Usted está aquí: miércoles 24 de enero de 2007 Opinión Cuerno de Africa: nuevo botín imperialista

José Steinsleger

Cuerno de Africa: nuevo botín imperialista

Mientras los chicos cultos nos "fracturan" el cerebro con eso de que el "islamofascismo" (sic) representaría el nuevo "enemigo de la humanidad", encumbrados científicos de Occidente avanzan en dos minutos la aguja del Péndulo del Apocalipsis, que simboliza la inminencia de un Armagedón atómico universal. ¡Guau!

Si orates del pensamiento "racional" y predicadores del Juicio Final hubo siempre, los de ahora dan vértigo. ¿Cómo explicar el promiscuo contubernio que sorprende a seudofilósofos de mercado y a científicos de renombre mundial unidos a dirigentes del movimiento evangélico anglosajón?

Amenaza nuclear. Vale. ¿Pero instigada por quiénes? El año pasado vimos a Pat Robertson, televangelista del Juicio Final, orando junto al premier Ehud Olmert durante el genocidio de Israel en Líbano. Y ahora, tras la invasión de Etiopía a Somalía (y el consiguiente derrocamiento del seudogobierno de la Unión de Tribunales Islámicos, UIT), la guerra contra el "terrorismo islámico global" (sic) ha tomado nuevos bríos allí, donde hace 80 mil años empezó el desarrollo de la tecnología básica para la supervivencia del hombre.

Para complementar estos apuntes, se torna ineludible la consulta de los esclarecedores artículos de Alfredo Jalife-Rahme, publicados en días pasados en La Jornada: "La invasión de Estados Unidos a Somalía" y "Somalía: guerra anglosajona de recursos" (14/1 y 23/01).

En ambos textos queda claro lo dicho hace más de un siglo por Mark Twain: "Posiblemente podría demostrarse con datos y cifras que la única clase criminal genuinamente americana es la formada por los miembros del Congreso de Estados Unidos (1897, "Siguiendo el Ecuador").

Esa clase criminal, representativa de una sociedad que condena la guerra de Irak no porque le cause horror, sino porque la está perdiendo y la resiente en sus bolsillos, es la que junto al gobierno de Israel auspició en los primeros días del año la creación de una nueva "ONG" llamada Warlords sans frontiéres (WSF, Señores de la Guerra sin Fronteras").

Según la agencia de noticias keniata Kayman Press Service, la WSF contó con 37 delegados de Asia y Africa y tuvo lugar en el hotel Mombassa Paradise (de propiedad israelí), y fue patrocinado por las empresas petroleras y de armas Halliburton, UNOCAL, Bechtel, Uzi y Beretta.

Entre otros gangsters y mercenarios a sueldo de la CIA, allí deliberaron los warlords que se adjudican la victoria sobre los UIT: Abdul Rashid Dostom y Hamid Karzai (Afganistán), Massud Barzani y Yalal Talaban (Irak) y Hussein Mohamed Farah Aidid (Somalia), quienes en su declaración preliminar se proponen, nada menos, instaurar en Somalia "una democracia inspirada en la constitución estadunidense".

Kayman Press agrega que con el propósito de crear un clima a tono con los "enemigos de Al-Quaeda", los "congresistas" asistieron a la proyección de Black Hawk, filme de Ridley Scott que relata las desventuras de los infantes de marina estadunidenses en la invasión de Mogadiscio en 1993.

Apoyada por Etiopía, país cuyo gobierno opera al servicio de la "comunidad internacional" (o sea Estados Unidos e Israel), la nueva alianza anti-árabe pretende recomponer la geografía política del cuerno de Africa: Etiopía, Somalia, Eritrea y Djibouti, más el sur de Sudán y amplias regiones de Kenia.

En el decenio de 1990, la voluntaria italiana Annalena Tonelli contaba que el único consuelo que los organismos de ayuda podían hacer por los niños de Somalía era darles "la agonía más serena posible". Y mostraba hileras de pequeños cuerpos que esperaban ser sepultados en las dunas playeras de lo que fue el lujoso Club Mediterráneo de Merca.

Por su lado, Peter Davis, del grupo humanitario estadunidense Interaction, explicaba que la antropofagia era el "único tabú no violado", pero que la gente trataba de comerse sus vestidos y las pieles de cabra. "Recorren 200 kilómetros a pie por el desierto en busca de poblados en los que pueden probar un bocado y un poco de líquido antes de morir. Y esto ­agregaba­ si no quedaban a la vera del camino en donde son rápidamente devorados por miles de buitres que acompañan a las peregrinaciones de hambrientos."

En la ciudad de Baidoha, ni siquiera los muertos cabían en los escasos lugares de suelo arenoso repletos de cadáveres, y los todavía esqueléticos somalíes vivos carecían de fuerza para cavar en tierra dura la fosa de sus hijos, cónyuges o padres. Los restos de niños y ancianos que morían yacían a pocos centímetros de la arena húmeda, a la orilla de un río que arrastraba agua plagada de microbios y virus portadores de cólera, tuberculosis, malaria y dengue.

En los últimos años, los Tribunales Islámicos de Somalia habían conseguido, parcialmente, contener aquella catástrofe que contó con un aliado feroz: la indiferencia del mundo exterior. Escenario que, seguramente, los "señores de la guerra" y la clase criminal que gobierna el mundo occidental, potenciarán a límites apocalípticamente efectivos.

 
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