Usted está aquí: miércoles 24 de enero de 2007 Cultura ''Una mala persona nunca puede ser buen periodista''

Entrevista a RYSZARD KAPUSCINSKI, MAESTRO DEL OFICIO PERIODISTICO

''Una mala persona nunca puede ser buen periodista''

LOS MEDIOS ESTAN CADA VEZ MAS EN MANOS DE COMERCIANTES, LAMENTA

Los buenos lectores siempre buscan los buenos periódicos, mientras haya lectores críticos, inteligentes, existirán buenos periodistas, porque unos y otros se buscan. De la prensa de América Latina puede decirse que es la única que no ha perdido la tradición literaria, en calidad muy alta

PABLO ESPINOSA

Sus pies son tan breves que recuerdan las manos diminutas del pianista Claudio Arrau. Clava la mirada: una luz apacible de color azul cielo con tonos lapislázuli. Manos y brazos como aspas y el movimiento continuo ­como un pianista activa bemoles y pedales­ de sus pies pequeños pero que han caminado como pocos por el mundo, articulan el pensamiento en forma de palabras: ''Una mala persona no puede ser nunca un buen periodista", dice.

La sentencia tiene peso y forma porque está expresada por el más grande reportero de la historia contemporánea: Ryszard Kapuscinski, quien a sus 70 años sigue ejerciendo con supremacía un oficio noble: en una libreta breve recoge apuntes sin cesar. Observa, indaga, escrutina, reflexiona. Reportea.

Encuentro en la UNAM

El maestro por excelencia del oficio periodístico está de nueva cuenta en un país que ama, para presentar su más reciente libro, publicado en la colección crónicas de la editorial Anagrama y titulado Los cínicos no sirven para este oficio, con un subtítulo: ''Sobre el buen periodismo".

La presentación ocurrió en el campus Santa Fe de la Universidad Iberoamericana, pero tuvo un encuentro más cercano con la gente, el viernes 27 de septiembre en el auditorio Flores Magón de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Ryszard Kapuscinski concedió una extensa entrevista a La Jornada, de la que presentamos un compendio:

­En su reciente libro aborda usted el proceso ominoso mediante el cual los periódicos y los medios de comunicación en general están cada vez más en manos de comerciantes y de cada vez menos periodistas, ¿qué papel desempeña el lector en este proceso?

­Es un problema muy complejo. Estamos en una situación históricamente nueva. Antes la prensa era hecha por escritores y redactores que se dedicaban a ciertas ideas, exponían ideas, programas, no sólo se proponían informar sino también enseñar, aprender, entender el mundo. Ahora con esta revolución electrónica que tenemos, especialmente en los recientes 10 años, creció enormemente el mundo de los medios, se hizo muy grande, muy amplio y perdió esas características de tener cierta misión informativa, cierta misión de enseñanza y se convirtió en una industria grande de entertainment, de llenar tiempo libre. Eso cambió también el sentido de la profesión periodística. Felizmente no para todos.

''Lo que es caso positivo de todo ese cuadro es que prácticamente en cada país importante tenemos dos o tres periódicos trascendentes, dos o tres radioemisoras buenas, por lo menos un decoroso canal de televisión independiente. Eso significa que hay por lo menos unas pocas personas que efectivamente son periodistas, que realmente se dedican a esta profesión, que se enorgullecen de ella y que tienen cierto sentido de misión frente a la sociedad: quieren decir algo, quieren proponer algo y eso es lo que considero una cosa que vale la pena subrayar, porque hay mucho pesimismo respecto de la situación crítica de los medios y del papel que el lector desempeña en eso.''

Ambición que enorgullece

''A mí me da cierta certeza ­prosigue el autor de Ebano­ de que no todo está mal; la existencia de estos grupos de periodistas ambiciosos en el sentido positivo, que pueden enorgullecerse de lo que están haciendo. Así que en el mundo existe esta buena prensa, al lado de aquella mala. Porque es una prensa que encuentra lectores en número creciente, porque la gente quiere tener contacto con gente inteligente, que busca alguien que pueda decirle realmente algo, y eso es muy positivo.

