Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 28 de enero de 2007 Num: 621


Portada
Presentación
Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA
Hacer mella, cicatrizar, construir
JOSÉ-MIGUEL ULLÁN
Sentir un dictado
OCTAVIO AVENDAÑO TRUJILLO
entrevista con ENRIQUETA OCHOA
Dos poemas
ENRIQUETA OCHOA
Economía y cultura. Botella al mar
ANDRÉS ORDÓÑEZ
Esperemos lo mejor, Ryszard
RICARDO BADA

Columnas:
Señales en el camino
MARCO ANTONIO CAMPOS

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemolsostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

Cabezalcubo
JORGE MOCH

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

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Reseña de Gabriela Valenzuela Navarrete sobre Más allá de latitudes y poesía


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Octavio Avendaño Trujillo
entrevista con Enriqueta Ochoa

Sentir un dictado

Enriqueta Ochoa (Torreón 1928) es una poetisa mística que ha enriquecido la poesía mexicana por la particularidad temática de sus poemas, alejada de la bohemia y enclaustrada en la prudencia. A los diecinueve años escribió su primer libro, Las urgencias de un Dios, publicado en 1950. Uno de sus poemas más reconocidos es Retorno de Electra (1976)fue el fruto de un trabajo interno y un luto perpetuo. Ataviada por su enfermedad y sus setenta y ocho años de edad, decide salir por un momento de su prudencia y hurgar en la memoria.

¿Cuáles son las urgencias de su Dios?

–Cada religión inventa a su Dios y cada religión explota a su Dios. Eso me da mucha tristeza porque yo siempre me estoy recomendándome a mi Dios; mi dios no coincide con los miedos ni las promesas. Debe de haber un respeto a Dios, pero lo inventan a su manera. A mí me da miedo, porque no sé si estoy equivocada. La naturaleza, la entrega absoluta del hombre hacia la creación de todo lo que hay sobre la tierra y fuera de la tierra; ésas son las urgencias. Por ejemplo, ahorita que murió mi mejor amigo que he tenido durante sesenta y cuatro años, ya no puedo dormir en las noches. Pero ahora que él murió me pregunto, bueno, necesitamos saber de dimensiones físicas, espirituales, y psicológicamente, todo lo relativo a Dios. No sabemos a dónde vamos. Yo sí tengo miedo. ¿Después de esto? ¿Dónde despertaré? Esas son mis urgencias.

–Usted se enfrentó a la censura por escribir ese libro, ¿cuénteme como fue?

–Eran de tipo religioso; había un grupo de mujeres como las de la vela perpetua que escucharon cuando los sacerdotes pedían que no compraran mi libro. Claro que toda la gente corrió a comprarlo para saber por qué no. Se me acabaron en uno dos por tres todos mis libros, no quedó ninguno para mí, y la consigna venía de lo alto de Iglesia. Ellos se preguntaban cómo era posible que una niña de diecinueve años viniera a decir esto.

–¿Cuál es su forma especial de escribir, de inspirarse?

–A mí me dictan. Me dice mi hija: "Ay mamá, no vuelvas a decir eso, porque la gente va a decir estás loca." Le digo: "Hija, necesito un ambiente especial, un paisaje bello, una música hermosa, concentración muy profunda para que yo pueda escribir algo. Yo siento un dictado." Por eso defiendo mis cosas, porque no vienen de mí, vienen de muy lejos. Durante toda mi vida necesitaba estar sentada en flor de loto para poder escribir, lo que dio por resultado que ahora no pueda caminar. Se me lastimaron mucho mis rodillas, de repente un día me caí.

–Rosario Castellanos alguna vez dijo que usted era una niña boba. ¿Cómo fue su relación con la escritora chiapaneca?

–Era egoísta a morir. Ella no soportaba que existiera otra voz. Mire, Lolita, [Dolores Castro] es un ser muy elevado, ella la cuidaba, la quería y soportaba a Rosario Castellanos. Sin embargo, se quedaba uno a solas con Rosario y no hacía más que hablar mal de Lolita Castro y disminuirla lo más que se podía sólo porque era otra mujer que escribía. Rosario era mala. Toda la gente la conoció como la mujer más inteligente, intelectual, muy buena, y es la gran mentira. Es la gran mentira. Ni a su hijo lo amó, no fue capaz de dejar, ni siquiera, su vanidad por vivir más cerca de su hijo. Fue una mujer detestable. Ella quería la inmortalidad, quería para ella todo lo mejor de la tierra, pero sobre todo, ser el único lugar, el más alto posible. Pero le llegó un accidente y se ahogó.

–¿Accidente que puede ser interpretado como divino?

–¿Verdad? Porque fíjese que cuando mandan a la Tierra a un poeta se vuelve un ser escogido. Un ser que viene a sufrir horriblemente para responder a lo más alto. Rosario se creció, se sintió que tenía que ser Octavio Paz. Disminuyo a mucha gente, lo más que pudo. Yo no puedo hablar bien de alguien que fue malo.

–¿Enriqueta Ochoa es la virgen terrestre?

