Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 4 de febrero de 2007 Num: 622


Portada
Presentación
Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA
Jóvenes poetas españoles
Un ejercicio de libertad total
EDGAR ONOFRE
Entrevista con VILA-MATAS
Esperar lo inesperado
PAUL VIRILIO
Carpe Mare
JORGE VALDÉS DÍAZ-VÉLEZ
Belleza pide soneto
HJALMAR FLAX

Columnas:
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Reseña de Jorge Alberto Gudiño Hernández sobre Del exilio a la memoria


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Edgar Onofre
Entrevista con Vila-Matas

Un ejercicio de libertad total

Confronto al mundo y ahora, más sereno,
soy más peligroso
Enrique Vila-Matas

"Una pareja de novios se casó, según ellos mismos me dijeron, a causa de un libro mío. Y no quiero ser responsable si ha sido para bien o para mal", recordó el escritor catalán Enrique Vila-Matas cuando se le preguntó si está enterado de que hay lectores suyos que no sólo lo leen, sino que, por esa extraña magia de la literatura, lo quieren. A pesar de que el escritor veracruzano Sergio Pitol, Premio Cervantes 2005, asegura que la obra del catalán se trata de un viaje sin retorno al fin de la noche, una crítica radical de la realidad, el autor de El mal de Montano sostiene que su literatura no tiene otro propósito que el de la salvación: "Escribir siempre es corregir la vida: es lo único que nos protege de las heridas insensatas y golpes absurdos que nos da la horrenda vida auténtica." "Me hice escritor porque, uno, quería ser libre, no deseaba ir a una oficina cada mañana, y, dos, porque vi a Mastroianni en La noche, de Antonioni. En esa película –que se estrenó en Barcelona cuando tenía yo dieciséis años–, Mastroianni era escritor y tenía una mujer estupenda (nada menos que Jeanne Moreau): las dos cosas que yo más anhelaba." Sin embargo, también reconoce que "nunca se llega a escribir la obra perfecta o genial. Antes se aprende a morir que a escribir".Y con todo, Vila-Matas, según explica, escribe continuamente "para no dejar a la humanidad en manos de la muerte. Porque, digan lo que digan, la escritura puede salvar al hombre. Hasta en lo imposible."

–Usted ha mencionado que empezó a escribir para huir, ¿de qué?

–De los veranos aburridos con mi familia, cuando íbamos a la playa. Me separaba de ellos y simulaba que leía, o leía algo y escribía cosas a los doce o catorce años. Creo que buscaba que me dejaran solo. No tenía mucho interés en formar parte del engranaje familiar, tanto como del social. Y empecé a escribir para quedarme solo y reflexionar, leer y, de vez en cuando, escribir. Soy un lector que escribe, creo. Empecé a leer y quise comentar cosas que había leído, así que me considero parte de la estirpe de Borges, o casi. Como un lector que escribe. Después, con la publicación de los libros, llegaron las invitaciones para hablar en público, dar conferencias, hacer intervenciones públicas, y eso, para mí, tenía poca relación con el acto solitario de la escritura.

–¿Ha sido más placentero confrontarse a sí mismo que al entorno, a la sociedad?

–Empecé con un libro que se llama La asesina ilustrada, donde pretendía asesinar al lector que compraba el libro. Era muy joven entonces y creo que, tal vez, quería asesinar al lector para que no se enterara de que yo escribía mal. Con el tiempo, naturalmente, uno comprende que en realidad ha de buscar al lector, porque la lectura es comunicación. Creo que eso se ha ido notando en mis obras, cuya difusión ha avanzado entre los lectores. Así que comprendí que al lector tenía que considerarlo.

–En el trayecto de su obra narrativa, ¿existe un ánimo vengador o reivindicador?

–De reivindicar no, pero sí de utilizar un lenguaje distinto al lenguaje de la televisión, el político, el familiar, el del trabajo, a los que tantas personas están acostumbradas y que son opresores. En cambio, el lenguaje literario es de libertad. A través de la literatura se puede decir todo y, por lo tanto, es un lenguaje que se acerca más a la verdad.

–Este tipo de lenguaje al que se refiere, ¿qué le dice acerca de la sociedad en la que vivimos?

