Usted está aquí: domingo 11 de febrero de 2007 Sociedad y Justicia Eje Central

Eje Central

Cristina Pacheco

Como el ojo de Dios

Va para cuatro meses que Martina ocupa la cama 108 en el pabellón de mujeres. De su familia el único que la ha visitado es su hermano Román. Trabaja como herrero en una fábrica. Pasa a ver a la enferma los sábados de cuatro a seis de la tarde, hora en que se va a la terminal donde sube al camión que lo lleva a su pueblo: San Pacomio. Se queda con su abuela hasta el domingo por la noche y entonces vuelve a la ciudad.

Martina es una paciente difícil, muy reservada. He tenido que invertir mucho tiempo para vencer su hermetismo. Hasta ella reconoce que ese rasgo de su carácter es su peor enemigo. Lo justifica explicándome que ella y su hermano crecieron al lado de su abuela paterna. Cuando eran niños, doña Benita sólo se dirigía a sus nietos para darles órdenes o reprenderlos; a los 79 años sigue siendo una mujer adusta y desconfiada que llora sin motivo.

Durante las visitas Martina y Román hablan en voz baja y casi nunca ríen. Conozco el motivo: su abuela les hizo creer que por cada vez que se rieran Dios les enviaría un castigo o una enfermedad. Lo que más me entristeció fue el final de la historia: un día en que su abuela los dejó solos para ir a visitar a la Virgen de San Juan, aprovecharon la oportunidad para reírse a sus anchas. No supieron cómo hacerlo y además no encontraron ningún motivo de dicha.

II

Cuando estoy de guardia y hay menos trabajo le hago plática a Martina. Por lo general soy yo quien habla: le cuento lo que hice, lo que vi en la calle o le expongo mis planes. La otra noche le pregunté qué hará cuando vuelva a San Pacomio. Me respondió: "Acabar de morirme de tristeza. Aquello es un cementerio. En el pueblo quedan nada más mujeres solas con sus niños y los muy ancianos, como mi abuela Benita. Los otros viven acá o en Los Angeles".

Procuré animarla. Quizá después de tantos meses de ausencia su pueblo le resultaría menos feo. Hizo un gesto despectivo: "¡Cómo se nota que usted no ha visto aquello! La mayor parte de las casas están hechas de adobe y tienen los tejados llenos de gatos. Las calles son de tierra suelta. En febrero y marzo sopla un viento muy fuerte, alborota el polvo y se forman unos remolinos tremendos. Antes, en esa temporada hacíamos concursos de papalotes, ahora ya no. El merendero y el salón de belleza cerraron. El cine del Chato también. La única diversión consiste en ir a la iglesia de Santa Inés. Es muy antigua. Como ve, en mi pueblo ya no hay más que paredes cayéndose, polvo, gatos, ancianos, niños que esperan el momento de crecer para largarse".

Martina se soltó a llorar. Dejé que se desahogara y acabó por confesarme el motivo de su tristeza: "Sólo de pensar que voy a volver a ese pueblo siento ganas de morirme. Si por mí fuera, me quedaría en el hospital el resto de mi vida. Pero tengo que volver. Allá está mi abuela; ve muy mal, casi no oye. Sea como fuere, nos crió y debo cuidarla hasta que muera. Créame que es la única razón por la que regresaré a San Pacomio. A lo mejor si mis papás estuvieran enterrados allí me sentiría más motivada".

Le pregunté en dónde estaban sus padres: "¡Quién sabe! Se fueron cuando Román iba a cumplir cinco años. Con todo y que era tan chiquito, él recuerda que una mañana los vio salir. Les preguntó adónde iban y nada más le contestaron que a buscar trabajo, que mientras regresaban obedeciera a mi abuela y me cuidara bien. Imagínese: un niño de cinco años cuidando a una criatura de dos. Mis padres nunca volvieron. No sabemos si viven. A veces, cuando traen aquí a una mujer de edad, pienso: ¿Y si fuera mi madre? No sé para qué me lo pregunto, de todas formas no nos reconoceríamos".

III

Este domingo, en cuanto vi a Román, noté en él algo distinto. Entró muy decidido, con la cabeza levantada. Me alegré sobre todo cuando escuché a Martina riéndose de lo que su hermano le platicaba. La visita se prolongó más que de costumbre: salí de mi turno a las seis y ellos seguían hablando.