–Son muchachas que se quedaron a esperar al novio toda la vida. Hay una plaza que le llaman Plaza de las Armas donde todos los domingos había una banda que tocaba una música muy romántica y empezaban a circular las mujeres y hombres para conocerse. Pero no había hombres. Y yo observaba eso y me daba muchísima tristeza, y decía: "Voy a viajar y, en algún viaje, conoceré a quien será mi esposo." No lo conocí. Pero quien fue mi esposo era francés y lo conocí en la casa de mi maestra de inglés. Se llamaba François Toussaint y me dio una hija muy hermosa.

–El Fondo de Cultura Económica está recopilando su obra.

–Yo me encontré a mí misma mucho, ahorita me están haciendo mis obras completas en el Fondo de Cultura Económica. ¿Usted cree que Rosario Castellanos hubiera permitido que una niña boba del norte, como yo, se le publicara en el Fondo de Cultura? Nunca. Entonces me mantuve a la sombra y me dejó descansar un poco, pero el Fondo ya sabía dónde estaba el peligro y ahorita ya me están haciendo mis obras completas. Si yo no he permanecido en la sombra, me hubiese hecho pedazos Rosario, de por sí desde que me conoció se puso como lince, lista. Ella sabía quién podía y quién no podía. Yo no digo que soy mejor o no que ella, pero me hubiese hecho pedazos.

–¿Cómo fue su amistad con Gabriela Mistral y Jaime Sabines?

–Gabriela Mistral era una mujer muy sencilla, sensible y muy conocedora del esoterismo. Tenía un puesto diplomático en Rapallo, Italia y le llevé un libro, así la conocí. Jaime Sabines era un señorón, era mucho más poeta que Octavio Paz. A Jaime Sabines sí le correspondía el Premio Nobel.

–Usted practica el esoterismo, ¿cuál es la visión que le da?


Foto: Rogelio Cuellar,
tomada del libro El rosotro de las letras

–Soy esotérica. No puedo dormir en las noches por la angustia que siento por las preguntas esotéricas, como es la de las dimensiones, a dónde vamos, cómo tenemos que prepararnos para ese otro viaje que hay que hacer. Mi padre era un buen hombre y él era esotérico. Gabriela Mistral también era esotérica, y pues de eso platicábamos todo el tiempo. Por ejemplo, Pita Amor era una gran poeta, sin embargo ella tomó todos los poemas de San Juan la Cruz para cantarle al demonio, como esa carta a San Juan, ¿qué tenía que meterse con San Juan? Intentaba entender a Pita Amor pero no podía. En esos grandes fiestones –me contaban porque yo vivía en Torreón– de pronto entraba Pita Amor con un abrigo de pieles y cuando ya estaba ante todos los demás, para llamar la atención se quitaba ante todos el abrigo de piel y estaba totalmente desnuda ¿Qué tenía que ver eso con la poesía? Entonces sí la atacamos muy feo, y digo la atacamos quienes entramos en la ruptura. Ella supo que andaban en Nueva York Lolita Castro y Rosario Castellanos; pues fue a buscarlas para matarlas porque se le pusieron en contra. Ha sido muy feo el camino de las mujeres, si yo no hubiera guardado la discreción que me recomendó mi maestro no estuviéramos aquí platicando.

–¿Por qué Retorno de Electra fue un milagro?

–Me siento muy contenta de haberlo escrito porque lo escribí cuando todo era terrible. Cuando yo escribía mis poemas los hacía bolita y los iba quemar. Pero como me conocía muy bien, un día decidí sólo hacerlos bolita y ponerlos en una bola de estambre en donde le tejía a mi hija sus suéteres. Ahí permanecieron. De ahí surgió el Retorno de Electra, hasta que un día en que me encontraba muy mal económicamente, los saqué y los pasé en limpio. Le gustaron mucho a Emmanuel Carballo y a Flores Tapia, quien le preguntó a Emmanuel Carballo por qué no había publicado esos poemas. En ese momento le extendió un cheque y le dijo que los quería para tal fecha. De ahí salió el Retorno de Electra. Fue un milagro.

–¿Qué ha callado?

–Mi poesía es casi mi vida, ahí sale todo. Pocas cosas me ofendían. Para mí, haber nacido, haber tenido un padre como el que tuve... Él fue mi fuerza; esta hija vino para ser poeta, le decía a todo mundo. Mi mamá se enojaba porque decía que eran cosas de Satanás. Todo lo que escribía se lo enseñaba a mi papá, él fue un gran apoyo. Cuando mi papá se murió le dijo a mi mamá tenemos dos hijas sin casar, cuídalas mucho de los militares y franceses. Se nos olvidó y yo me casé con un francés y mi hermana con un militar.

Cuando murió mi padre me volví un poco hermética, escondía mi dolor, mi desamparo. También, cuando mi hermana se suicidó con cianuro, por amor. Eso era lo que más me dolía. Yo odiaba a aquel militar. Creo que es una de las cosas que no he dicho en mi poesía, por enojo. Pero el destino se cumple. Llega uno a aprender. Ya me tengo que ir, ya estoy muy enferma. Le tengo miedo a la muerte porque no sé en qué dimensión voy a parar. Pero todos nos tenemos que ir. Pero tengo más miedo de ya no poder escribir por tanto dolor que he visto.

–¿Qué hace ahora?

–Voy a pintar y a escribir un libro en prosa poética sobre los grandes amores de mi vida. Fui muy enamoradiza. Me apasiona mucho la pintura, pero sólo he hecho dos cuadros. El campo, la naturaleza, el buen comer.