''Los buenos lectores siempre buscan los buenos periódicos, mientras haya lectores críticos, inteligentes, existirán buenos periodistas, porque unos y otros se buscan. De la de América Latina puede decirse que es la única prensa que no ha perdido la tradición literaria, en calidad muy alta.''

­Usted ha dicho que para observar el estado que guarda el mundo no hay que ver la economía sino la cultura, visto así, ¿hacia dónde vamos hoy?

­Hacia una defensa de la identidad, porque las personas no quieren desaparecer. El proceso de globalización busca borrar a las personas del mapa, pero la resistencia de aquéllas siempre es mayor. Es una lucha que crece en lo emocional y en lo racional. Y el de la identidad es un problema de cultura. Entonces, la importancia de la cultura va a crecer, porque va a crecer cada vez más el problema de la identidad. La gente no quiere uniformarse, quiere, en cambio, enriquecerse con las diferencias. Se opone a la manera como la globalización busca desaparecer las diferencias.

El mundo de las desigualdades

­Las que no desaparecen, en cambio, son las diferencias sociales. Con el triunfo del capitalismo feroz, y ya que el tema de su vida es el de los pobres, ¿tiene más temas periodísticos que nunca?

­Sí, porque cuando uno viaja lo primero que choca es esa creciente discrepancia entre el mundo de los ricos y el de los pobres, y esas desigualdades se aparecen en todos los ámbitos: familias, sociedades, continentes, países desarrollados y subdesarrollados. Vivimos en el mundo de las desigualdades, eso caracteriza al mundo contemporáneo. Hace 50 años, cuando comenzó el proceso de descolonización de Africa y de Asia, las teorías de aquel tiempo afirmaban que la independencia de esos países resultaría en crear igualdad mundial y que la independencia política era la condición única que se necesitaba para eso. Pero hoy la experiencia demuestra lo contrario: el problema creciente de la humanidad consiste en cómo hacer este mundo más igualitario. Es el problema más grave que enfrentamos. Hay mucha utopía alrededor de esto, por ejemplo, pensar que la Internet crearía igualdad, pero eso no es cierto.

''Mire, estuve hace poco en Perú; en un pequeño pueblo de los Andes hice una fotografía de la siguiente situación: bajó de la montaña una vieja india y llevó consigo cinco huevos para vender y se paró en una callecilla pero no vio dónde, era seguramente analfabeta, porque estaba tratando de vender esos cinco huevos afuera de uno de estos Café Internet que hay por todo el mundo. Ese contraste terrible, ese trágico contraste es la respuesta a quienes piensan que mediante la tecnología se pueden resolver problemas de desigualdad social. Son problemas de cultura, de conciencia, de ciencias sociales. En cambio, creo que se gestan las fuerzas que tratan de modificar esta situación de creciente desigualdad.''

­Usted viaja y anota, escudriña, deletrea los signos de cada lugar que pisa pensando en la nota periodística que redactará. ¿Qué nota enviaría en este momento del lugar que visita?

­Me atan muchos sentimientos a México, porque viví aquí cuatro años. Llegué en 1968 y viajé por muchas partes del país y luego de ese tiempo que viví aquí, hasta 1972, he regresado muchas veces. Es uno de los países más queridos para mí y que mejor conozco. México no me resulta un país abstracto. He escrito sobre él muchas veces. En mi Guerra del futbol, en mi Lapidarium. Me siento muy ciudadano de México. Y esta es mi declaración de amor que deseo expresar.

­Usted dibuja la realidad con el método del grano de arena: en los detalles personales de la gente concentra el mundo entero, el bosque completo lo delinea con un árbol, solo, ¿es usted un árbol solo? ¿Asume ese sentido hondo de la soledad del periodista?

­Eso sí, porque en especial un corresponsal de guerra cubre acontecimientos que humanamente son importantes para él, pero no son de su cultura. Cubre sucesos que no son de su identidad. Ese es un sentido de la soledad, otro es que escribe para la gente que no vive esa misma experiencia, sino que tiene una vida normal y esas son noticias como de otro mundo, de un mundo ajeno. Hay un doble sentido de soledad, pero al mismo tiempo está el sentido de que se está haciendo algo que es muy importante, porque es el sentido de la buena prensa, de la prensa ambiciosamente humana.

