Usted está aquí: miércoles 24 de enero de 2007 Política La estabilidad y los adioses

Luis Linares Zapata

La estabilidad y los adioses

El incremento en cascada de varios precios de productos cruciales: leche, azúcar, gasolinas y derivados, la pusieron en entredicho. El destape del kilo de tortilla muy por arriba de 8.50 pesos la ha tambaleado. Los demás aumentos que vienen (cárnicos, huevo, etcétera) pondrán un obstáculo adicional para sostener, por más tiempo, la famosa y traída estabilidad macroeconómica, piedra angular del modelo neoliberal tan en boga como en desprestigio, sobre todo si se le enfoca desde su capacidad para regar el bienestar de los de abajo.

Mientras el presidente Calderón se dedica en cuerpo y culposa alma a perseguir narcotraficantes (tarea de estricta necesidad por cierto, pero que no exige fotos diarias ni cachuchas llenas de estrellitas), el sistema productivo que le heredaron cruje a sus espaldas en casi todos sus engranajes básicos. La escalada de precios ha sido sólo un síntoma. Las causas yacen intocadas. Más aún, las solidifican el rejuego de las ambiciones individuales, la fuerza de los grandes intereses en juego que, desde el poder político, se han alentado y protegido durante años y más días desventurados. La idílica estabilidad tan presumida requiere, para su vigencia futura, ser replanteada a la luz de las nuevas realidades, muchas de ellas indetenibles.

La cadena productiva que va del maíz a la tortilla, en plena crisis, exige la revisión profunda, a detalle, de todos y cada uno de sus múltiples y complejos recovecos, todos plagados de errores y excesos por parte de los tomadores de decisiones públicas de alto nivel. Son ahora notables las omisiones de los mismos personajes que durante años confiaron, interesadamente, en las reglas del mercado como curandero de todas las desventuras. Salen a relucir las estúpidas consejas de los técnicos locales, guiados de manera hasta perversa por organismos y empresas internacionales en pos de una huidiza globalidad. Masivas desviaciones de los recursos presupuestales para favorecer empresas propiedad de personalidades precisas. Rasgos fieros de un capitalismo salvaje van quedando descapotados a medida que se avanza en las averiguaciones en esta crucial actividad para la alimentación popular. El desorden que hoy impera en la industria ha contribuido, una vez más, a engrosar los bolsillos de unos cuantos que han sabido situarse donde hay, que han medrado, como tantas veces, al amparo de ideas simplistas que logran imponerse de manera falaz y pasar, ante la sociedad y el gobierno, como verdades funcionales.

Ahora hay necesidad imperiosa de replantear todo el modelo productivo, al menos aquel que se aplica en la agricultura y sus agroindustrias derivadas. Identificar las áreas donde se han ido concentrando intermediarios que ahorcan la sana canalización de las cosechas del maíz en sus diversos derivados. Es ahí donde el acaparamiento y la concentración se transforman en regla. Es en el chico y mediano intermediario donde empieza la sangría al productor, sobre todo aquel de reducido tamaño. Pero no sólo ahí. Después están los grandes aparatos que se han ido formando bajo la tierna y a la vez tramposa cobija del gobierno. Aparecen entonces las empresas trasnacionales (Cargill en primer lugar), pero también las nacionales (Maseca) y esas otras que se privatizaron con desparpajo de compadres (Minsa).

El recuento trágico para la economía familiar sigue con el desmembramiento y finiquito de los instrumentos de apoyo público: Conasupo. Casi nada queda de aquella red de protección para los pequeños productores, para los milperos que van desapareciendo a ritmo acelerado a ciencia y descuido de los funcionarios que debían colaborar para mantener sus esperanzas. Ahora, esos campesinos apegados a su tierra, cansados de luchar contracorriente, labran los campos del norte y los hacen más prósperos y eficientes. En la boruca y el olvido consciente quedaron las semillas mejoradas al alcance de los pequeños productores, todas las facilidades se canalizaron a los productores privados de las mismas que, ¡oh coincidencia!, eran los mismos secretarios de agricultura del sexenio pasado. ¿Qué fue del crédito, dónde terminaron abandonadas las bodegas rurales?

La investigación se fue trasladando al exterior y ahora quieren devolverla en forma de transgénicos. La importación, libre de gravámenes, se hizo un desmesurado lugar común que crece con los años y las cosechas internas insuficientes. Y con estas importaciones se introdujo en el mercado interno el incremento del precio al maíz amarillo estadunidense, una de las causas de la tragedia actual que pone a la tortilla fuera del alcance de las mayorías nacionales. El resto lo ponen la excesiva especulación y los nulos controles oficiales para interiorizarse de los movimientos de unos cuantos. Otros, como Cargill, dedicaron parte de la cosecha de maíz blanco al consumo industrial y animal. El resto a sacar provecho del desorden al amparo de la nula preparación del nuevo gobierno.

La consecuencia de todo este maremagno ha sido un desmesurado incremento oficializado que pronto será tan obsoleto como feroces son las ambiciones por el dinero rápido y abundante. No existe ni habrá voluntad política y tampoco instrumentos para actuar de manera decisiva a favor del pueblo.

El salario, recién fijado como mínimo, quedó a la deriva y crece la resistencia del oficialismo para actualizarlo. El fantasma de la inflación galopante se agita para negar, de manera tajante y altanera, la posibilidad de restituir a las empobrecidas mayorías nacionales algo de lo que este vendaval tortillero les quitó.

 
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