El lunes por la tarde encontré a Martina muy peinadita, sentada en su cama, lista para bajar al jardín. Me extrañó, porque nunca había querido salir del pabellón. Relacioné el cambio en la actitud de la enferma con la visita de su hermano: "Se me hace que Román le trajo buenas noticias. A ver, platíqueme".

Por la rapidez con que ella habló adiviné que había estado esperando mi llegada para contarme las novedades. Primero las resumió en una frase: "¡Van a salir en la tele!" Mi desconcierto le dio un buen pretexto para seguir con la plática: "El otro sábado, cuando Román llegó al pueblo, vio que toda la gente estaba en el jardín mirando a unos muchachos. De un camión enorme, estacionado junto al merendero, sacaban lámparas, cámaras, reflectores, cables y quién sabe cuánto más. Mi hermano le preguntó a Lencho, uno que vende forrajes, quiénes eran los desconocidos y qué hacían allí.

"Román por poco se muere cuando Lencho le contestó que los fuereños trabajan en un canal de televisión de Los Angeles. Iban rumbo a San Juan de los Lagos, pero cuando vieron nuestro pueblo les llamó la atención y prefirieron quedarse allí para hacer su reportaje. Según mi hermano, todo fue como una fiesta, porque la gente se quedó en la calle hasta las once de la noche. A esas horas el pueblo siempre parece un cementerio: no se ven luces, no se oye nada, ni siquiera el ladrido de los perros".

Por la forma en que Martina me había descrito San Pacomio, no me costó trabajo adivinar el efecto que habría tenido sobre los pocos habitantes del pueblo la llegada de un canal de televisión, y más siendo extranjero.

La emoción abrillantaba los ojos de Martina: "Mi hermano me contó que los de la tele iluminaron muy bonito el atrio de la iglesia, la cantina y las casas. Hasta las más amoladas parecían distintas, nuevas. Cuando terminaron de poner las luces, un joven se puso a entrevistar a todo el mundo, ya sabe, a preguntarle cómo era San Pacomio antes de que salieran tantas familias, por qué se quedan en un pueblo fantasma si mantienen contacto con los familiares que viven en Estados Unidos, si los niños piensan irse para allá cuando crezcan".

Quise saber si entrevistaron a Román. Martina volvió a reír: "Se dejó, con todo y lo callado que es. Le preguntaron si es soltero o casado, dónde trabaja, cuánto gana, con quién vive. Cuando les dijo que con mi abuela Benita, le pidieron que los llevara a la casa para filmarla. Román les dio gusto, pero iba asustadísimo: no sabía si mamá Benita, con lo desconfiada que es, correría a los fuereños soltándoles al Mastuerzo, nuestro perro.

"Mi abuela enseguida se dio cuenta de que Román llegaba con gente extraña. A gritos le preguntó qué hacían allí. Mi hermano le informó que eran de la televisión y querían grabarla para un documental. 'No me interesa, además ni entiendo de qué se trata. ¿Lo sabes tú?' Román le contestó: 'que vas a salir en la tele, como las artistas de las novelas y te van a ver los paisas que viven en Los Angeles'. En dos por tres la viejita se puso las pilas, le contestó muy bien al joven que le hizo la entrevista. Al final, cuando él le pidió que recordara alguna canción aprendida en su infancia, ella le cantó un alabado. La gente aplaudió, ¿y sabe lo que hizo la abuela? Se echó a reír".

Martina volvió a llorar de emoción: "Lástima que no estuve allí para asistir a ese milagro, pero al menos podré verlo en el video. Los de la tele nos van a regalar una copia cuando regresen a San Pacomio". Le advertí que era mejor no hacerse ilusiones, pero Martina se mantuvo optimista: "Seguro vuelven al pueblo. Quieren filmar nuestra representación del viacrucis. Teníamos años de no hacerla".

Platicando se nos había ido el tiempo. Eran casi las seis de la tarde y faltaba poco para que a las enfermas les llevaran la merienda. Acompañé a Martina al pabellón de mujeres. Al salir me detuvo: "Oiga, ¿cree que me alivie pronto?" Nunca me había hecho esa pregunta, pero comprendí su interés en mi respuesta.

Aún estoy sorprendida de los alcances de la televisión. Logró lo que nadie había conseguido: poner un pueblo muerto en el mapa del mundo, recuperar la alegría de una anciana de 79 años y devolverle a una enferma el interés por vivir. Si me dan vacaciones en Semana Santa le pediré a Martina que me lleve a su pueblo. Ya estando allí puede que yo también aparezca en el video sobre el viacrucis.

 
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