Usted está aquí: lunes 29 de enero de 2007 Opinión Martina, quijotesca

Hermann Bellinghausen

Martina, quijotesca

De madre salvadoreña y padre mitad indio seminola y mitad afroamericano, le tocó nacer en Londres, circular de niña entre Maidenhead, Somerset y Sussex, terminar de quinceañera en Bristol y crecer en sus calles, aburridas si no andas en las drogas o la música. Martina Topley-Bird tenía 16 años cuando conoció a un tipo con el sospechosísimo nombre de Tricky ("astuto" o, mejor, "tramposo"), tan racialmente indefinible como ella: en los códigos de la discriminación anglosajona ambos pasan por "negros", y punto. Arreciaban los años 90 y Tricky inventaba la banda Massive Attack, pero sobre todo a sí mismo como uno de los innovadores musicales del fin de siglo.

Tan inclasificable y múltiple como Prince, en una estirpe que nace en Jimi Hendrix, Tricky rebasó su propio género, el trip-hop, desde el primer disco solista Maxinquaye (1995). Pero si algo le dio el calor y la pimienta a esa partitura genial fueron la voz y el alma de Martina. Todos nos preguntábamos de dónde salía esa personalidad vocal que por comodidad se consideró "exótica", para no decir única.

Elusiva, sensual, intensa, tal vez loca, Martina siguió alimentándole a Tricky sus mejores piezas de altanería, aun en el radical proyecto de 1996 Nearly God (Casi Dios), donde el endiosado intérprete, diyéi y productor (se le puede reconocer en alguna escena de El quinto elemento, de Luc Besson) abre su paleta a las voces de Björk, Neneeh Cherry, Allison Moyet y otras divas definitivas. Aun entre ellas, Martina la chamaquita seguía sonando mejor.

Cuatro años de relación con Tricky, con toda la "tensión de premilenio" que aquél se cargaba, la acercaron al abismo que provoca frecuentar genios (y también a los patanes que no lo son) y a la terrenal maternidad. En 1998 se separaron, aunque musicalmente no del todo. El se hizo bolas con todas sus ideas y se convirtió en famosa institución e industria. Martina permaneció en la escena local y aprendió a ser madre sin que eso la cambiara como artista.

En 2002 decidió grabar su propia música. La llamó "quijotesca", adjetivo inusual en una mujer. Un año después apareció Quixotic (Independiente Records), tan indefinible como cualquier cosa de Martina.

Presente y ausente, posó para un ensayo fotográfico de Jonathan Glynn-Smith, que se ha vuelto su portafolios de presentación. Bajo toda clase de ropas blancas, Martina yuxtapone su cuerpo a la yuxtaposición de grandes fotos de bosques o lagos sobre calles sucias y quebradas. O bien, la foto en la foto es de ciudad y el paisaje real un bosque, una playa o un lago.

La obsesión por definir géneros, tan consumista y moderna como imposible, topa de frente con Martina. ¿Dónde clasificarla? ¿Rythm and blues, gospel, funk, balada posmoderna, electrónica, trip-hop? Caliente y en las rocas. Para que los estadunidenses la conocieran y digirieran, en 2004 debió rehacer su disco, que pasó a llamarse Anything. Mismo trámite mercantil sufrieron en su momento otros británicos como los Beatles, los Animales, los Rolling Stones o Bob Marley. "Cualquier cosa": eso resulta su música, nacida de bandas como Queens of the Stone Age y las manos de Tchad Blake, Primal Scream y Tricky, entre otros, pero inconfundiblemente Martina.

Playboy se apresuró a entrevistarla como una woman on the verge (mujer a punto), y el reportero le insinuó que si posaría para la revista. Martina, quien en la portada estadunidense de su disco aparece desnuda y pintada en verdeplata, respondió: quién sabe, pero que si se lo proponían lo tomaría como un cumplido.

Después desapareció. Sus buscadores se preguntan por Internet si ya abandonó la música. Que qué se mete. Que en dónde. Le había dado por cancelar conciertos en París y Bruselas, justo cuando maduraba el potencial escénico de su serena violencia, lo suficiente para poner muy nervioso al público.

Inaprehensible su identidad musical, inaprehensible su belleza "rara" que podría proceder de cualquier continente no europeo, antes de cumplir los 30 se ha borrado de los mapas otra vez. Ni siquiera Nueva York la contuvo. Inútil buscarla. Hasta que ella quiera. "Soy demasiado ruda para morir", canta en la parte con más beat de Quixotic: "Benditos los que creen sin ver. Yo no estuve ahí, y me intriga. Las escuelas aprenden que no se puede desaprender, y el hombre que de vez en cuando has hecho está que arde".

A diferencia de tantas estrellitas que rellenan de mercancías el showbizz, Martina Topley-Bird no se deja atrapar. No porque no quisiera. Parece que los artistas sin futuro son los únicos que tienen futuro en el mundo de hoy. Inútil compararla, como hacen los reseñistas, con Billie Holiday, Björk, Nina Simone o PJ Harvey. A ella le gustan Otis Redding y Diamanda Galas. También es inútil preguntarle, como hizo Playboy, si se considera "sensual". Respondió: "¿Qué sentido tiene estar vivo si no eres sensual?"

 
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