–Es opresor. Tanto en México como en España, donde las televisiones no son iguales pero sí muy parecidas: son como lavados de cerebro para los que ven las noticias que nunca cuentan lo que ocurre realmente. En España, por ejemplo, la televisión oficial, de forma en que casi nadie se ha dado cuenta, ocupa diez minutos con asesinatos, por decir algo. Sé que también los asesinatos domésticos son noticia, pero cada vez hay menos información en torno a todo.

Por ejemplo, la situación política mexicana actual –sobre la que no voy a opinar porque soy un extranjero– a España ha llegado de forma muy limitada. No acaba de ser noticia: no hay muertos, no hay asesinatos, no hay bombas como en Bagdad. Si, por el contrario, el conflicto aumentara en nivel de espectáculo, pasaría a primer plano. Pero a un ciudadano español le preguntas por lo que ocurre en México, que es muy serio, y casi nadie tiene información suficiente. En el propio periódico El País, donde yo escribo, se le dedica media página diaria, que me parece poco para el interés que tiene lo que ocurre aquí. No es noticia porque no ha habido nada espectacular: cuando dos trenes chocan y dejan cuarenta muertos, inmediatamente es noticia de primera plana, pero el análisis de las noticias no se da.

En cambio, la literatura va por otro camino; trata, como en el caso de Kafka, de conocer la verdad.

–En ese caso, ¿usted confronta desde el discurso literario las verdades que impone el aparato hegemónico de la cultura?

–Sí, pero es un terreno que tardé un poco en descubrirlo: el terreno máximo de la libertad, como tardé en entender que si no hacía un ejercicio de libertad total cuando escribía, no tenía sentido. Recuerdo que hace unos años tenía muchos encargos periodísticos de todo tipo; me sometía a las leyes del encargo, y cuando terminaba con ellos, volvía a la nave en la que estaba escribiendo. Ahí me di cuenta –precisamente porque estaba un poco oprimido por el resto del trabajo– de que en la nave, como era mía, podía hacer lo que quisiera. Era una cosa tan simple como esto, pero necesité estar cargado de otros encargos para ver que cuando estaba en mi terreno gozaba de la libertad máxima. Es así como entré a la literatura.

–También ha dicho que las opiniones de los escritores ya no tienen mayor importancia, cuando estábamos creídos que eran de mucho peso, ¿cómo es que se devaluaron de esta forma?

–No sé si en México sea así. En Europa es evidente que un escritor no influye ya en la opinión pública. Y aunque aquí en México las discusiones de los escritores sobre política se han tenido en cuenta un poco, no sirven para nada, porque el político hace lo que quiere.

Sin embargo, hay una manera de incidir, como la de Franz Kafka, quien hablaba sólo de problemas familiares, de su padre, de su entorno; sin embargo, la suya se convirtió en una escritura que en realidad reflexionaba sobre el poder, sin nombres propios, subrepticia a la hora de atacar, pero que fue peligrosísima para el régimen comunista checoslovaco que la prohibió. Aparentemente, Kafka es inocente en términos políticos, pero hizo un discurso literario peligroso para el régimen comunista del momento.

Y eso significa que la literatura puede incidir en la realidad, pero sólo si desarrolla al máximo sus mejores posibilidades, que son las estrictamente literarias, y desde ahí hace un discurso sobre el mundo que pueda ser peligroso para el poder.

–Existen escritores burócratas, como lo ha denunciado, pero también ciudadanos y empresarios cortesanos, ¿cómo le hace cuando por azares del destino tiene que convivir con esta fauna?

–Han sido generalmente encuentros conflictivos. Pero he llegado a la conclusión de que lo mejor es que no pierda el tiempo con ellos, ni atacándoles, porque es desperdiciar el tiempo. Es cierto que están en todas partes. Por escritor burócrata me refiero al que es conservador en literatura, el que repite lo que ya se ha hecho, el que escribe lo que sabe que va a tener lectores, pero que no es más que la imitación de algo que ya ha funcionado. Y, bueno, son escritores conformistas y son la mayoría. En España se da mucho más, precisamente porque hay bastante facilidad para publicar: hay más dinero de editoriales y eso hace que los escritores se conviertan en realizadores de un libro anual, que procuran tener una producción rápida para venderla, que no repasan bien los libros, que no los corrigen lo suficiente, que les importa poco todo esto y que lo hacen como un trabajo más para ganar dinero. Esta situación ha llegado a tal punto en España que antes los jóvenes querían ser ingenieros, abogados o arquitectos porque se consideraban profesiones que daban dinero. El día de hoy, además de futbolistas, también consideran que ser escritor puede dar buen dinero. Es un dinero fácil y peligroso, y por eso nos hemos llenado de escritores funcionarios, falsos.

