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Hermann Bellinghausen

Cuervo de remate

Un curioso remolino llegó al centro de un campo de labranza, de momento un llano chapeado, semiquemado y con un reguero de hojas secas de elote. La espiral del viento levantó la vacía piel de las mazorcas y también una tenue cortina gris que tomó la forma de una copa. El vuelo de las hojas que no envolverían ya ningún tamal adoptó tal gracia que semejaron aves por derecho propio, una parvada salvaje girando en desorden (toda una coreografía del desorden), aleteando felices, dispersándose, volviendo.

Un campesino tsotsil se detuvo el sombrero con la mano; lo mismo hizo la mujer con su tocado de manta. Aunque estaban distantes, los alcanzó el aire revuelto. La pesada y gruesa falda de lana de ella agitó su bandera negra.

El cono invertido del remolino se detuvo en un punto. El revuelo circular me pareció eterno y, no sé por qué, primaveral. Cómo soplaría de recio que las aves verdaderas prefirieron alejarse, y de pronto llegó un cuervo a la colina donde me encontraba. Buscaba refugio momentáneo de ese incómodo levantadero de bagazo y ceniza por váyase a saber qué clase de capricho meteorológico.

Siempre me sorprende lo anchas y negras que son las alas de los cuervos. Este agitó las suyas despacio, frenando para aterrizar. Los cuervos tratan siempre de guardar la compostura. Aun cuando los agarras pepenando basura o robando se hacen los arrogantes. Así éste, empujado por el remolino y el polvo. Rápido recuperó la apariencia, caminó hacia mí cosa de un metro y dijo:

-Febrero loco, caray.

Sigo sin habituarme a que los cuevos hablen. Siempre que topo uno me sorprendo. ¿A partir de aquí lo que sigue es sueño, o sólo una realidad sutil? Como no le seguí la corriente, necesitado de justificarse insistió:

-¿No es una lata el polvo? Nomás le ensucia a uno el traje.

El cuervo es la única especie rural que viste frac. De un plumazo se sacudió las dos solapas y ladeó la cabeza. Sus ojillos amarillos, aterradoramente fijos, me observaron sin emoción. Decidí picarlo:

-Y ni modo para ustedes de mandarlo a la tintorería.

-Eres, o te haces- graznó, severo.

-¿Qué te pasa? Ni nos conocemos. Házte para allá -lo ahuyenté con un aspaviento de fastidio. Para qué perder el tiempo con un necio. El cuervo prosiguió:

-Sabes a qué me refiero. ¿A poco crees que a ti no te ensucia la polvareda?

Me había cachado. Con las manos en la masa. Pareció decirme: "Sí, ustedes, los que se consideran inalcanzables, ausentes o invisibles, 'nomás milando' como el chinito. ¿Te crees mucho aquí en tu loma?". Me di por aludido.

-¿Ejem? -traté de chistosear como imitando un cómic.

-No te hagas -continuó en su empleo ambiguo de los verbos ser y hacer.

-A qué estos cuervos tan coloquiales -lo seguí provocando, evasivo. El pájaro no iba a soltarme tan fácil. Insistió:

-Mira lo polvoso que estás, y eso que de seguro te bañaste en la mañana. Tienes cara de ser de esos remilgosos que no salen sin darse antes un regaderazo.

Con los cuervos uno se termina por llevar pesado. Nunca se sabe qué se traen. Audaces y pendencieros. Me sacudí la ropa y en efecto exhaló nubes de polvo. Tosí, sin dar el brazo a torcer.

-Ya sé. Te ofende ver unas hojas de mazorca volar tan bonito. Crees que no se lo merecen. Que ni plumas tienen. Que son basura. Piensas como patrón.

Ahora lo caché yo. Esa le pudo. Igualamos el marcador. Pero con los cuervos no hay manera. Son peor que uno. Dijo:

-Anda, házte el puro. Para empezar, tú ni vuelas. Hablas de oídas. No eres quién para acusarme de racista ni de nada. Yo sí creo en la justicia y a cada quien lo que merece, pero sobre todo en el orden.

-¿O sea que prefieres la injusticia al desorden?

Le dí. Dos a uno. Enderezó su majadera cabeza, parpadearon un milisegundo sus ojillos caníbales. Graznó:

-Intelectual de mierda. No entiendes nada. Por algo tú y los gusanos están igual, no pueden dejar el suelo sucio. Sólo que hay una diferencia. Tú sí te ves, aunque no quieras. Y te ves ridículo. Das pena.

Aguanté la andanada. No iba a darle el gusto de reconocer que él tenía razón en algo. Predeciblemente, optó por su último recurso, más inapelable y superior: sencillamente me volteó la espalda y voló, empatando nuestro marcador.

Las alebrestadas hojas de elote que habían llegado más alto siguieron cayendo y algunas alcanzaron la loma, aunque el remolino tenía rato de haber pasado.

 
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