''Nuestra misión es organizar, enseñar a la opinión pública mundial, porque sin la presencia de esa opinión pública, sin la presión que puede ejercer, sin el sentimiento de justicia que esa opinión puede hacer, los políticos pueden llevar este mundo al infierno. Por eso es tan importante nuestra presencia y nuestra labor.''

­Es obvio que el corresponsal de guerra enfrenta muchas cosas duras, pero, ¿qué hace, por ejemplo, con el horror?

­Es una parte trágica de nuestra profesión. La gente no puede soportarlo. Hay quienes tienen esa experiencia una vez en la vida, porque dijeron a la primera: esto no es para mí. Hay muy pocos que persisten, porque se dan cuenta de que es importante dar ese testimonio. He vivido en muchas ocasiones el horror. Son 30 años en estas pequeñas guerras regionales; muy crueles, con matanzas, torturas. Eso desgraciadamente no falta en el mundo y es muy importante que persista la gente que quiera dar testimonio de esto, porque es la única manera de despertar la conciencia en la opinión pública y el único método de tratar de parar el horror.

Sueños sencillos y buenos

­Despues de todo eso, ¿qué ha aprendido?

­No es una respuesta fácil. Una manera es decir que la respuesta está en mis libros. Otra, que necesitaría escribir otros, muchos libros. Creo que en mi experiencia puedo decir que he aprendido que la gente, por lo general, en el mundo, es buena. Que todas esas fuerzas de venganza, de matanza, las fuerzas del horror, son muy limitadas. Que lo importante es que se puede hacer algo para detener el horror. Que la gente tiene sueños sencillos y buenos. Quiere vivir, que sus hijos vayan a la escuela, tener trabajo digno. Son sueños sencillos y buenos y eso siempre va a dominar en el mundo, y que las cosas malas, como las guerras, son crueles, pero felizmente pasajeras. He aprendido que la gente buena está siempre dispuesta a ganarle la batalla al horror.

­Usted ha escrito: ''Una mala persona no puede ser un buen periodista", el silogismo lógico sería, ¿asume que el periodismo lo ha hecho una mejor persona?

­Lo único que puedo decir es que yo sólo estoy haciendo mi trabajo. Puedo decir también que para ser periodista debe tenerse el sentido de cumplir una misión. Soy periodista porque siento que tengo una misión, de hacer algo bueno por los otros. Usted que hace también esta profesión tiene ese sentimiento compartido de cierta obligación ética.

­Lo ha formulado usted así: para ser periodista es menester un sentido del sacrificio y también del apredizaje perenne. ¿Qué ha sacrificado?

­Se sacrifica todo lo que se llama buena vida, porque es una profesión muy dura. La gente suele preguntar acerca del peligro que corre un corresponsal de guerra. La respuesta es sí, corremos mucho peligro, pero eso no es todo. De lo que no se habla mucho, y es una terrible experiencia, son las condiciones como se viven esas situaciones: no hay comida, hay mucha enfermedad, calor, no hay dónde dormir. Para poder vivir situaciones difíciles hay que tener conciencia que se hace para muy altos fines, tener conciencia de que se tiene una misión: hacer el bien a los demás.

­Ante el panorama de la mayoría de los medios de comunicación en manos de comerciantes, sin embargo, ¿mantiene usted una perspectiva optimista? ¿Puede todavía el lector exigir inteligencia y verdad en lo que se publica hoy en los periódicos?

­No estoy ciego, optimista tampoco, pero creo que es importante ver que junto a ese mundo de medios grandes y poderosos hay todavía periodistas buenos y que los lectores lo saben, porque ambos, buenos periodistas y buenos lectores, se reconocen entre sí, se buscan. La gente sabe cuál es la prensa mala y cuál es honesta, no es tan pasiva como parece. Es enorme la responsabilidad que tenemos los periodistas.

 
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