–Usted gusta de negar que la humanidad está al borde del vacío, aunque muchos filósofos aseguran lo contrario. En lugar del vacío, ¿qué prefiere?


Fotos: archivo La Jornada

–La lucha del individuo contra las injusticias del Estado, por ejemplo. La batalla individual, que a veces parece que no es nada, pero si cada uno tiene su pequeña rebelión, llamémosla de bolsillo, y la lleva consigo y la usa cotidianamente, sería una fuerza considerable. No resignarse. Creo que se ha perdido mucho en humanismo y quizá ha sido sustituido por algo más inteligente o más nuevo. Se han extraviado, me parece, algunas virtudes que tenían el cristianismo o el marxismo, por poner dos ejemplos. Vamos hacia un mundo frío que carecerá de sentimientos y de ideas, sin ideologías, salvo la del dinero; por lo tanto, la perspectiva no es especialmente buena. Sin embargo, en mis viajes por el mundo me voy dando cuenta de que lo que no sale jamás a la luz pública es la gran cantidad de personas que resisten, de que hay una resistencia bastante notable en todos los países que conozco, que no tiene el poder ni siquiera de publicar, pero está ahí.

–¿Es exagerado pensar que usted es un confrontador de la realidad?

–Lo soy, aunque mediante la realidad paralela que significa la literatura, y que es más intensa que la vida que nos venden actualmente. La vida tiene mucho prestigio, dicen, pero en muchas ocasiones, la literatura ha sido más intensa que la propia vida. Hay vidas muy poco estimulantes, mientras que en la literatura se encuentra de todo. No tengo vergüenza de decir que considero la experiencia literaria mucho más intensa que la vida misma, y no estoy hablando de mí mismo, de mi existencia, sino de lo que llamamos vida, la cual no tiene, actualmente, la calidad que pudo tener en otra época. En cambio, la literatura ofrece una intensidad superior.

–Tras su convalecencia, ahora que busca más la serenidad, ¿se convertirá acaso en un confrontador más peligroso?

–Sí. Lo he comentado con mi mujer en estos días. Veremos si puedo ser más peligroso, si ahora que estoy más calmado me acerco más a decir lo que pienso realmente. Aunque estos son sólo buenos deseos.

–¿Conoce el miedo y la angustia?

–Sí, y aquí no hay dudas. Mi literatura, creo, parte de una evidente angustia existencial que procuro apartar escribiendo. Y me ha ido muy bien: mientras reflexiono sobre la angustia, estoy al menos escribiendo; pensar en ella es de alguna manera estimulante.

–Y en este proceso, ¿la angustia se convierte en algo más placentero?

–Sí, como si la dominara mediante la escritura. Y el mismo hecho de pensar en ella es bueno, porque es como cuando alguien formula un problema públicamente ante otros; dicen que es bueno hacerlo. Y para mí ha sido bueno escribir sobre algo que me angustia. De hecho, en el próximo libro –que no creo cambiarle el título: Exploradores del vacío–, hablo de personas que merodean en torno al vacío existencial y tratan de encontrar algo en lo que se presenta como materia oscura de la vida, aquello sobre lo que no sabemos nada.

–En México se usa el dicho: "A toda capillita, le llega su fiestecita". ¿A qué fiesta está llamado a acudir usted?

–Alguien me pasó un poema de un escritor sudamericano que habla de la fiesta del vacío. Dice que, aunque no lo sabemos, la hay también en el vacío. Y quizá toda mi obra sea una fiesta que van dando mis personajes, en diferentes libros, en mi ausencia, en espera de que me una a ellos en lo que sería una gran fiesta secreta en el centro mismo del vacío.

–¿Y es una fiesta alegre?

–Sí, yo la veo muy alegre. Sobre todo porque aún no he llegado allá.