraba el Peñón, y entre las columnas de Hércules, un sereno repicar de testículos. Miró un rato al marinero en su memoria. Se iba aquel. Su despedida le alojaba al enamorado una ausencia más en el cerebro que lo haría estallar de vacío.

*Estigia, río que rodea al infierno griego, aguas mitológicas que cruzaban los muertos.

 
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